—Es un poder financiero amplio. Según este documento, Spencer podría realizar determinadas operaciones en tu nombre.
Abigail se llevó una mano al pecho.
—Él me dijo que era para pagar las facturas del hospital.
Samuel levantó la mirada.
—Necesitamos comprobar si el documento es válido, qué facultades concede exactamente y si se ha utilizado.
Abigail sintió que las lágrimas comenzaban a caer.
—Le confié todo.
Samuel le acercó un pañuelo.
—Todavía podemos actuar para protegerte.
Aquella tarde, Naomi aceptó reunirse con ellos en el despacho.
Llegó con una carpeta azul y una expresión de profundo nerviosismo.
Era una mujer de unos treinta años, con el cabello recogido y unas gafas pequeñas.
—Señora Riley, gracias por venir.
Abigail la observó.
—¿Cómo sabe que gané la lotería?
Naomi respiró profundamente.
—Su hijo lo mencionó durante una llamada que escuché accidentalmente cerca de la oficina administrativa.
Abigail se quedó inmóvil.
—Eso es imposible. Nunca se lo conté.
Naomi bajó la mirada.
—No dijo que usted se lo hubiera contado. Dijo que esperaba que la noticia fuera cierta.
Samuel intervino.
—¿Tiene alguna prueba de esa conversación?
—No de toda la conversación —admitió Naomi—. Pero tengo documentos que deberían revisar.
Abrió la carpeta.
Dentro había copias de facturas médicas.
Abigail reconoció inmediatamente algunas cantidades.
Doce mil dólares.
Ocho mil quinientos.
Seis mil trescientos.
Eran los pagos que había realizado durante los últimos meses.
Naomi señaló una columna.
—Estas facturas aparecen registradas como pagadas por usted.
—Sí —respondió Abigail—. Vendí casi todo lo que tenía.
Naomi asintió.
—Pero varias corresponden a servicios que nunca se realizaron.
El silencio llenó la oficina.
Abigail sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué?
Naomi mostró otro documento.
—Encontré cargos duplicados por estudios de laboratorio, consultas especializadas y medicamentos.
Samuel se inclinó hacia delante.
—¿Está segura?
—He comparado las facturas con los registros de prestación de servicios a los que tengo acceso. Hay discrepancias importantes. Ya presenté un reporte interno.
Abigail apenas podía respirar.
—¿Cuánto dinero?
Naomi tragó saliva.
—Hasta ahora he identificado aproximadamente setenta y cuatro mil dólares en cargos que necesitan explicación.
Abigail se cubrió la boca.
Setenta y cuatro mil dólares.
Recordó la máquina de coser de su madre.
Las joyas que había vendido.
Las noches en que había cenado pan tostado para ahorrar dinero.
Y entonces preguntó algo que le dolía incluso pronunciar.
—¿Spencer sabe esto?
Naomi guardó silencio.
—Encontré comunicaciones administrativas donde aparece su nombre como contacto para determinados pagos.
Abigail comenzó a llorar.
—Dios mío…
Samuel levantó una mano.
—Eso no demuestra por sí solo que Spencer haya participado en ninguna irregularidad. Necesitamos revisar los registros completos.
Naomi asintió.
—Lo entiendo. Por eso quería que buscaran asesoramiento legal.
Abigail respiró profundamente.
—¿Y mi hijo? ¿Está realmente enfermo?
La expresión de Naomi cambió.
—No tengo acceso autorizado a toda su información clínica, y no sería correcto que intentara obtenerla para ustedes. Pero las discrepancias que encontré son financieras, no un diagnóstico.
Abigail bajó la cabeza.
Durante meses había vivido aterrorizada ante la posibilidad de perder a Spencer.
Ahora también temía descubrir que él había utilizado aquel miedo para manipularla.
Esa noche recibió una llamada de su hijo.
—Mamá, ¿dónde has estado?
Abigail cerró los ojos.
—He tenido algunos asuntos que resolver.
—Necesito que vengas mañana.
—¿Por qué?
Spencer suspiró.
—Los médicos dicen que tal vez necesite otro tratamiento.
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