PARTE 1
—Si tu hijo tiene hambre, no me estés molestando a mí; búscate otro trabajo o aprende a escoger mejor al padre —dijo la voz al otro lado del teléfono.
Lucía Mendoza apretó el celular contra su oído y bajó la mirada para que nadie la viera llorar.
Estaba en la cocina de una mansión en San Pedro Garza García, limpiando una cubierta de mármol blanco donde una sola cafetera costaba más que tres meses de su renta. Afuera, el jardín parecía de revista. Adentro, el refrigerador estaba lleno de salmón, quesos caros, jugos prensados y frutas perfectas que nadie tocaba.
Pero en su cuarto rentado, en una vecindad de Monterrey, su bebé Emiliano llevaba desde la madrugada llorando porque la lata de fórmula ya estaba vacía.
Lucía tenía veintiocho años, las manos partidas por el cloro y la espalda cansada de trabajar en tres casas. Desde que su esposo murió, no había tenido un día completo de descanso. Todo lo hacía por Emiliano, de apenas nueve meses, que dormía en una cuna prestada junto a una ventana que no cerraba bien.
—Mamá, por favor —susurró Lucía—. Solo necesito quinientos pesos. Es para la leche del niño. Te los pago el sábado, de verdad.
Del otro lado, doña Rosa suspiró con vergüenza.
—Hija, si tuviera, te lo daba sin pensarlo. Pero ayer pagué la luz y solo me quedaron treinta pesos.
Lucía cerró los ojos. No quería llorar ahí. No en esa casa. No frente a platos importados, servilletas de lino y una familia que dejaba comida entera en la basura.
No sabía que Santiago Arriaga estaba parado del otro lado del pasillo.
Santiago, dueño de Arriaga Desarrollos, había bajado por café antes de salir a una reunión. Tenía treinta y ocho años, camisa impecable, reloj caro y una vida donde quinientos pesos no significaban nada. Pero al escuchar a Lucía suplicar por leche, sintió algo incómodo en el pecho.
No entró. No quiso exponerla.
Regresó a su estudio y pidió revisar su expediente. Lucía Mendoza. Seis meses trabajando en la casa. Puntual. Discreta. Sin quejas. Viuda. Un hijo menor de un año.
La palabra “viuda” le pesó sin saber por qué.
Esa tarde, cuando Lucía terminó su turno, Santiago hizo algo que jamás había hecho: le pidió al chofer que la siguiera, sin que ella se diera cuenta.
Llegaron a una calle angosta, con paredes descarapeladas, puestos cerrando y niños jugando junto a una banqueta rota. Santiago bajó solo. Subió unas escaleras oscuras hasta el segundo piso y escuchó el llanto del bebé antes de tocar.
La puerta estaba medio abierta.
Lucía estaba sentada en la cama, meciendo a Emiliano, sacudiendo una lata vacía sobre una mamila seca.
—Aguanta tantito, mi cielo —le decía—. Mamá va a conseguir.
Santiago tocó.
Lucía se puso pálida.
—Señor Santiago… perdón. No sabía que venía. Mañana repongo las horas, pero no me despida, por favor.
Antes de que él pudiera responder, una voz elegante y helada se oyó desde la escalera.
—Aléjate de esa mujer, Santiago. No sabes en qué problema te estás metiendo.
Era Patricia Arriaga, su madre, acompañada del abogado de la empresa y dos hombres de seguridad.
Lucía abrazó al bebé como si acabaran de venir por él.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
¿Qué harías tú si descubres que una empleada oculta algo que tu propia familia parece temer? ¿Crees que Santiago debe ayudarla o alejarse para proteger su apellido?
PARTE 2 Para obtener más información,continúa en la página siguiente