A los 5 años llegó a pesar 90 kilos y dependía de un respirador artificial. Su padre, Sedat, recordaba con tristeza que el niño lloraba al ver a sus amigos jugar: “Antes no podíamos ir a ningún lado, él se ponía muy triste”.
Por fortuna, su vida cambió en 2022 gracias a un costoso tratamiento aprobado por el Ministerio de Salud, inaccesible por su rareza.
Después de un gran esfuerzo, a sus 11 años logró bajar hasta los 40 kilos. “Ahora estoy muy bien, puedo hacer las actividades de mis amigos”, celebra Yağız, quien hoy se divierte en las montañas rusas.
a historia de este niño ha dado la vuelta al mundo y sigue sorprendiendo a miles de personas. Con apenas 5 años de edad, llegó a pesar cerca de 90 kilos, una cifra que para muchos parecía imposible para un pequeño de su edad. Su caso llamó la atención de médicos, especialistas y medios de comunicación debido a la velocidad con la que aumentaba de peso y a una condición que lo llevaba a sentir hambre prácticamente todo el tiempo.
Mientras otros niños disfrutaban de juegos, deportes y actividades propias de su edad, él enfrentaba una batalla silenciosa contra su propio cuerpo. Su familia vivía preocupada al ver cómo el pequeño pedía comida constantemente y parecía no sentirse satisfecho después de comer.
La situación se volvió cada vez más complicada. Caminar largas distancias comenzó a resultarle difícil, participar en actividades escolares se convirtió en un desafío y su salud empezó a verse afectada por el exceso de peso. Los médicos sabían que debían actuar rápidamente para evitar problemas aún más graves en el futuro.
IMPORTANTE: El video relacionado a esta historia lo encontrarás al final del artículo.
Un caso que desconcertó a los especialistas
Cuando los profesionales comenzaron a estudiar el caso, descubrieron que no se trataba simplemente de malos hábitos alimenticios. Detrás de su constante sensación de hambre existían factores médicos que requerían una evaluación profunda.
Los especialistas realizaron múltiples exámenes y evaluaciones para comprender por qué el niño parecía tener un apetito incontrolable. Los resultados permitieron diseñar un plan de tratamiento que combinaba supervisión médica, cambios en la alimentación, apoyo psicológico y seguimiento constante.
La familia tuvo que hacer importantes ajustes en su rutina diaria. No solo se trataba de controlar lo que el niño comía, sino también de crear un entorno que favoreciera hábitos más saludables y sostenibles a largo plazo.
El tratamiento que sorprendió a muchos
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