PARTE 1
“Voy a llevar a Valeria al cumpleaños de Diego. Ya es parte de mi familia, así que ve acostumbrándote.”
Ese fue el mensaje que mi exesposo me mandó un jueves por la mañana, mientras yo inflaba globos junto a la alberca y fingía que no me temblaban las manos.
Me llamo Mariana, tengo cuarenta y dos años, cuatro hijos y un matrimonio de veinte años que se rompió como si nunca hubiera existido. Roberto me dejó por una mujer once años menor que yo, con cintura de gimnasio, uñas perfectas y una sonrisa de esas que parecen decir: “Yo gané”.
Durante meses intenté comportarme con dignidad. No hablé mal de él frente a mis hijos. No grité. No hice escándalos. Pero ese día, al leer su mensaje, sentí que me estaba arrancando el último pedazo de respeto que me quedaba.
Diego, mi hijo mayor varón, cumplía quince años. No quería salón ni viaje. Quería una fiesta sencilla en la casa de su abuela, en Cuernavaca, con alberca, tacos al pastor, música, primos, vecinos y sus amigos de la secundaria.
—Quiero que venga papá —me dijo una semana antes, con esa esperanza rota que los hijos de padres divorciados aprenden a esconder.
Yo asentí.
—Claro, mi amor. Es tu papá.
No le dije que Roberto llevaba meses cancelándole partidos, llamadas y comidas de domingo. No le dije que su padre contestaba más rápido los estados de Valeria que los mensajes de sus hijos.
Mi hija mayor, Camila, sí lo sabía. Ella tenía diecisiete años y una mirada demasiado adulta para su edad.
—Mamá, si él trae a esa mujer, todos van a hablar —me advirtió.
—Que hablen.
Pero no era verdad. Me importaba. Me dolía imaginar a Roberto entrando de la mano con Valeria, orgulloso, mientras yo quedaba como la esposa abandonada que todavía servía refrescos y recogía platos.
Esa noche, después de acostar a los niños pequeños, abrí mi laptop y escribí algo que jamás pensé escribir:
“Contratar actor para evento familiar CDMX”.
Me sentí ridícula. Patética. Triste.
Pero llamé.
La agencia me ofreció “acompañantes sociales profesionales”. Nada vulgar, aclaró la mujer. Solo presencia, actuación, conversación, discreción.
—Necesito que finja ser mi novio durante una fiesta —dije, con la garganta apretada—. Solo unas horas. Nada más.
—Tenemos a alguien ideal —respondió ella—. Se llama Alejandro.
Nos vimos al día siguiente en una cafetería de la Roma Norte. Yo llegué con lentes oscuros, aunque no hacía tanto sol, porque había llorado en el coche.
Cuando Alejandro entró, casi me levanté para irme.
Era alto, de cabello oscuro, camisa blanca sencilla, voz tranquila y una seguridad que no presumía. Parecía actor de serie, no un hombre que aceptaría fingir interés por una mujer agotada, divorciada y con cuatro hijos.
—Tú debes ser Mariana —dijo sonriendo.
Yo solté lo primero que pensé:
—Nadie va a creer que tú estás conmigo.
Él no se burló. No puso cara de lástima.
—¿Por qué no?
—Porque mi ex me dejó claro que ya no soy atractiva. Porque ella es más joven. Porque yo parezco alguien que apenas sobrevive.
Alejandro me miró en silencio unos segundos.
—Sobrevivir a una traición y seguir de pie por tus hijos no te hace menos atractiva. Te hace más difícil de romper.
No supe qué responder.
Le expliqué todo: la fiesta, Valeria, Roberto, mis hijos. Él escuchó sin interrumpir.
—Entonces no necesitas un novio falso —dijo al final—. Necesitas que alguien se pare junto a ti para que recuerdes que no estás sola.
Acepté contratarlo.
El sábado, la casa de mi madre olía a carne asada, cloro de alberca y pastel de tres leches. Los niños corrían mojados por el patio. Las tías acomodaban platos. La música sonaba alegre, aunque mi estómago estaba hecho nudo.
Alejandro llegó puntual, con una camisa azul clara y una cajita de regalo en la mano.
—¿Y eso? —pregunté.
—Me la dio tu hijo Diego en la entrada. Dijo que era para su papá.
Quise preguntarle qué había dentro, pero en ese momento se abrió el portón.
Roberto entró con Valeria tomada del brazo.
Ella llevaba un vestido blanco ajustado, lentes caros y una sonrisa demasiado cómoda.
Roberto me miró, luego vio a Alejandro a mi lado.
Y soltó una carcajada tan fuerte que todos voltearon.
—No inventes, Mariana —dijo frente a mis hijos—. ¿Ahora pagas modelos para fingir que alguien te quiere?
Sentí que la sangre se me iba de la cara.
Alejandro no se movió. Solo tomó la cajita que Diego le había dado y caminó hacia Roberto.
—Antes de seguir riéndote —dijo con calma—, creo que tus hijos quieren devolverte algo.
Roberto abrió la caja con una sonrisa burlona.
Y cuando vio lo que había dentro, se quedó blanco.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
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