PARTE 1
—Estoy pensando en pedirle matrimonio —dijo Rodrigo, sonriendo, mientras le mostraba a Alejandro la foto de su novia en el celular.
Alejandro dejó de escuchar el ruido del avión.
La mujer de la pantalla era Mariana, su esposa.
Estaba sentada junto a la ventana de un restaurante en la Ciudad de México, con una copa frente a ella y una sonrisa que Alejandro conocía demasiado bien. El mismo lunar junto a la sien. La misma forma de inclinar la cabeza. Incluso llevaba una bufanda casi idéntica a la que él le había regalado en Navidad.
—Se llama Renata —continuó Rodrigo—. Llevamos casi cuatro meses. Es increíble. Creo que por fin encontré a la mujer con la que quiero formar una familia.
Alejandro sintió que el estómago se le cerraba.
Rodrigo había sido su compañero de preparatoria. No se veían desde hacía catorce años y, por una casualidad absurda, habían terminado sentados juntos en el vuelo Monterrey-Ciudad de México. Hasta ese instante, el reencuentro había sido divertido.
Ahora parecía una pesadilla.
Cuatro meses.
Exactamente desde hacía cuatro meses Mariana había comenzado a salir más con Valeria, una compañera del trabajo. Regresaba tarde, decía que iban por café, que tenían “cosas de mujeres” o que quería caminar para despejarse.
—¿Ella es soltera? —preguntó Alejandro, tratando de que no le temblara la voz.
—Sí. Me lo dijo desde el principio.
Rodrigo sacó una pequeña caja del bolsillo de su chamarra. Dentro había un anillo.
Alejandro miró hacia la ventanilla para que su amigo no viera su cara.
Al llegar a casa no dijo nada. Mariana lo recibió con un abrazo, calentó la cena y le contó problemas de la oficina como cualquier otra noche.
Alejandro mencionó a Rodrigo por apellido, esperando una reacción.
—¿Rodrigo Salgado? No me suena —respondió ella, sirviendo agua de jamaica.
Ni un gesto. Ni una pausa.
Eso lo asustó más.
Al día siguiente, Rodrigo le mandó otra foto.
“Esta mujer me trae loco.”
Renata aparecía en una banqueta, abrazada a él por la cintura.
Alejandro amplió la imagen.
La bufanda era la de Mariana.
Esa tarde llamó a su esposa.
—¿Vas a llegar temprano?
—No. Voy a ver a Valeria. No me esperes para cenar.
Cuarenta minutos después, Rodrigo volvió a escribir.
“Hoy salió especialmente guapa.”
La fotografía mostraba a la misma mujer sentada frente a él en un restaurante.
Alejandro sintió que algo se rompía por dentro.
Mariana acababa de decirle que estaba con Valeria.
Rodrigo acababa de mostrarle a “Renata” frente a él.
Alejandro ya no quiso preguntar. Quiso comprobarlo con sus propios ojos.
Dos días después, Rodrigo le dijo que el viernes cenaría con Renata en un restaurante de Polanco y que quizá ahí decidiría cómo pedirle matrimonio.
A las 7:55 de la noche, Alejandro esperaba dentro de su auto, al otro lado de la calle.
Cinco minutos después llegó un taxi.
Una mujer bajó, acomodó su cabello y caminó hacia la entrada.
Era el rostro de Mariana.
Era su cuerpo.
Era su manera de caminar.
Y Alejandro la vio entrar directamente al restaurante donde Rodrigo la esperaba.
En ese momento todavía creía que lo peor sería descubrir una infidelidad.
No tenía idea de que estaba a punto de descubrir algo mucho más monstruoso.
PARTE 2
Alejandro cruzó la calle, pero no entró.
Desde una ventana lateral alcanzó a ver a Rodrigo sentado frente a la mujer. Ella sonreía, inclinaba la cabeza y tocaba su brazo con una familiaridad que no dejaba espacio para explicaciones cómodas.
Entonces el celular de Alejandro vibró.
Era un mensaje de Mariana.
“Voy a tardar. Estoy con Valeria. No me esperes.”
Alejandro levantó la vista.
La mujer que él creía su esposa estaba a menos de diez metros, brindando con su mejor amigo de la adolescencia.
Cuarenta minutos después, Rodrigo y ella salieron del restaurante. Él le puso una mano en el hombro y la besó.
Alejandro alcanzó a grabar los últimos segundos.
Regresó a casa antes que Mariana. Cerca de las once escuchó la llave.
—¿Cómo te fue con Valeria? —preguntó.
—Bien. Tomamos café y caminamos un rato.
La mentira sonó perfecta.
Alejandro no mostró el video.
Esa misma noche escribió a Rodrigo.
“Tenemos que cenar el domingo. Lleva a Renata. Yo iré con mi esposa.”
Rodrigo aceptó encantado.
El domingo, Alejandro llevó a Mariana a un restaurante tranquilo de un hotel en Reforma. Ella notó su tensión desde que se sentaron.
—Si tienes algo que reclamarme, dilo de una vez.
—En unos minutos.
A las siete apareció Rodrigo.
Venía solo.
Alejandro sintió una satisfacción amarga: seguramente “Renata” había inventado una excusa porque no podía estar en dos lugares al mismo tiempo.
Rodrigo llegó a la mesa sonriendo.
—¡Por fin!
Alejandro se levantó.
—Rodrigo, ella es Mariana, mi esposa.
La sonrisa de su amigo desapareció.
Miró a Mariana como si hubiera visto un fantasma.
—No puede ser…
—¿Qué te pasa? —preguntó ella.
Rodrigo tragó saliva.
—Renata.
—Me llamo Mariana.
Alejandro sacó el celular.
—Ya basta. Yo los vi el viernes. Tengo fotos. Tengo un video.
Mariana tomó el teléfono y vio el beso.
Primero se puso roja. Después, completamente pálida.
—Esa no soy yo.
—Mariana…
—¡Te estoy diciendo que no soy yo!
Rodrigo golpeó suavemente la mesa con los dedos, confundido.
—Alejandro, la mujer del video es Renata. Mi novia.
—Y tiene la cara de mi esposa.
Antes de que alguien pudiera decir otra cosa, una mujer apareció junto a la entrada buscando la mesa.
Rodrigo se levantó de golpe.
—Renata.
Mariana se volteó.
La recién llegada dio dos pasos y se quedó inmóvil.
Durante varios segundos nadie habló.
Las dos mujeres tenían el mismo rostro.
No parecido.
El mismo.
Mismos ojos oscuros, misma nariz, mismo lunar junto a la sien, la misma edad aparente. Solo cambiaban el peinado y la ropa.
—¿Quién es ella? —preguntó Renata.
—Mi esposa —respondió Alejandro casi sin voz.
Mariana se levantó.
—¿Y tú quién eres?
—Renata Ortega.
—Yo soy Mariana Torres.
Rodrigo miraba de una a otra como si esperara que alguien gritara que todo era una broma.
Mariana tomó el celular de Alejandro, observó otra vez las fotografías y luego miró a Renata.
—Por eso me estabas vigilando —murmuró—. Pensabas que era yo.
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