PARTE 1
A mis dos hijas les regalé más de diez millones de pesos; a la de en medio no le dejé ni un peso. Y cuando quise hablar de quién cuidaría de mí, necesité llamarla quince veces para que respondiera: «Perdón… ¿quién habla?».
Me llamo Ernesto Salgado, tengo 73 años y vivo en Puebla.
Un año antes había vendido dos propiedades: una casa que heredé de mis padres y un pequeño departamento que compré cuando todavía trabajaba como carpintero. Reuní 10.5 millones de pesos.
A mi hija mayor, Laura, le di 5.2 millones.
A la menor, Renata, 5.3.
A Mariana, mi segunda hija, nada.
En aquel momento estaba convencido de haber tomado la decisión correcta.
Laura había llevado una vida tranquila, trabajando durante años en una oficina del gobierno municipal. Renata se había casado con un hombre dedicado a los negocios y siempre decía que necesitaba dinero para proteger a su familia si las cosas se complicaban.
Mariana, en cambio, había hecho exactamente lo contrario de todo lo que yo esperaba.
Cuando terminó la preparatoria le insistí en que estudiara contabilidad, finanzas o sistemas. Ella modificó su solicitud a escondidas y se fue a Ciudad de México a estudiar conservación y restauración de documentos antiguos.
—¿Vas a pasar tu vida pegando papeles rotos? —le grité.
Ella me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Papá, tú no entiendes.
Nunca olvidé esas palabras.
Y tampoco olvidé lo que respondí:
—Entonces haz lo que quieras, pero no esperes nada de esta casa.
Diez años después, seguíamos prácticamente sin hablarnos.
Por eso, cuando mi artritis empeoró y empecé a necesitar ayuda hasta para levantarme, invité a mis tres hijas a comer.
Preparé mole poblano, arroz, frijoles, carnitas y el flan que les gustaba desde niñas.
Laura llegó.
Renata también.
La silla de Mariana permaneció vacía.
—¿Le marco otra vez? —preguntó Laura.
Yo mismo tomé el teléfono.
Una llamada.
Dos.
Cinco.
Diez.
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