PARTE 2: LA FORTUNA DE LAS MENTIRAS

Abigail leyó el mensaje tres veces antes de atreverse a responder.

 

“¿Quién es usted?”

 

La respuesta llegó casi inmediatamente.

 

“Soy Naomi Carter. Trabajo en el departamento de facturación del hospital. No puedo explicárselo todo por teléfono. Su hijo no es la única persona que le ha estado mintiendo”.

 

Abigail sintió que el corazón comenzaba a golpearle las costillas.

 

“¿Cómo sabe lo de la lotería?”

 

Pasaron dos minutos.

 

Después apareció otro mensaje.

 

“Porque alguien ya está intentando utilizar su nombre para reclamar ese dinero”.

 

Abigail dejó caer el teléfono sobre la mesa.

 

Miró el billete de lotería.

 

Veinte millones de dólares.

 

Una fortuna que apenas había tenido tiempo de comprender.

 

Y, sin embargo, alguien parecía conocerla antes incluso de que hubiera presentado oficialmente el boleto.

 

Se levantó, cerró las cortinas y llamó a su antiguo abogado, Samuel Brooks.

 

Samuel había ayudado a su difunto esposo con algunos asuntos patrimoniales muchos años atrás.

 

—Abigail, qué sorpresa —respondió—. ¿Todo está bien?

 

Ella respiró profundamente.

 

—Samuel, necesito que me ayudes a proteger algo muy importante.

 

—¿De qué estamos hablando?

 

Abigail miró el billete.

 

—De veinte millones de dólares.

 

Hubo un silencio.

 

—Abigail, ¿estás hablando en serio?

 

—Completamente.

 

Samuel tardó unos segundos en responder.

 

—Entonces no firmes nada, no entregues el boleto a nadie y no compartas más información hasta que revisemos las reglas para reclamar el premio y proteger tu identidad en la medida que permita la ley.

 

Abigail cerró los ojos.

 

—Creo que mi hijo está intentando aprovecharse de mí.

 

La voz de Samuel cambió.

 

—Ven a mi oficina mañana a primera hora. Y trae todos los documentos que tengas.

 

A la mañana siguiente, Abigail llegó al despacho antes de las ocho.

 

Samuel la recibió personalmente.

 

Revisaron el boleto, los requisitos para reclamar el premio y las posibles consecuencias fiscales.

 

Después Abigail le mostró los mensajes de Naomi.

 

El abogado frunció el ceño.

 

—¿Conoces a esta mujer?

 

—No.

 

—Entonces debemos verificar quién es antes de confiar en ella.

 

Abigail asintió.

 

Samuel continuó:

 

—Y necesito hacerte una pregunta. ¿Tu hijo tiene acceso a tus cuentas bancarias?

 

Abigail bajó la mirada.

 

—Tiene una tarjeta adicional para emergencias.

 

—¿Algún poder legal?

 

—Firmé unos documentos cuando empezó a enfermarse. Spencer dijo que eran necesarios para gestionar sus tratamientos.

 

Samuel se quedó inmóvil.

 

—¿Conservas copias?

 

Abigail abrió su bolso.

 

—Encontré esto anoche.

 

Era una carpeta que Spencer había dejado en su casa dos semanas atrás.

 

Samuel comenzó a revisar las páginas.

 

Su expresión se volvió cada vez más seria.

 

—Abigail, esto no es una simple autorización médica.

 

Ella sintió un escalofrío.

 

—¿Qué significa?

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