Roberto sacó primero una foto vieja.
Era de Diego, cuando tenía seis años, sentado sobre sus hombros en la Feria de Chapultepec. Los dos reían. Roberto tenía la cara manchada de algodón de azúcar y Diego lo miraba como si su papá fuera el hombre más grande del mundo.
Luego salió una tarjeta hecha con crayones.
“Feliz Día del Padre. Eres mi héroe.”
Después otra.
Y otra.
La risa de Roberto desapareció.
Valeria se inclinó para mirar, todavía con esa sonrisa incómoda de quien no entiende si debe reír o preocuparse.
—¿Qué es esto? —preguntó Roberto, bajando la voz.
Alejandro no respondió. Solo señaló la caja.
—Sigue.
Roberto metió la mano de nuevo y sacó varias hojas impresas. Eran capturas de pantalla.
“Papá, ¿vas a venir a mi partido?”
Sin respuesta.
“Papá, Mateo tuvo fiebre. Mamá dice que no es grave, pero quería contarte.”
Sin respuesta.
“Papá, ¿puedes llamarme? Hoy me fue mal en la escuela.”
Sin respuesta.
“Papá, solo quiero saber si vas a venir a mi cumpleaños.”
Visto.
Sin respuesta.
La música siguió sonando unos segundos más hasta que alguien, no sé quién, la apagó.
El patio quedó en silencio.
Yo busqué a Diego con la mirada. Estaba cerca de la alberca, empapado, serio, con los ojos rojos pero sin llorar. Camila estaba a su lado, sujetándole la mano.
Roberto arrugó las hojas.
—¿Tú hiciste esto? —me gritó—. ¿Tanto resentimiento tienes que usas a mis hijos para humillarme?
—Yo no sabía qué había en esa caja —dije.
Era verdad.
—¡Claro que sabías! Siempre fuiste buena para hacerte la víctima.
Valeria dio un paso atrás. Por primera vez, su seguridad se quebró.
—Roberto, cálmate. Hay niños viendo.
Él la miró furioso.
—No te metas.
La frase cayó como una bofetada. Valeria apretó los labios.
Alejandro se colocó apenas delante de mí, sin tocar a Roberto, pero dejando claro que no iba a permitir que se acercara.
—Tus hijos prepararon esto solos —dijo—. Yo solo entregué el regalo que me dieron.
Roberto soltó una risa seca.
—¿Y tú quién eres para hablarme de mis hijos? ¿El novio rentado?
Algunos vecinos murmuraron. Una de mis cuñadas se tapó la boca.
Yo quería desaparecer, pero entonces Diego caminó hacia su padre. Todavía tenía el cabello mojado y los pies descalzos.
—Sí lo hicimos nosotros —dijo.
Roberto lo miró como si no reconociera a su propio hijo.
—Diego, no empieces con dramas.
—No es drama, papá. Son recuerdos. Como ahora tienes otra familia, pensamos que ya no los querías.
Valeria bajó la mirada hacia la caja.
En el fondo había una nota doblada.
Ella la tomó antes que Roberto pudiera impedirlo y empezó a leer en voz alta:
“Papá: te devolvemos las tarjetas, las fotos y los mensajes que nunca contestaste. No queremos pelear con Valeria. Solo queremos que dejes de decir que ella es tu familia si nosotros ya no cabemos en tu vida.”
A Valeria se le borró el color del rostro.
—Tú me dijiste que ellos no querían verte —susurró.
Roberto abrió la boca, pero no salió nada.
Camila dio un paso adelante.
—También dijiste que mamá nos manipulaba. Pero cuando te llamamos, no contestabas. Cuando te buscábamos, estabas ocupado. Cuando Mateo preguntaba por ti, le mandabas audios de diez segundos.
Roberto apretó la mandíbula.
—Ustedes no entienden lo que pasó entre su madre y yo.
—Sí entendemos —dijo Camila—. Entendemos más de lo que crees.
Luego levantó su celular.
Y ahí fue cuando vi miedo verdadero en los ojos de Roberto.
—Camila —dijo él, casi en un susurro—, baja ese teléfono.
Ella no lo bajó.
—No, papá. Todavía falta que todos escuchen lo que dijiste de nosotros.
PARTE 3