PARTE 1
Cuando Teresa Molina abrió la puerta de la habitación 512 del hospital privado en Santa Fe, casi soltó la charola con gasas.
En la cama, conectado a tubos, monitores y una máquina que respiraba por él, estaba don Emiliano Robles, uno de los empresarios más ricos de Ciudad de México.
Pero no estaba solo.
A su lado, hecha bolita sobre la sábana blanca, había una niña de 8 años con un suéter amarillo deslavado, tenis rotos y dos trenzas chuecas.
La niña le sostenía la mano al millonario como si fuera su abuelo.
Teresa se quedó helada.
—Niña, ¿qué haces ahí? —susurró, mirando hacia el pasillo—. Aquí no puede entrar nadie.
La pequeña levantó la cara con una calma rarísima.
—Shhh… no le hable fuerte. Cuando le gritan, se pone triste.
Teresa sintió un escalofrío.
Emiliano Robles llevaba 4 meses en coma después de un accidente en la México-Cuernavaca. Los periódicos decían que había sido una tragedia. Su prometida, Valeria Escamilla, decía que él ya no iba a despertar.
Pero Teresa había visto demasiadas cosas raras.
Valeria llegaba cada 2 o 3 días con lentes oscuros, perfume caro y un abogado siempre pegado al celular.
Nunca le acariciaba la frente.
Nunca le hablaba con amor.
Solo preguntaba por autorizaciones, firmas pendientes y reportes médicos.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Teresa, acercándose despacio.
—Nayeli.
—¿Y cómo entraste, Nayeli?
La niña bajó la mirada.
—Mi mamá limpia este piso en la noche. A veces no tiene con quién dejarme y me escondo en el cuartito donde guardan los trapeadores. Una vez escuché que este señor estaba bien solito. Entonces vine tantito.
Teresa tragó saliva.
Nayeli volvió a mirar a Emiliano.
—Le cuento cosas. Que en la escuela me molestan por mis zapatos. Que mi mamá llega con dolor de espalda. Que mi perro se llama Churro, aunque ni parece churro porque está flaco.
Teresa iba a regañarla, pero miró el monitor.
El ritmo cardíaco de Emiliano, que siempre parecía una línea cansada, tenía pequeños saltos.
No eran fallas.
Era como si respondiera.
Nayeli apretó su mano.
—También le canto. Mi abuelita decía que la gente dormida oye más que la gente despierta.
Teresa sintió que la garganta se le cerraba.
—¿Vienes seguido?
—Cuando mi mamá no me ve. Pero no hago ruido. Neta.
La niña empezó a cantar bajito una canción antigua, de esas que las mamás mexicanas cantan sin saber de dónde vienen.
Su voz era desafinada, suave, temblorosa.
Y entonces pasó.
Los dedos de Emiliano se movieron.
Teresa abrió los ojos.
Los párpados del hombre temblaron apenas, como si desde algún lugar oscuro intentara regresar.
Teresa dio un paso hacia el botón de emergencia.
Pero antes de tocarlo, unos tacones sonaron en el pasillo.
Valeria Escamilla apareció en la puerta con un vestido blanco impecable y el abogado detrás.
Al ver a la niña acostada junto a Emiliano, se le borró la sonrisa.
Luego miró la mano de Emiliano cerrada sobre los dedos de Nayeli.
Y su rostro se puso pálido.
—¿Quién metió a esa chamaca aquí? —dijo con una rabia fría.
Nayeli no se bajó.
Solo miró a Valeria y soltó una frase que dejó a todos sin aire:
—Él no quiere que usted venda la casa. Ayer lloró cuando dijo que ya nadie iba a encontrar a la señora Clara.
PARTE 2:Para obtener más información,continúa en la página siguiente