PARTE 1
Los gritos de terror resonaban por los pasillos de mármol de 1 de las mansiones más imponentes y vigiladas de San Pedro Garza García, en Nuevo León.
—¡Ya no soporto más, señor Ríos! ¡Ese demonio no es 1 niño normal!
La niñera, traída desde Europa, salió corriendo hacia el enorme portón de hierro, con el costoso uniforme roto y 1 herida sangrando en la frente. Era la niñera número 18 que huía despavorida en los últimos 6 meses.
Frente al inmenso ventanal que ofrecía 1 vista panorámica de las montañas de la Sierra Madre, permanecía de pie Alejandro Ríos. En todo México, su apellido era sinónimo de poder absoluto, respeto y, sobre todo, mucho miedo. Dueño de constructoras, cadenas de transporte y negocios oscuros que absolutamente nadie se atrevía a investigar, Alejandro era 1 hombre capaz de paralizar ciudades enteras y desaparecer a sus rivales con solo levantar 1 dedo de su mano derecha.
Pero había 1 sola cosa en todo el mundo que se escapaba de su control: su propio hijo.
Mateo Ríos tenía apenas 4 años de edad. Poseía el cabello negro y unos enormes ojos expresivos que alguna vez estuvieron llenos de luz y alegría. Sin embargo, desde aquella trágica tarde, hace exactamente 2 años, cuando 1 convoy armado emboscó su camioneta blindada y le arrebató la vida a su madre frente a sus inocentes ojos, el niño simplemente se apagó por completo. Mateo dejó de pronunciar palabras. En su lugar, gritaba, mordía, lanzaba objetos pesados y destruía a cualquiera que intentara tocarlo, como si viera fantasmas en cada rincón.
Alejandro había gastado más de 5000000 de pesos en los mejores psiquiatras, terapeutas infantiles y niñeras de élite traídas de 5 continentes distintos. Absolutamente nadie logró acercarse a menos de 2 metros del niño sin salir lastimado. El dolor de ver a su único heredero convertido en 1 sombra salvaje estaba consumiendo el alma de aquel hombre intocable.
Ese mismo lunes llegó Valeria Gómez a la majestuosa propiedad.
Ella no era psicóloga ni niñera profesional. Tenía 22 años, vivía en 1 humilde vecindad de techos de lámina en el municipio de Santa Catarina y trabajaba haciendo limpieza profunda porque su hermano menor de 8 años necesitaba 1 cirugía de corazón abierto urgente. La deuda en la clínica superaba los 200000 pesos y los despiadados cobradores ya la amenazaban a diario con quitarles lo poco que tenían. Valeria ingresó por la puerta de servicio, cargando 1 pesada cubeta de agua con cloro y usando 1 uniforme gastado que le quedaba 2 tallas más grande.
—No mires al Patrón a los ojos bajo ninguna circunstancia —le advirtió Doña Socorro, el ama de llaves, 1 mujer de mirada fría y voz rasposa—. Y ni se te ocurra acercarte al ala norte de la casa. Limpia el piso en absoluto silencio y lárgate antes de que caiga el sol.
Valeria asintió con la cabeza temblando de miedo. Mantuvo la mirada clavada en el piso reluciente y comenzó a pulir los pesados muebles de caoba en el inmenso salón principal. Sus manos estaban llenas de ampollas, pero en su mente solo estaba la imagen de su hermanito conectado a 1 respirador. Tenía que conseguir esos 200000 pesos a como diera lugar.
De repente, 1 alarido ensordecedor rompió el tenso silencio de la casa.
No era 1 grito de rabia, como los que decían que daba el niño. Era 1 grito de dolor, de terror puro. El instinto protector de Valeria fue más fuerte que su miedo. Soltó la franela, ignoró la advertencia de Doña Socorro y corrió desesperada hacia el prohibido corredor del ala norte. Llegó hasta 1 puerta doble de madera tallada que estaba entreabierta.
Al asomarse por la rendija, la sangre se le heló en las venas. El pequeño Mateo de 4 años estaba amarrado de 1 tobillo a la pata de la cama. Frente a él estaba Isabella, la despampanante y cruel prometida de Alejandro Ríos, acompañada de 1 hombre con bata de médico.
—Si le dices 1 sola palabra a tu padre, te mandaré al mismo infierno donde envié a tu estúpida madre hace 2 años —siseó Isabella con 1 sonrisa diabólica, mientras sostenía 1 enorme jeringa con un líquido negro—. ¡Ponle la dosis triple, doctor, quiero que este escuincle baboso quede sedado por 3 días enteros para que firme los papeles del manicomio!
Valeria retrocedió aterrada y su codo golpeó 1 jarrón de porcelana fina que cayó al piso, rompiéndose en 1000 pedazos. Isabella giró el rostro, con los ojos inyectados en furia.
—¡Guardias! —gritó la madrastra con voz histérica—. ¡Maten a esa gata entrometida ahora mismo!
Valeria quedó paralizada, sabiendo que en esa casa las reglas se pagaban con sangre. No vas a creer la pesadilla que está a punto de desatarse…
PARTE 2 Para obtener más información,continúa en la página siguiente