PARTE 1
A las 3:17 de la madrugada, la Guardia Civil llamó a Lucía Ortega para decirle que su marido acababa de perder la vida en un accidente en la A-2. Lucía miró hacia la cama y sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies: Javier dormía a menos de 2 metros de ella, con una mano apoyada sobre la almohada y respirando con la calma de siempre.
El agente repitió los datos: Javier Salcedo, 36 años, arquitecto, un Volvo gris a su nombre. Su cartera, su móvil y su alianza habían aparecido en el vehículo. El conductor había fallecido antes de llegar la ambulancia.
Lucía se encerró en el baño del ático que compartían junto al Ebro, con la Basílica del Pilar iluminada al fondo. Su corazón golpeaba tan fuerte que apenas escuchaba al agente.
—Debe de haber un error —susurró—. Mi marido está aquí.
Colgó sin recordar cómo terminó la conversación. Entonces abrió la aplicación de la cerradura inteligente. Javier había entrado a las 18:06. Ella, a las 18:31. Pero debajo aparecía otro registro: “Usuario 3”, sin nombre, a las 23:42.
Lucía deslizó el historial.
47 accesos durante los últimos 8 meses, casi todos entre la medianoche y las 3:00.
De pronto recordó la leche caliente que Javier le había preparado aquella noche. A los 20 minutos de beberla, se había quedado dormida de una forma extraña, pesada, imposible de combatir. También recordó algo absurdo: cuando se acostó, él llevaba un pijama azul marino. Cuando el teléfono sonó a las 3:17, el hombre que estaba a su lado vestía uno gris.
No era un detalle. Alguien los había intercambiado.
El colchón crujió.
Lucía se quedó inmóvil. Unos pasos avanzaron hacia el baño.
—¿Lu? —preguntó la voz de Javier desde el pasillo—. ¿Quién llamaba a estas horas?
Era su voz. Exactamente su voz.
Lucía abrió el grifo para fingir que se lavaba la cara. Cuando él entró, sonrió con la misma expresión cansada que Javier usaba después de una jornada larga en el estudio. Le ofreció agua, le rozó el hombro y le preguntó si se encontraba bien.
Ella mintió: había sido una estafa telefónica.
A las 7:00, dos agentes llegaron al ático. El hombre que decía ser Javier aseguró que le habían robado el coche, la cartera y quizá una copia de las llaves. Parecía indignado y preocupado por Lucía.
Horas después, en el hospital, les mostraron las pertenencias del fallecido. La alianza era idéntica. El reloj llevaba la inscripción de su 5 aniversario. El médico añadió 2 datos: grupo sanguíneo A positivo y una cicatriz de apendicitis de unos 5 centímetros.
El hombre que estaba junto a Lucía se levantó la camiseta.
Tenía la misma cicatriz.
A Lucía se le doblaron las piernas.
Ya no podía ser un desconocido con cirugía estética. Tenía que existir una explicación mucho más antigua y mucho más terrible.
Al salir del hospital, en el ascensor, el falso Javier pulsó el botón con la mano izquierda. Javier jamás lo hacía por una lesión infantil que le provocaba un pequeño temblor. Y, cuando el hombre guardó la mano en el bolsillo, Lucía vio iluminarse la pantalla de un segundo teléfono que nunca había visto.
Entonces lo entendió: aquel hombre conocía los recuerdos, la voz, los gestos y hasta las cicatrices de Javier.
Pero no era Javier.
Y el verdadero Javier estaba en la morgue.
PARTE 2
Durante 3 días, Lucía interpretó el papel más peligroso de su vida. Preparó café, sonrió, comentó las noticias y durmió junto al impostor sin permitir que el miedo apareciera en su rostro. Cada noche él le ofrecía leche caliente. Cada noche ella encontraba una excusa para no beberla.
Cuando el hombre salió hacia el estudio de arquitectura del paseo de la Independencia, Lucía registró el ático.
Detrás de una rejilla de ventilación encontró una tarjeta de memoria. Contenía audios, fotografías, documentos y notas ordenadas durante 18 meses.
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