Abigail sintió que la tristeza comenzaba a transformarse en una determinación que nunca había conocido.
—Quiero saber exactamente qué hicieron con mi dinero.
Samuel asintió.
—Y lo averiguaremos mediante los registros y las autoridades correspondientes.
Aquella noche, Abigail regresó a su pequeña casa.
Se sentó frente a la mesa donde todavía guardaba el boleto de lotería.
Veinte millones de dólares.
Había creído que aquel dinero salvaría a su hijo.
Ahora comprendía que también podía convertirla en un objetivo.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de Spencer.
“Mamá, sé que ganaste la lotería. Tenemos que hablar inmediatamente”.
Abigail sintió que el corazón se le detenía.
No respondió.
Segundos después llegó otro mensaje.
“Vanessa me contó todo. No puedes esconderme ese dinero. Soy tu único hijo”.
Abigail dejó el teléfono sobre la mesa.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
Pero entonces llegó un tercer mensaje.
Esta vez no era de Spencer.
Era de Naomi.
“Señora Riley, encontramos algo que cambia toda la investigación. Hay otras cinco familias que recibieron facturas similares. Y alguien utilizó la misma empresa para cobrar servicios que posiblemente nunca se prestaron”.
Abigail se incorporó lentamente.
Leyó el mensaje otra vez.
Cinco familias.
Cinco madres o padres que quizá también habían vendido sus pertenencias para pagar tratamientos.
Cinco hogares que podrían haber sufrido la misma angustia.
Entonces Naomi envió una fotografía.
Mostraba el encabezado de una empresa.
Riley Medical Support Services.
Abigail sintió que el mundo se detenía.
Riley.
Su apellido.
Debajo aparecía una dirección comercial.
La reconoció inmediatamente.
Era la antigua tienda de impresión de Spencer.
La misma que él llevaba meses diciéndole que estaba a punto de quebrar.
Pero lo más inquietante no era el nombre de la empresa.
Era la fecha de constitución.
Había sido registrada once meses antes.
Mucho antes de que Spencer ingresara al hospital.
Y en el apartado de representante legal figuraba una persona que Abigail jamás esperaba encontrar.
Ella misma.
Abigail Riley.
Con una firma que no recordaba haber escrito.
Se quedó mirando la pantalla mientras una terrible sospecha tomaba forma.
Quizá Spencer no había comenzado a mentirle cuando enfermó.
Quizá la enfermedad había sido solamente la oportunidad perfecta para poner en marcha un plan que llevaba casi un año preparándose.
Entonces alguien llamó a la puerta.
Tres golpes lentos.
Abigail apagó la luz de la cocina.
Se acercó silenciosamente a la ventana.
En el porche estaba Vanessa.
Llorando.
Con un sobre grueso entre las manos.
Y cuando Abigail abrió apenas la puerta, la joven pronunció unas palabras que le helaron la sangre.
—Señora Riley, Spencer no es quien dirige todo esto.
Abigail la miró fijamente.
—¿Entonces quién?
Vanessa comenzó a temblar.
—La persona que organizó las facturas falsas también tiene acceso a los expedientes médicos. Y cuando Spencer quiso retirarse, le dijeron que ya era demasiado tarde.
Abigail sintió que le faltaba el aire.
—¿De qué estás hablando?
Vanessa extendió el sobre.
—Aquí están los nombres de las otras familias. Y hay algo más.
Abigail lo abrió lentamente.
Dentro había una fotografía de Spencer reunido con un hombre de traje oscuro.
Reconoció al hombre inmediatamente.
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