PARTE 2: LA FORTUNA DE LAS MENTIRAS

Abigail sintió un dolor profundo.

 

—¿Qué tratamiento?

 

—Uno nuevo. Es bastante caro.

 

—¿Cuánto?

 

Hubo una pausa.

 

—Cincuenta mil dólares.

 

Abigail apretó el teléfono.

 

—¿Tienes una indicación médica por escrito?

 

Spencer guardó silencio.

 

—Mamá, ¿desde cuándo me haces tantas preguntas?

 

—Desde que necesito comprender exactamente qué estoy pagando.

 

Su voz se endureció.

 

—¿No confías en mí?

 

Abigail miró la fotografía de Spencer cuando tenía seis años.

 

Sonreía con dos dientes de menos y una camiseta de béisbol.

 

—Quiero confiar en ti, hijo.

 

—Entonces ven mañana con el dinero.

 

Abigail cerró los ojos.

 

—Hablaré directamente con el equipo médico antes de tomar cualquier decisión.

 

Spencer colgó.

 

Por primera vez, Abigail no volvió a llamarlo.

 

Dos días después, Samuel recibió una respuesta del banco.

 

Habían encontrado una solicitud reciente para abrir una cuenta de inversión utilizando los datos personales de Abigail.

 

El trámite había sido iniciado mediante un representante autorizado.

 

Abigail sintió un escalofrío.

 

—¿Spencer?

 

Samuel le mostró el documento.

 

—Su nombre aparece como solicitante de la gestión.

 

Ella se quedó inmóvil.

 

—¿Cuánto dinero pretendía mover?

 

—La solicitud no indica una cantidad concreta. Pero menciona ingresos extraordinarios pendientes de recibir.

 

Abigail comenzó a temblar.

 

—La lotería.

 

Samuel asintió lentamente.

 

—Es una posibilidad que debemos investigar.

 

Entonces sonó el teléfono de Naomi.

 

La mujer contestó.

 

Escuchó durante unos segundos.

 

Su rostro perdió todo el color.

 

—¿Qué ocurrió? —preguntó Samuel.

 

Naomi guardó silencio.

 

Después respondió:

 

—El hospital acaba de suspender temporalmente el acceso administrativo de dos empleados mientras revisa las facturas.

 

Abigail sintió un escalofrío.

 

—¿Quiénes?

 

Naomi respiró profundamente.

 

—Uno es el responsable de facturación.

 

—¿Y el otro?

 

La mujer bajó la mirada.

 

—Una coordinadora de servicios privados que llevaba meses tratando directamente con Spencer.

 

Samuel frunció el ceño.

 

—¿Cómo se llama?

 

Naomi respondió:

 

—Vanessa Cole.

 

Abigail se quedó completamente inmóvil.

 

Conocía aquel nombre.

 

Vanessa era la mujer que Spencer había presentado como su novia seis meses atrás.

 

La misma que siempre la abrazaba y le decía:

 

“Abigail, eres una madre maravillosa. Spencer tiene mucha suerte de tenerte”.

 

De repente recordó la conversación que había escuchado detrás de la puerta.

 

La voz femenina.

 

La risa.

 

Las palabras sobre conseguir hasta el último dólar.

 

—Era ella —susurró Abigail.

 

Samuel levantó la cabeza.

 

—¿Qué?

 

—La mujer del teléfono.

 

Naomi cerró los ojos.

 

—Entonces quizá exista una conexión que debamos comunicar a los investigadores.

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