En menos de 3 segundos, 2 gigantescos hombres de seguridad privada, armados con rifles de asalto, sometieron a Valeria contra el frío suelo de mármol. El impacto le sacó el aire de los pulmones. La cubeta que había dejado en el pasillo se volcó, mezclando el agua con sus lágrimas de desesperación. Sabía que en el mundo de los Ríos, 1 vida humana valía menos que 1 bala.
—¡Suéltenme, por favor! ¡Yo no hice nada! —suplicaba Valeria, sintiendo el cañón frío del arma presionando su nuca. En su mente, la frágil imagen de su hermano de 8 años esperando esos 200000 pesos para su corazón se desvanecía en la oscuridad.
De pronto, los pasos pesados y autoritarios de Alejandro Ríos retumbaron en el pasillo. El poderoso Capo entró al ala norte, proyectando 1 sombra aterradora. Su rostro era 1 máscara de furia pura.
—¡¿Qué diablos significa este escándalo en mi propia casa?! —rugió Alejandro, con 1 voz que hizo temblar hasta los cristales blindados de las ventanas.
Isabella cambió su expresión malvada en 1 milésima de segundo. Sus ojos se llenaron de lágrimas de cocodrilo y corrió a refugiarse en los brazos del Capo.
—¡Mi amor, qué bueno que llegas! —sollozó la mujer, fingiendo 1 ataque de pánico perfecto—. Esta sirvienta loca y muerta de hambre entró al cuarto para intentar robar tus relojes de oro. Cuando el doctor y yo la descubrimos, la muy maldita intentó golpear a nuestro pobre y enfermo Mateo con 1 jarrón. ¡Es 1 sicaria enviada por el cartel enemigo, estoy segura!
El rostro de Alejandro se desfiguró por el odio. Nadie, absolutamente nadie, amenazaba a su sangre. Sacó 1 pistola calibre 45 de su cinturón, quitó el seguro con 1 movimiento experto y apuntó directamente a la frente de Valeria. El silencio en la habitación era tan denso que se podía escuchar el sonido de las gotas de agua cayendo al suelo.
—Dime 1 sola razón por la que no deba volarte la cabeza en este maldito instante —dijo el hombre, con el dedo índice rozando peligrosamente el gatillo.
Valeria levantó el rostro empapado en llanto. Estaba temblando, pero la verdad quemaba en su garganta. No podía permitir que ese niño inocente siguiera viviendo en el infierno.
—¡Miente, Patrón! ¡La señora miente! —gritó Valeria con todas las fuerzas que le quedaban en su pecho—. ¡Juro por la vida de mi hermanito que necesita 1 cirugía urgente de 200000 pesos que yo solo venía a limpiar! ¡Yo los vi! ¡La señora Isabella y ese doctor tenían al niño amarrado como a 1 animal! ¡Ella iba a inyectarle 1 veneno oscuro para volverlo loco y mandarlo a 1 manicomio!
Isabella soltó 1 carcajada nerviosa y forzada.
—¡Por favor, Alejandro! ¿Le vas a creer a 1 gata de vecindad que apenas sabe leer antes que a tu futura esposa? Mátala ya, es 1 orden.
Alejandro apretó la mandíbula. Su instinto asesino estaba a punto de tomar el control. Levantó el arma, dispuesto a terminar con la vida de Valeria en 1 fracción de segundo.
Pero entonces, ocurrió 1 milagro que dejó a los 4 adultos presentes completamente helados.
Debajo de la pesada cama de roble, 1 pequeña figura salió arrastrándose. Mateo, el niño salvaje que había atacado a 18 mujeres en 6 meses, caminó con pasos temblorosos. Ignoró por completo a Isabella y al doctor. Se acercó a Valeria, quien seguía arrodillada en el piso, rodeó su cuello con sus pequeños brazos y se aferró a ella como si fuera su único refugio en el universo.
Luego, Mateo giró su rostro hacia Alejandro. Abrió la boca, esa boca que había estado sellada durante 2 largos y agonizantes años.
—Papá… —la voz del niño salió ronca, frágil, pero perfectamente clara—. No la mates. Ella es buena. La bruja mala mató a mi mamá. Yo estaba escondido en el carro hace 2 años… Yo vi cuando la bruja mala le dio maletas con muchos billetes a los hombres feos que dispararon. Y todos los días me pican con agujas para que mi cabeza duela.
El mundo entero de Alejandro Ríos colapsó en 1 solo segundo.
Los 5000000 de pesos gastados en falsos diagnósticos. Los 2 años de luto incesante. Las 18 niñeras destrozadas porque el niño asociaba a cualquier mujer con la tortura que recibía a escondidas. Todo había sido 1 macabra obra de teatro montada por la mujer que dormía en su propia cama.
Alejandro bajó lentamente el arma. Sus ojos, que siempre fueron de hielo, se clavaron en Isabella. La mujer de alta costura retrocedió, tropezando con sus propios tacones de diseñador, pálida como 1 cadáver.
—Alejandro… el niño está loco… su cerebro está frito, tú lo sabes… no sabe lo que dice… —balbuceó Isabella, sudando frío.
Valeria, con una valentía nacida de la justicia, señaló la esquina del cuarto.
—¡Patrón, el doctor intentó esconder la jeringa en la basura cuando usted entró! ¡Oblíguelo a mostrarla!
Alejandro no tuvo que decir 1 sola palabra. Hizo 1 ligero movimiento con la cabeza y sus 2 enormes guardias tomaron al falso médico por el cuello, arrojándolo contra la pared. El impacto hizo que la jeringa con el líquido negro cayera al suelo de mármol. El hombre de bata blanca, muerto de pánico y sabiendo lo que le hacían a los traidores en Nuevo León, rompió a llorar como 1 niño.
—¡Perdóneme, señor Ríos! ¡Yo no quería! —suplicó el doctor de rodillas—. ¡La señorita Isabella me pagaba 500000 pesos al mes por sedar al niño con drogas alucinógenas! ¡Ella quería que usted lo declarara incompetente mental para quedarse con el 100 por ciento de su herencia y sus negocios! ¡Yo tengo las grabaciones donde ella confiesa haber planeado la emboscada de su difunta esposa hace 2 años!
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