VERONICA CASTRO: GOLPEADA Y ABUSADA POR SU HIJO HASTA ROMPERLE LOS HUESOS YA NO QUIERE VIVIR MÁS

A los 14 años recibió una beca para estudiar actuación. Era su salida, su oportunidad y la tomó con las dos manos. A los 17 empezó a trabajar en fotonovelas. A los 19 llegó a la televisión, pequeños papeles, pequeños trabajos, pero estaba adentro. Estaba construyendo algo. Y entonces conoció a Manuel el loco Valdés y todo cambió. Él tenía 42 años.

Era comediante, famoso, hermano de Germán Valdés. Tin Tan, la leyenda del cine mexicano. Hermano de Ramón Valdés, el don Ramón del Chavo del Ocho que todos conocen. Manuel el Loco Valdés era una estrella, llenaba teatros, salía en televisión. Las mujeres lo adoraban. Ella tenía 19 años. Venía del cuarto de servicio, del café con leche y el Bisquet, de ser madre de sus hermanos desde los 8 años.

No tenía contactos, no tenía padrinos. No tenía nada más que su cara y sus ganas de salir adelante. Quedé como sonza”, confesó después. Me quedaba viéndolo y la baba se me caía. Era una niña, él le doblaba la edad, él era famoso y ella era nadie. Él tenía poder y ella tenía hambre. ¿Qué iba a hacer? Lo que ella no sabía era que Manuel estaba casado y antes de esa esposa había tenido otras siete parejas y con todas había tenido hijos.

12 hijos con ocho mujeres diferentes regados por todo México. 12 hijos que apenas conocía, 12 hijos que no mantenía. Y Verónica no tenía la menor idea de nada de esto. Nadie se lo dijo. Él no se lo dijo. En esa época no había internet para investigar. Ella solo sabía que un hombre famoso, exitoso, carismático, le estaba prestando atención y eso era suficiente.

Empezaron a salir durante una gira teatral, ensalada de locos. Se llamaba la obra, a escondidas en secreto, en camerinos y hoteles de carretera. Ahí empezamos a salir más juntitos, recordó ella después. Más juntitos. Ella pensaba que era amor, que era especial, que él iba a dejar todo por ella. Él ya tenía 12 hijos con ocho mujeres.

Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Sabía exactamente cómo iba a terminar. Y Verónica quedó embarazada. Aquí viene la primera revelación que te prometí. Cuando le dijo a Manuel que esperaba un hijo, él respondió con estas palabras exactas, “Guárdalas, porque estas palabras explican todo lo que Verónica hizo durante los siguientes 50 años.

Pregúntale a tu mamá a ver qué quiere que hagamos, porque lo más que puedo ofrecerte es ponerte un lugarcito donde vivas e irte a ver de vez en cuando.” Un lugar de vez en cuando. Esa fue su propuesta. No vamos a formar una familia. No me voy a hacer cargo. No voy a dejarlo todo por ti. Un lugarcito de vez en cuando, como si ella fuera una mascota, como si el bebé fuera un estorbo, como si 20 años de diferencia de edad y todo el poder que él tenía sobre ella no le generaran ninguna responsabilidad moral. Guarda esa frase,

un lugarcito donde vivas e irte a ver de vez en cuando. Porque 33 años después, cuando Cristian la golpeó, cuando Verónica mintió en el hospital para protegerlo, cuando salió a defenderlo públicamente ante las cámaras, iba a estar repitiendo exactamente el mismo patrón que aprendió esa noche. Dar todo, recibir nada, proteger a quien la lástima, callar para no hacer olas.

Verónica se enteró entonces de la verdad completa. Me enteré de su verdadera vida. Tenía pareja y había tenido como ocho parejas más. Y Cristian iba a ser su hijo número 13. Con la novena mujer, Verónica no era especial, no era única, no era el amor de su vida, era un número más en una lista muy larga.

Tenía 21 años, estaba estudiando el Aunam, estaba embarazada y estaba completamente sola. Su padre la había abandonado a los 8. El padre de su hijo la estaba abandonando a los 21. ¿Ves el patrón? ¿Ves cómo se repite? Podría haberle exigido pensión. La ley la amparaba. Podría haberlo expuesto en las revistas. era famoso.

El escándalo habría destruido, podría haberlo demandado. Tenía todo el derecho, no hizo nada de eso. Verónica Castro tomó una decisión que la definiría para siempre. Iba a tener a su hijo, iba a criarlo sola y no iba a pedirle nada a nadie, nada. Su madre la apoyó sin una palabra de reproche. Mi mamá me dijo, “¿Qué quieres hacer?” Y yo le dije, “Quiero tener a mi hijo.

” Y me respondió, “Pues ya no tengas problema. Donde comen dos, comen tres. Le iremos echando agüita a la sopa para que alcance.” Echándole agua a la sopa. Esa era la realidad. El 8 de diciembre de 1974 nació Cristian. Verónica lo registró solo con sus apellidos, sin padre, sin reconocimiento. Manuel no fue al hospital, no llamó, no mandó dinero, no preguntó si el bebé estaba bien.

No me buscó, dijo Verónica. tenía muchas mujeres y estaba ocupado. Estaba ocupado con sus otras mujeres, con sus otros 12 hijos, muy ocupado para el número 13, muy ocupado para la mujer que había dejado embarazada, muy ocupado para el niño que crecería sin padre, 33 años, 12,000 días, 4380 noches.

Y Manuel el Loco Valdés no apareció ni una sola vez. ¿Y sabes qué hizo Verónica? Algo que nadie le pidió. Fue a buscar a la esposa de Manuel, a Arselia la Rñaga, la mujer que también había sido engañada, y le pidió perdón. A la última esposa hasta disculpas le pedí. Le dije, “Señora, discúlpeme, no sabía que estaba todavía casado con usted.

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” La mujer engañada pidiéndole perdón a la otra mujer engañada. Y el hombre que las engañó a las dos nunca pidió perdón a nadie. Vivió 89 años. murió en agosto de 2020, rodeado de homenajes, sin haber pagado un peso de manutención, sin haber pedido una sola disculpa y Verónica nunca habló mal de él públicamente. Nunca, porque así es protege hasta quienes no lo merecen.

Mientras tanto, su carrera explotó 1979. Los ricos también lloran. La novela llegó a más de 100 países. En Rusia paralizaba ciudades. En China era fenómeno cultural. Verónica Castro se convirtió en la mujer más famosa de la televisión latinoamericana. 1987. Rosa Salvaje. La ironía era brutal. Rosa Salvaje era la historia de una mujer que viene de abajo, que sufre, que lucha contra todo y que al final triunfa, exactamente como Verónica.

la niña del cuarto de servicio convertida en reina. Pero aquí está lo que nadie cuenta. Mientras llenaba estadios con 20,000 personas gritando su nombre, volvía a una casa donde no había nadie esperándola. Mientras ganaba millones, seguía criando sola a un hijo cuyo padre nunca mandó un peso. Mientras el mundo entero la adoraba, los hombres de su vida la usaban y se iban.

Y entonces llegó 2004 y el accidente que la destruyó por dentro de una manera que el mundo no supo durante casi 20 años. Aquí viene la segunda revelación y necesito que prestes mucha atención porque lo que voy a contarte tiene video. Puedes buscarlo en YouTube ahora mismo. Se llama algo así como Verónica Castro Accidente Elefante Big Brother.

Puedes verlo con tus propios ojos y cuando lo veas vas a entender por qué lo que vino después fue tan devastador. Era la gran final de Big Brother VIP, la cuarta temporada, el reality show más visto de México. Verónica era la conductora estrella, la big sister, la cara del programa. Televisa quería algo espectacular para cerrar la temporada, algo que generara titulares, algo que nadie olvidara.

La idea que Verónica entrara montada en un elefante, una entrada triunfal. La conductora más famosa de México descendiendo de un baquidermo como una reina. Espectáculo puro, ratin asegurado, ensayaron cinco veces de día sin público, sin luces fuertes, sin pirotecnia, todo en calma. “La elefanta y yo nos llevamos muy bien”, contó Verónica.

Después comimos juntas. Le eché de mi perfume. Éramos reamigas, reamigas, con un elefante de 5 toneladas. Eso muestra cuánto confiaba Verónica en que todo iba a salir bien. Cuánto confiaba en la producción. Cuánto confiaba en que la gente que la rodeaba la iba a cuidar. Cuánto estaba dispuesta a arriesgar su propio cuerpo por dar un buen show, porque así era ella, siempre dando todo, siempre arriesgando por los demás, siempre poniendo las necesidades de otros. antes que las suyas.

Pero la noche del evento en vivo fue completamente diferente a los ensayos. Miles de personas gritando a todo pulmón en las gradas, luces de todos los colores apuntando hacia todos lados. Pirotecnia explotando, cohetes, música a volumen ensordecedor, aplausos, gritos, caos controlado. El elefante no había ensayado eso. El elefante enloqueció.

En el video puedes ver el momento exacto en que todo se sale de control. Puedes ver como el animal empieza a moverse errático, nervioso, asustado. Puedes ver como Verónica intenta controlarlo agarrándose de donde puede. Puedes ver el instante preciso en que su cuerpo pierde el equilibrio. “La elefanta se pone loca”, contó ella después con una frialdad que solo puede venir del trauma procesado durante años.

Se da la vuelta, me rompe el cuello, luego sale disparada de estampida y salgo yo volando por los aires. Se me tronó todo. Se me tronó todo. Cuatro palabras. Toda una vida cambiada, pero Verónica Castro no paró. En el mismo video, minutos después del accidente, aparece de nuevo sonriendo, saludando al público, conduciendo el programa como si nada hubiera pasado.

Gracias por acompañarnos. Bajen su voz para que este animalito la baje también. Profesional hasta el final. Con la columna fisurada, con el cuello roto, profesional hasta el final. Porque así era ella, porque así le enseñaron a hacer, porque mostrar dolor no era opción, porque el espectáculo tenía que continuar aunque ella se estuviera muriendo por dentro.

Las consecuencias de esa noche no se conocieron hasta casi 20 años después. En una entrevista con la revista Caras, Verónica finalmente reveló lo que el accidente le hizo a su cuerpo. Tengo muchas operaciones. Todas las cervicales las tengo postizas. Todo el cuello es de titanio. Perdí la médula espinal casi completa.

Hubo que reconstruir la espalda. Lee eso otra vez. Todas las cervicales postizas, todo el cuello de titanio, casi toda la médula espinal perdida, la espalda reconstruida. Es un edificio construido de titanio”, dijo con una mezcla de resignación y humor negro. No se me nota, pero se me siente. No se le nota. Eso es lo más devastador de todo.

Durante años, durante más de una década, Verónica siguió trabajando. Siguió apareciendo en televisión. siguió sonriendo para las cámaras, siguió dando entrevistas y nadie sabía que por dentro estaba destrozada, que cada movimiento le costaba un esfuerzo invisible, que el dolor era su compañero constante, que las pastillas para aguantar eran parte de su rutina diaria, que su cuerpo había sido destruido por una decisión de producción que buscaba rating, por una entrada espectacular que nadie recuerda, por un momento de televisión que casi le

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