Parte 1
Apagué las luces de mi despacho, tomé la maleta de cuero y besé a mis 2 hijas como si realmente estuviera a punto de viajar a Canadá.
—Solo serán 4 días —les dije mientras me abrochaba el saco—. Portense bien. El viernes estará de regreso.
Valeria, de 9 años, me abrazó con tanta fuerza que sentía un nudo en el pecho.
Sofía, de 6 años, se aferró a mi mano.
— ¿Tienes que irte otra vez, papá?
Sonreí aunque no tenía ganas.
—Es una reunión importante en Toronto.
Era
mentira.
Mi avión privado no despegaría.
No había reunión.
Ni siquiera había reservado hotel.
45 minutos después de atravesar en mi camioneta los portones de mi residencia en Bosques de las Lomas, regresó por una entrada de servicio junto a Héctor, mi jefe de seguridad.
Nadie debía saberlo.
Mucho menos Renata.
Mi prometida.
La mujer con la que pensaba casarme en
3 meses.
La noche anterior, mientras cenábamos, Renata había deslizado una frase que no me dejó dormir.
—Confía demasiado en Marisol.
Marisol llevaba casi 5 años trabajando conmigo. Primero
había llegado como empleada doméstica, pero después de la muerte de mi esposa se convirtió, casi sin que yo lo notara, en una de las personas más cercanas a mis hijas.
—¿Qué quieres decir?
Renata bajó la voz.
—Que desaparecen cosas.
—¿Qué cosas?
—Unos aretes. Dinero que dejó en un cajón. Un perfume caro.
La miré fijamente.
—¿Estás acusando a Marisol?
—No estoy acusando a nadie. Solo digo que abras los ojos.
Después vino lo que verdaderamente me inquietó.
—También está poniendo a las niñas en tu contra.
Sentí un
frío extraño.
—¿Cómo?
—Cada vez están más apegadas a ella. Cuando llegan, se quedan calladas. Cuando Marisol entra, corren a abrazarla. Esa mujer sabe demasiado sobre esta familia.
Renata tocó mi
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