PARTE 1
—¡No me mires así! ¡Tu hija ya tiene veinte años! ¡No voy a estar detrás de ella como si fuera una niña! —me gritó mi esposa mientras nuestra única hija estaba inconsciente en el piso.
Acababa de regresar de un viaje de trabajo de dos semanas. Todavía llevaba la maleta en la mano cuando abrí la puerta de nuestra casa, en Puebla, y vi a Daniela tirada junto al mueble de la entrada.
Por un instante pensé que estaba dormida. Pero cuando me acerqué y descubrí que tenía los ojos cerrados, el rostro pálido y una pequeña herida en la sien, sentí que el corazón se me detenía.
—¡Daniela! ¡Mi amor, despierta!
Me arrodillé, le acaricié la cara y le hablé varias veces. No respondió.
Mi esposa, Patricia, permanecía de pie a unos metros, con los brazos cruzados.
—¿Qué le pasó? —pregunté desesperado.
—No sé. Seguramente se mareó y se cayó.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí?
—No estaba contando los minutos, Javier.
La miré sin comprender.
—¿Y por qué no llamaste a una ambulancia?
—Porque estaba respirando. Pensé que se levantaría sola.
Aquellas palabras me dejaron helado.
Saqué el teléfono y marqué al 91Mientras explicaba la situación, seguía observando a Patricia. No parecía preocupada. Ni siquiera se acercó para preguntarme si Daniela estaba bien.
Llevábamos veintidós años casados.
Yo trabajaba como supervisor de mantenimiento industrial y viajaba constantemente. Patricia siempre había sido una mujer de carácter fuerte, pero jamás imaginé que pudiera mostrarse tan indiferente ante nuestra propia hija.
Daniela era nuestra única hija. Tenía veinte años, estudiaba en la universidad y trabajaba algunas tardes para pagarse sus gastos.
Todo lo que yo había construido durante años tenía sentido por ella.
Los paramédicos llegaron rápidamente.
Uno de ellos examinó a Daniela y preguntó:
—¿Alguien vio cómo ocurrió el accidente?
—Mi esposa estaba aquí —respondí.
Patricia apartó la mirada.
—Yo estaba en la cocina. Cuando salí, ya estaba en el suelo.
El paramédico frunció el ceño.
—Señora, si encontró a su hija inconsciente, debió pedir ayuda inmediatamente.
Patricia no contestó.
Acompañé a Daniela al hospital. Los médicos le realizaron estudios y me informaron que presentaba una conmoción cerebral. Por fortuna, no encontraron señales de una lesión más grave, pero necesitaban mantenerla bajo observación.
Cuando preguntaron cómo se había golpeado, no supe responder.
Mi esposa me había dado tres versiones diferentes en menos de una hora.
Aquella noche me quedé junto a la cama de Daniela.
Cerca de la medianoche abrió los ojos.
—Papá… ¿ya regresaste?
Sentí un enorme alivio.
—Aquí estoy, mi niña. No voy a dejarte sola.
Daniela intentó sonreír, pero enseguida empezó a llorar.
—Perdóname, papá.
—¿Por qué tendrías que pedirme perdón?
Miró hacia la puerta, como si temiera que alguien estuviera escuchando.
—Porque mamá me dijo que, si te contaba lo que estaba haciendo, tú me ibas a odiar.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué estaba haciendo tu mamá?
Daniela apretó mi mano.
—Quería vender el coche que me regalaste. Yo no acepté, papá. Te juro que no acepté.
Me quedé inmóvil.
Ese automóvil estaba registrado a nombre de Daniela. Lo habíamos comprado entre los dos con mis ahorros y lo que ella había juntado trabajando.
—¿Y por eso discutieron?
Mi hija comenzó a temblar.
—No fue solamente una discusión. Mamá me empujó… y cuando me golpeé la cabeza, me vio caer.
Tragué saliva.
—¿Qué hizo después?
Daniela cerró los ojos y susurró:
—Se acercó, me quitó las llaves del bolsillo y me dijo algo que nunca voy a olvidar.
Entonces me repitió las palabras exactas de su madre:
—«A ver si ahora aprendes que en esta casa se hace lo que yo digo. Y ni se te ocurra contarle nada a tu padre».
Pero lo que Daniela me confesó después fue todavía peor: su madre no solamente quería venderle el coche. Llevaba semanas preparando algo a mis espaldas, y al parecer necesitaba hacerlo antes de que yo regresara.
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