Se Burlaron De Él Por Llevar A Su Abuela Al Baile…

PARTE 1

A los 18 años, Santiago Morales llegó al baile de graduación del Instituto Emiliano Zapata tomado del brazo de la mujer que le había salvado la vida más veces de las que él podía contar: su abuela, doña Esperanza.

No llegó en una camioneta de lujo.

No llegó con reloj caro ni traje de marca.

Llegó en un Tsuru blanco que hacía ruido en cada tope, con un saco prestado por un vecino y unos zapatos negros que él mismo había boleado durante 40 minutos en la banqueta.

A su lado caminaba doña Esperanza, de 74 años, bajita, de piel morena, manos arrugadas y mirada dulce. Llevaba un vestido color vino que había guardado durante años en una bolsa de plástico, porque decía que era “para cuando la vida diera una alegría grande”.

Y para Santiago, esa noche era la alegría más grande.

Su mamá había muerto cuando él tenía 2 años, por una enfermedad que llegó sin avisar y se fue llevándose todo.

Su papá, en cambio, no murió.

Solo desapareció.

Un día dijo que iba a buscar trabajo en Monterrey y jamás volvió a contestar una llamada.

Desde entonces, doña Esperanza crió a Santiago en una casita de lámina y block en Nezahualcóyotl, donde el agua llegaba a ratos, el dinero nunca alcanzaba y las tortillas se contaban para que el niño no se quedara con hambre.

Durante 15 años, ella trabajó como intendente en el mismo instituto donde Santiago estudiaba.

Barría salones.

Limpiaba baños.

Recogía papeles, chicles, refrescos derramados y hasta los vómitos de alumnos que se sentían muy finos, pero no sabían respetar ni a quien les dejaba limpio el piso.

Todos la conocían.

Pero casi nadie la miraba de verdad.

Para muchos, doña Esperanza era “la señora del trapeador”.

La que olía a cloro.

La que traía las manos ásperas.

La que llegaba antes de que abrieran el portón y se iba cuando ya no quedaba ni un maestro en los pasillos.

Los compañeros de Santiago no perdían oportunidad para humillarlo.

—Ahí viene tu abuelita, güey. ¿Ya te heredó la cubeta?

—No manches, Santiago, tú sí tienes beca completa: baño limpio incluido.

—Invítala a la graduación, capaz y les barre la pista.

Santiago apretaba los dientes.

Quería contestar.

Quería partirle la cara a más de 1.

Pero siempre se quedaba callado porque sabía que, si doña Esperanza se enteraba, iba a creer que ella era una vergüenza para él.

Y eso, más que cualquier burla, le habría roto el corazón.

Cuando anunciaron el baile de graduación, todos empezaron a presumir parejas, vestidos, camionetas rentadas y reservaciones para después irse a una terraza en Satélite.

Santiago no pensó en ninguna muchacha.

Pensó en su abuela.

Una noche, mientras ella calentaba frijoles y doblaba su uniforme gris de intendencia, él le dijo:

—Abue, quiero que vayas conmigo al baile.

Doña Esperanza se quedó quieta, con la cuchara en la mano.

—Ay, mijo, no empieces. ¿Cómo voy a ir yo a eso? Ese baile es para jóvenes.

—Es para celebrar que terminé la prepa. Y terminé por ti.

Ella bajó la mirada.

—No tengo ropa bonita.

—Tienes ese vestido vino que guardas en el ropero.

—Me van a ver feo.

—Que vean.

—Te van a hacer burla, Santiago.

Él se acercó y le tomó las manos.

—Toda la vida se han burlado. Pero esta noche quiero entrar con la persona que sí estuvo cuando todos se fueron.

Doña Esperanza no pudo decir que no.

Por eso, cuando cruzaron la entrada del salón de eventos en Ecatepec, Santiago iba orgulloso.

Pero las risas empezaron antes de que pudieran llegar a su mesa.

Un muchacho llamado Iván, hijo de una señora del comité de padres, gritó desde el fondo:

—¡No manches! ¡Santiago trajo a la señora del aseo como cita!

Las carcajadas estallaron como cohetes.

Alguien empezó a grabar.

Otra chica se tapó la boca fingiendo sorpresa.

—Qué romántico, hasta vino con servicio de limpieza incluido.

Doña Esperanza apretó su bolsita negra contra el pecho.

Su sonrisa se apagó.

Santiago sintió cómo la mano de su abuela temblaba.

Entonces sonó la primera canción.

Él se giró hacia ella, hizo una pequeña reverencia y preguntó:

—Doña Esperanza Morales, ¿me concede este baile?

El salón volvió a reírse más fuerte.

Doña Esperanza intentó soltarlo.

—Mijo, vámonos. No pasa nada.

Pero en ese momento, Iván gritó:

—¡Báilenle despacito, no se nos vaya a desarmar la abuelita!

Santiago dejó de sonreír.

Miró a todos, uno por uno.

Luego caminó hacia la mesa principal.

Tomó el micrófono.

Y el salón entero sintió que algo muy fuerte estaba a punto de pasar.

PARTE 2:Para obtener más información,continúa en la página siguiente

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