Volví de la farmacia y encontré a mi esposo sin vida en la bañera; apenas 24 horas después, ya tenía su certificado de defunción entre las manos. “Quiero hacer todo correctamente”, le dije al funcionario mientras entregaba los documentos. Pero cuando revisaron lo que había dejado a mi nombre, apareció una cifra que me obligó a contar los ceros tres veces.

 

—Que murió anoche.

El silencio fue absoluto.

Renata perdió el color del rostro.

Pero apenas unos segundos después recordó algo mucho más importante que sus lágrimas.

Entró corriendo a la casa.

Abrió clósets.

Cajones.

La despensa.

El cuarto de servicio.

Luego salió desesperada y comenzó a revisar las cajas de la mudanza.

—¡Me robaste! —gritó—. ¡Aquí había algo mío!

Mi abogada dio un paso adelante.

—Perfecto. Díganos exactamente qué perdió y presente las facturas correspondientes.

Renata se quedó inmóvil.

No podía declarar que había desaparecido el oro.

Porque aquel oro se había comprado con dinero que salió de mis dividendos.

Octavio la miró.

Y en ese instante entendí algo.

Él también sabía de los lingotes.

Sonreí.

Mauricio había muerto.

La amante acababa de perder su escondite.

Y mi suegro todavía no sabía que la fábrica que inauguraría al día siguiente dependía de acciones que ahora estaban pasando a mis manos.

Pero ninguno de ellos imaginaba todavía qué había dentro de mi vientre.

Y mucho menos quién había preparado todo para que aquella familia se desmoronara de una sola vez.

No podían imaginar lo que estaba a punto de suceder…

PARTE 2

Renata pasó casi cuatro horas buscando el oro.

Revisó hasta lugares absurdos mientras mi suegro fingía que no sabía qué estaba ocurriendo.

Al final, agotada, recogió algunas maletas.

Antes de irse se acercó a mí.

—No te emociones demasiado. Mi hijo también es heredero de Mauricio.

Mi abogada levantó una ceja.

—Para reclamar derechos sucesorios habrá que revisar documentos, reconocimiento de paternidad y, si fuera necesario, pruebas biológicas.

Renata soltó una risa.

—Eso ya está hecho. Mauricio reconoció a Mateo desde que nació.

Después se marchó convencida de que había ganado.

Yo reservé una habitación de hotel.

No quería dormir en la casa donde había encontrado muerto a mi esposo.

Al despertar tenía más de noventa llamadas perdidas.

Todas eran de mi tío, Ernesto Salgado.

Mi queridísimo tío.

El hombre que, después de la muerte de mis padres en un accidente automovilístico, había tomado el control de Laboratorios Salgado, la empresa familiar.

—Tú descansa —me había dicho entonces—. Para trabajar estamos nosotros. Tú forma una familia.

Yo tenía veintiséis años, estaba destruida por la muerte de mis padres y confiaba en él.

También confiaba en Mauricio.

Qué conveniente había sido para todos mantenerme lejos de la empresa.

Años después descubrí que Mauricio había utilizado mis acciones como garantía para financiar el nuevo proyecto farmacéutico de los Alcántara.

Mi tío también había comprometido parte de las suyas.

Si la nueva fábrica fracasaba, ambos perderían muchísimo.

Y yo podría recuperar Laboratorios Salgado.

Mis suegros aparecieron en el hotel esa tarde.

Doña Elena lloraba.

—¿Por qué cremastes a mi hijo tan rápido? ¿Qué tienes que esconder?

—Si cree que lo maté, denúncieme.

Octavio me observó con una frialdad inquietante.

—¿Dónde estabas cuando murió?

—En una farmacia.

—Qué casualidad.

Saqué de mi bolso una pequeña caja.

—Fui a comprar vitaminas prenatales.

Ambos se quedaron congelados.

Me llevé una mano al abdomen.

—Estoy embarazada.

La expresión de mi suegro cambió de inmediato.

No era alegría.

Era miedo.

Dos días después organizaron el funeral de Mauricio.

Renata llegó vestida de negro, con Mateo de la mano, como si fuera la viuda oficial.

Yo aparecí acompañada por seis guardaespaldas.

El murmullo de los invitados se extendió por toda la sala.

Mi tío Ernesto corrió hacia mí.

—Valeria, no hagas un escándalo.

—¿Escándalo? Mi marido murió. Sería raro que su esposa no viniera.

Me acaricié el vientre.

—Además, su hijo legítimo merece despedirse de su padre.

Renata palideció.

—¡Eso es imposible!

Todos la miraron.

—¿Perdón?

—Mauricio no podía tener más hijos.

El silencio cayó como una piedra.

Mateo tiró de su vestido.

—Mamá, papá dijo que yo era su único hijo y que todo sería mío.

Algunos proveedores fingieron mirar al suelo.

Otros comenzaron a susurrar.

La reputación impecable de los Alcántara se estaba deshaciendo frente a sus socios.

Renata perdió el control.

—¡Mauricio se hizo un procedimiento después de que nació Mateo! ¡Ese bebé no puede ser suyo!

Sonreí.

—Curioso que conozcas tantos detalles médicos de mi esposo.

Mi primo Alejandro, hijo de Ernesto, intervino.

—Valeria está casada legalmente con Mauricio. Un embarazo durante el matrimonio tiene una presunción jurídica de filiación mientras no exista una resolución que diga lo contrario.

Renata avanzó hacia mí, furiosa.

Uno de mis guardaespaldas la detuvo.

En ese momento Octavio se llevó una mano a la cabeza y cayó al suelo.

Fue trasladado al hospital con un accidente cerebrovascular.

Yo fui quien llamó a la ambulancia.

Todavía no había terminado con él.

Antes de abandonar el funeral, miré a mi tío.

—Ah, por cierto. Como heredera de las participaciones de Mauricio, voy a retirar el financiamiento de la nueva planta Alcántara.

Su rostro cambió.

—¿Qué dijiste?

—Que se acabó.

—¡Has perdido la cabeza! ¡Hay préstamos bancarios garantizados con acciones de Laboratorios Salgado!

—Lo sé.

Precisamente por eso lo estaba haciendo.

Si él no podía pagar, el banco ejecutaría las garantías.

Y yo estaría allí para recomprar las acciones de mis padres.

Mi abogada sacó entonces una carpeta.

—Hay otra cuestión.

Renata miró el documento.

—¿Qué es eso?

—El testamento de Mauricio Alcántara.

Seis meses antes de morir, Mauricio había firmado y formalizado un testamento.

En él establecía que casi todo su patrimonio sería para el hijo que naciera dentro de su matrimonio.

Renata abrió la boca.

—¡Eso no puede ser!

Mi abogada continuó.

—El documento está protocolizado y existe registro audiovisual del acto.

Me acaricié lentamente el vientre.

Mateo dejó de ser, en cuestión de segundos, el heredero que Renata imaginaba.

Pero ella todavía ignoraba lo peor.

Porque Mauricio había redactado aquel testamento convencido de una sola cosa:

que yo jamás podría darle un hijo.

Y nadie, ni él, ni Renata, ni mis suegros, sabía todavía cómo había conseguido quedar embarazada.

Cuando finalmente lo supieran, ya sería demasiado tarde para todos.

PARTE 3

La primera reunión formal por la herencia se celebró en la habitación privada de Octavio.

Mi suegro seguía hospitalizado.

Tenía dificultad para mover un lado del cuerpo, pero su orgullo continuaba intacto.

Había exigido tener a sus propios abogados presentes.

Yo llevé a los míos.

También pedí que una enfermera permaneciera cerca.

Después de todo, no quería que el señor volviera a desplomarse antes de escuchar las mejores noticias.

Sobre la mesa comenzaron a acumularse documentos.

Acciones.

Propiedades.

Fondos.

Inversiones.

Participaciones empresariales.

Octavio había pasado toda su vida presumiendo que los Alcántara eran una familia poderosa.

Pero al escuchar la cantidad exacta de bienes que Mauricio había dejado, incluso él pareció sorprendido.

Yo no.

Llevaba meses investigándolo.

—¿Dónde están Renata y Mateo? —pregunté.

Octavio apretó la mandíbula.

—Yo representaré los intereses de mi nieto.

—¿Su nieto?

Me acomodé en la silla.

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