A las 3:17, la policía me llamó para decir que mi marido había fallecido;

Un certificado de nacimiento revelaba la verdad: Javier tenía un hermano gemelo idéntico llamado Adrián. Habían sido separados tras una complicada situación familiar. Javier terminó adoptado por un matrimonio de Zaragoza; Adrián pasó por distintos centros y familias de acogida.

Las notas eran todavía peores.

Adrián había estudiado a Lucía como si fuera un examen: cómo tomaba el café, qué perfume usaba, qué recuerdos la hacían reír, en qué lado de la cama dormía. Había registrado 47 “ensayos” nocturnos mientras ella estaba profundamente dormida.

Una frase hizo que Lucía sintiera náuseas:

“Javier está retenido en un trastero. Intercambio 12 perfecto. Ya casi estoy listo.”

En ese momento, la cerradura de la entrada emitió un pitido.

Eran las 14:03.

Adrián había regresado 3 horas antes de lo previsto.

—¿Lu? —gritó desde el pasillo—. He olvidado unos planos.

Lucía escondió la tarjeta en el bolsillo.

Luego oyó que él añadía, con una naturalidad aterradora:

—¿Dónde estás, Lucy?

Javier odiaba ese apodo.

Adrián acababa de cometer su primer error delante de ella.

PARTE 3

Lucía salió del dormitorio sonriendo y dijo que estaba ordenando ropa. Adrián la observó unos segundos, dejó una carpeta en la cocina y explicó que debía volver al estudio.

Ella comprendió que aquel podía ser el único momento en que tendría ventaja.

—Quédate a comer —propuso—. Con todo lo ocurrido, apenas hemos tenido un rato normal.

La palabra “normal” pareció complacerlo.

Adrián aceptó.

Mientras él se duchaba, Lucía dejó el móvil grabando dentro de un jarrón y escribió al inspector Marcos Lafuente: “Necesito que compruebe algo. No llame. Espere mi siguiente mensaje.”

No podía acusarlo todavía. Necesitaba su propia voz.

La comida transcurrió con una calma insoportable. Adrián habló de un proyecto en Huesca y de una reserva para el puente de diciembre. Conocía cada pieza visible de la vida de Javier.

Pero Lucía ya conocía las grietas.

—¿Te acuerdas de Lisboa? —preguntó de repente.

Adrián sonrió.

—Claro. El restaurante junto al río. Tú derramaste vino sobre el vestido blanco.

Lucía sintió frío.

No habían estado en Lisboa. Aquello había ocurrido en Roma.

Adrián corrigió enseguida:

—Roma. Quería decir Roma. Con todo esto no sé ni dónde tengo la cabeza.

Lucía lo miró sin sonreír.

—Javier nunca confundía esa historia.

El silencio cayó sobre la mesa.

Adrián dejó lentamente los cubiertos.

—Lucía…

—Y tampoco me llamaba Lucy.

La expresión de su rostro cambió. No de golpe, sino poco a poco, como una máscara que dejara de encajar.

Lucía sacó la tarjeta de memoria y la dejó sobre la mesa.

—Sé quién eres, Adrián.

Durante unos segundos, él no respondió. Luego miró la tarjeta y comprendió.

Intentó levantarse, pero el mismo sedante que él había usado contra Lucía comenzó a vencerlo. Ella había encontrado el frasco durante el registro del piso y solo buscaba ganar unos minutos para pedir ayuda. Mantuvo la distancia.

Adrián golpeó la mesa con la palma.

—Él lo tuvo todo —murmuró, con la voz cada vez más torpe—. Una familia. Estudios. El estudio de arquitectura. Esta casa. Tú.

—Nada de eso te pertenecía.

—Éramos iguales.

—No.

La respuesta de Lucía fue tan seca que Adrián levantó la mirada.

—Teníais la misma cara —continuó ella—. Eso era todo.

Adrián soltó una risa amarga. Entonces empezó a hablar, quizá porque creía que todavía podía manipularla, quizá porque llevaba años esperando que alguien escuchara su versión.

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