Parte 2
Alejandro Alcázar entró antes que mi hermano, con traje oscuro, mirada fría y 4 escoltas detrás. No llegó como príncipe de cuento, sino como un hombre acostumbrado a que los salones enteros guardaran silencio cuando él aparecía. Yo lo había visto solo en una foto del despacho de mi padre: dueño de Alcázar Capital, el empresario que compraba compañías moribundas y las volvía intocables. Diego intentó sonreírle, creyendo que aún podía usar su encanto de vendedor, pero Alejandro ni siquiera le ofreció la mano. Caminó hacia mí, se quitó el saco y me cubrió los hombros con una calma que me dolió más que cualquier palabra. Esa simple acción hizo que los murmullos crecieran. Camila empezó a decir que yo lo había contratado para hacer teatro, que una “cualquiera de oficina” jamás tendría a un hombre así de su lado. Doña Leonor gritó que yo seguramente me acostaba con ricos para conseguir protección. Alejandro solo la miró y el color se le fue de la cara. En ese momento entró mi hermano Sebastián Robles, rodeado por abogados, el gerente del hotel y 2 notarios. El mismo gerente que minutos antes permitió que me empujaran a la cocina ahora inclinaba la cabeza llamándome señorita Robles. Diego palideció. Camila quiso correr a abrazar a Sebastián fingiendo confianza, pero mi hermano la apartó sin tocarla demasiado, como si fuera algo sucio. Ahí comenzó a caerse la mentira. Camila no era heredera de los Figueroa; era hija no reconocida de una antigua empleada de esa familia y había usado invitaciones robadas, fotos de redes sociales y chismes de cocina para inventarse una vida de niña rica. Su madre trabajaba ocasionalmente en una casa vinculada a los Robles y de ahí había sacado información sobre mi vestido, mi fiesta y hasta mis iniciales. Diego seguía negando todo. Decía que yo estaba despechada, que él nunca me pidió nada, que si la empresa creció fue por su talento. Entonces Sebastián pidió proyectar los documentos: transferencias hechas desde cuentas controladas por mí, correos donde yo negociaba sus contratos, mensajes de Diego pidiéndome “otro favorcito” porque no podía pagar nómina. Algunos socios comenzaron a levantarse de sus mesas. Doña Leonor, que minutos antes me llamaba muerta de hambre, se acercó llorando para decir que siempre me quiso como hija. Yo no la dejé tocarme. Diego cayó de rodillas cuando escuchó que el contrato con Grupo Robles quedaba suspendido por revisión de fraude y uso indebido de información. Me pidió perdón, me llamó amor, juró que Camila lo había confundido. Pero cuando Camila entendió que él ya no podía salvarla, gritó que tenía pruebas de que yo no era una Robles verdadera. Sacó una invitación robada y un mensaje falso donde supuestamente mi familia la reconocía como amiga íntima. Yo miré a mi hermano y lo detuve antes de que la sacaran. No quería un final rápido. Quería que todos vieran la raíz podrida. Al día siguiente, Sebastián me dijo que no confiaba en mi corazón, que ya una vez dejé la casa por Diego y podía volver a caer. Me propuso una condición absurda: aceptar salir con Alejandro para demostrar que no volvería con el traidor. Yo fui a buscar a Alejandro para pedirle que fingiera ser mi novio solo hasta recuperar el control de mis decisiones. Él escuchó sin reírse y me preguntó si estaba segura de jugar con fuego. Le dije que después de 3 años durmiendo junto a una serpiente, el fuego ya no me asustaba. Esa tarde entramos juntos a una boutique de vestidos en Polanco para elegir el atuendo de mi presentación oficial como heredera Robles. Y allí, entre espejos, encajes y empleadas serviles, Diego y Camila volvieron a cruzarse en mi camino.
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