Mi novia me felicitó por ser papá 10 minutos antes de que su hermana menor me mandara una foto de una prueba de embarazo con mi nombre escrito detrás.
Yo estaba en el baño del trabajo, con el uniforme azul de la paquetería todavía sudado, mirando el celular como si la pantalla pudiera abrirse y tragarse mi vida entera.
Daniela, mi novia de 22 años, me había llamado llorando, pero llorando bonito, de esas lágrimas que todavía creen que el mundo puede cambiar para bien.
—Iván… me hice la prueba.
—¿Qué prueba?
—La de embarazo.
Salió positiva.
Me quedé helado.
Daniela y yo llevábamos casi 3 años juntos.
Vivíamos en un departamento chico en Iztapalapa, cerca de la casa de su mamá, con muebles comprados en pagos y una cortina que ella había cosido para que “nuestro hogar tuviera alma”.
A veces hablábamos de tener un hijo, pero siempre como quien habla de algo lejano: cuando juntáramos para un coche, cuando yo ganara más, cuando ella dejara los turnos dobles en la farmacia.
Ese día, de pronto, el futuro llegó sin pedir permiso.
Pero 10 minutos después llegó Mariana.
Mariana era su hermana de 20.
La niña rota de la familia.
La que siempre llegaba tarde, la que se equivocaba de novio, la que lloraba en la cocina mientras Daniela le calentaba sopa y le decía que no estaba sola.
Yo debí verla como familia.
Debí respetar la forma en que Daniela la cuidaba.
Pero en lugar de eso, me aproveché de su fragilidad y de mi propia podredumbre.
Todo empezó una noche en que Daniela cubrió turno hasta la madrugada.
Mariana se quedó en el departamento porque había peleado con su ex.
Lloró, me abrazó, dijo que nadie la elegía nunca.
Yo le dije que sí valía, que era bonita, que no merecía sufrir.
Y luego hice exactamente lo que hacen los hombres cobardes: confundí consolar con tocar.
Después prometimos que no volvería a pasar.
Volvió a pasar.
Y cada vez que Daniela me besaba al llegar del trabajo, yo sentía que me besaba una mujer que todavía no sabía que estaba durmiendo con su enemigo.
El mensaje de Mariana decía: “No he estado con nadie más.
Si esto es real, es tuyo.”
Debajo venía la foto de la prueba.
2 rayitas.
Sobre el lavabo de una farmacia.
En la parte de atrás, escrita con plumón negro, una frase que me quemó los ojos: “Tú decides a quién se lo dices primero.”
No sé cuánto tiempo me quedé encerrado.
Afuera, un compañero tocó la puerta.
—¿Todo bien, Iván?
—Sí… ahorita salgo.
Pero nada estaba bien.
Esa tarde inventé dolor de estómago y me fui antes.
Caminé sin rumbo por la avenida Ermita hasta que se me entumieron los pies.
Pensé en confesar.
Pensé en mentir.
Pensé en decir que Mariana estaba loca.
Pensé en acompañar a Daniela a una clínica y fingir felicidad mientras mi otra culpa crecía en otra casa.
Al final hice lo único que parecía menos miserable: llamé a Mariana.
—Tenemos que decirle hoy.
—¿Hoy?
—su voz tembló.
—Sí.
Ya no puedo con esto.
—No lo hagas para sentirte limpio, Iván.
Hazlo porque ya ensuciaste todo.
Me dolió porque era cierto.
Daniela salía a las 10:00 de la noche.
Le pedí a Mariana que llegara a las 9:45.
Preparé café que nadie iba a tomar.
Guardé las botellas de cerveza vacías.
Quité del refrigerador una foto donde salíamos los 3 en Xochimilco, Daniela riéndose en medio, Mariana abrazada a ella, yo detrás como si mereciera estar ahí.
A las 9:45 Mariana no llegó.
A las 10:00 tampoco.
A las 10:13 escuché pasos en el pasillo.
Abrí la puerta con la garganta cerrada.
Daniela y Mariana estaban juntas.
Daniela no lloraba.
Mariana tampoco.
Venían demasiado tranquilas, demasiado limpias, demasiado preparadas.
Daniela traía 2 sobres amarillos en la mano.
Mariana traía mi chamarra negra, esa que yo había olvidado en su cuarto 3 semanas antes.
Entraron sin pedirme permiso.
Daniela puso los sobres sobre la mesa.
—Siéntate.
—Dani, yo puedo explicar…
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