PARTE 1
—Mañana, en cuanto firme, la empresa y las cuentas vuelven a quedar en manos de la familia.
La voz de mi hermano Tomás sonó tan tranquila que durante un segundo pensé que había entendido mal. Yo estaba acostado boca abajo debajo de la cama de una suite en San Miguel de Allende, con la mejilla pegada a la alfombra y las rodillas encogidas contra el pecho. Había preparado una broma absurda para la noche anterior a mi boda: fingir que había salido, esconderme y escuchar qué decían mis hermanos cuando creyeran que yo no estaba. Imaginaba risas, alguna burla sobre mis nervios y después mi aparición triunfal.
Pero Efraín respondió:
—Esteban siempre firma. Le pones “protección familiar” en la portada y ni siquiera pregunta.
Sentí que el entusiasmo se me convertía en hielo. Durante dieciocho años yo había pagado colegiaturas, deudas, tratamientos, rentas y dos negocios fallidos. Había comprado la casa de mi madre en Zapopan, financiado el restaurante de Tomás y contratado a Efraín en mi empresa de transporte refrigerado aunque apenas sabía llevar una hoja de cálculo. Nunca lo consideré sacrificio. Eran mi familia.
—El problema es Julieta —dijo Tomás—. Ella sí revisa números.
Julieta Sosa, la mujer con la que iba a casarme al día siguiente, era arquitecta y tenía su propio despacho. No necesitaba mi dinero. Lo primero que hizo cuando la conocí fue preguntarme si mis hijos, Emiliano y Gael, estaban bien con nuestra relación. Mi familia la trataba con sonrisas tensas y frases disfrazadas de preocupación.
—Podemos hacer con ella lo mismo que hicimos con Paula —respondió Efraín.
Paula era mi exesposa. Nuestro matrimonio terminó después de años de discusiones, mensajes anónimos y sospechas que aparecían justo cuando intentábamos reconciliarnos. Yo había creído que los dos nos habíamos hecho daño. Debajo de aquella cama descubrí que alguien había alimentado cada incendio.
—Mónica le mandaba capturas falsas a Paula —continuó Efraín—. Tú le decías a Esteban que ella quería quitarle a los niños. Los dos pagaban abogados y nosotros cobrábamos por “ayudarlos”.
Tuve que cubrirme la boca para no hacer ruido.
Tomás soltó una risa seca.
—Esteban quiere tanto la paz que nunca pregunta quién se la roba.
Luego hablaron de un expediente de laboratorio, de una prueba de paternidad y de un secreto que, según ellos, podía destruirme. Dijeron que uno de mis hijos quizá no era mío y que Mónica guardaba el documento original. Mis dedos comenzaron a temblar. No sabía de qué hijo hablaban. Tampoco sabía si era verdad.
—Con eso lo hacemos obedecer —dijo Efraín—. Y si Julieta se niega a firmar el convenio, le sembramos una duda. Esteban siempre elige a sus hijos antes que a una mujer.
Tomás bajó la voz.
—Mañana ella tampoco estará en condiciones de resistirse.
—¿Ya consiguieron lo necesario?
—Mónica lo dejó preparado. Una copa, unas pastillas y una habitación reservada a nombre de otro hombre. Si Julieta no coopera, parecerá que se descontroló en su propia boda.
La sangre me golpeó en las sienes. Ya no se trataba solo de dinero. Planeaban drogarla y fabricar un escándalo.
Algo pequeño rodó por el piso hasta detenerse frente a mi cara: un sobre color marfil con el nombre de Julieta escrito a mano. Reconocí la letra de mi hermana Mónica, la mujer a quien había confiado a mis hijos durante años.
Entonces el colchón se hundió sobre mi espalda.
Uno de mis hermanos se inclinó lentamente hacia el borde de la cama, y comprendí que estaba a segundos de descubrirme.
No podía imaginar lo que estaba a punto de escuchar después.
PARTE 2
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬