PARTE 1
Durante 1 año completo, la casa de los Salazar en Querétaro pareció quedarse sin aire.
Ya no sonaban las carcajadas en la cocina.
Ya nadie ponía música mientras lavaba los platos.
Hasta el sol que entraba por la ventana del comedor parecía más apagado desde que Mateo, el hijo mayor, murió en un accidente de carretera rumbo a San Miguel de Allende.
Su hermana Camila tenía 17 años cuando lo perdió.
Antes de eso, era una muchacha de esas que cantan desafinadas sin pena, bailan con el cepillo del cabello como micrófono y llenan cualquier cuarto con ruido, vida y relajo.
Pero después del funeral, Camila se fue apagando.
Dejó de salir.
Dejó de contestar mensajes.
Dejó de arreglarse.
En la prepa hablaba lo mínimo y en su casa caminaba como si siguiera buscando a su hermano en los pasillos.
Su mamá, Teresa, la veía desde la puerta del cuarto sin saber cómo rescatarla.
Lo único que seguía entrando a ese silencio era Diego.
Vivía 2 casas más adelante y había sido el mejor amigo de Camila desde la secundaria.
Diego no llegaba con frases bonitas ni con consejos sacados de internet.
Llegaba con una torta, con tarea pendiente o simplemente con su mochila, se sentaba en el piso y se quedaba ahí, aunque Camila no dijera ni una palabra.
Cuando se acercó el baile de graduación, Teresa sintió otra punzada en el pecho.
En Facebook, las demás mamás subían fotos de vestidos, uñas, peinados y citas en salones.
Camila no había mencionado el baile ni 1 sola vez.
Entonces Teresa recordó algo que Mateo decía desde niños.
“Si ningún vato invita a mi Cami al baile, yo me pongo traje y la llevo, faltaba más.”
Lo decía tanto que se volvió una promesa familiar.
Pero Mateo ya no estaba.
Una noche, Teresa tocó la puerta de Camila y se lo recordó.
La joven no sonrió, pero sus ojos se movieron como si algo dentro de ella hubiera despertado poquito.
Aceptó probarse 1 vestido.
Solo 1.
El sábado recorrieron boutiques en Plaza del Parque y en el centro.
En la primera les dijeron que no tenían su talla.
En la segunda sugirieron pedir algo con meses de anticipación.
En la tercera una empleada sonrió raro y dijo que “ese tipo de cortes no favorecían a todas”.
Camila se fue encogiendo por dentro.
En la cuarta tienda vio un vestido color marfil en el aparador.
Por primera vez en meses, se detuvo.
“¿Me lo puedo probar?”, preguntó bajito.
La vendedora la miró de arriba abajo.
Luego soltó, sin tantita vergüenza:
“Ese vestido no es para ti, corazón. Te queda grande el sueño y chico el cierre.”
Camila no lloró.
Solo dejó la bolsa en el piso, salió de la tienda y, esa misma noche, encerrada en su cuarto, gritó una frase que dejó helada a su mamá:
“¡Dejen de intentar arreglarme, porque todos ya saben lo que soy!”
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