Mi hermana llegó a la cena de ensayo usando una copia de mi vestido de novia, y lo peor no fue verla entrar, sino ver a mi mamá sonreírle como si yo fuera la loca.
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Yo estaba en el patio de una hacienda en Querétaro, con el corazón atorado. La familia de mi prima Ximena había rentado el lugar para recibir a los invitados antes de la boda: mesas largas, velas entre bugambilias, cazuelas de mole, pan dulce y un mariachi afinando junto a la fuente. Todo era para Ximena, no para que mi hermana convirtiera la noche en una escena de telenovela.
Pero Renata siempre había tenido talento para eso.
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Entró tarde, levantando la barbilla, como si cada mirada fuera un aplauso. Su vestido no era blanco blanco, porque incluso ella sabía que eso habría sido demasiado evidente. Era marfil, con el mismo escote cuadrado, la misma cintura ceñida y la misma caída suave que yo había dibujado 1 año antes para mi boda. Y en la falda llevaba las flores azules.
Mis flores azules.
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No eran adornos cualquiera. Eran las flores que mi abuela Carmen bordaba en servilletas cuando yo era niña, sentada conmigo en la cocina de Coyoacán mientras el café hervía. Cuando mi abuela murió, yo diseñé mi vestido de novia con doña Eulalia, una costurera de la Portales. Le pedí flores azules alrededor de la cintura y 3 colibríes escondidos entre los pétalos, porque mi abuela decía que los colibríes eran visitas de quienes no habían terminado de despedirse.
Ese vestido no fue caro. Fue mío.
Renata lo sabía. Por eso lo copió.
Mi hermana menor llevaba años metiéndose en mi vida como quien mete la mano en una bolsa ajena y luego dice que solo estaba mirando. Si yo usaba aretes de plata, ella aparecía con unos iguales. Si yo cambiaba de perfume, ella olía igual una semana después. En la preparatoria empezó a imitar mi letra. A los 22 se cortó el pelo como yo. Cuando me especialicé en restauración textil, de pronto ella decía que “también tenía alma de artesana”, aunque nunca había terminado ni una bufanda.
Mi mamá siempre lo llamaba admiración.
—Ay, Lucía, no seas sangrona. Renata te quiere parecerse porque te ve bonita.
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Yo quería decirle que parecerse no era lo mismo que desaparecerme.
El límite casi llegó cuando Renata coqueteó con Mateo, mi esposo, antes de que nos comprometiéramos. Fue en una posada familiar, frente al ponche y los tamales. Le tocó el brazo, se inclinó demasiado y dijo riéndose que si yo lo descuidaba, ella sí sabría cuidarlo. Mateo se apartó de inmediato y me lo contó al subir al coche.
Esa noche quise enfrentarla.
—No armes pleito en Navidad —me dijo mi mamá—. Tu hermana nomás es juguetona.
Desde entonces entendí que en mi familia a Renata le llamaban juguetona cuando era irrespetuosa, sensible cuando era manipuladora y víctima cuando alguien le decía que no.
Por eso, cuando Ximena me pidió ser dama de honor, respiré hondo antes de aceptar. Ximena era de las pocas primas que no fingía ceguera. Ella sabía lo de los peinados copiados, lo de Mateo, lo de mi vestido. Renata también sería dama, pero pensé que una boda ajena la obligaría a comportarse. Había 180 invitados, misa, banquete y una callejoneada por el centro. Nadie en su sano juicio usaría una copia de un vestido de novia en una celebración de otra mujer.
6 días antes de la cena de ensayo, Renata me mandó una selfie desde un probador. El mensaje decía: “¿A poco no me veo espectacular? Es para lo de Xime”.
Hice zoom.
Sentí que se me fue la sangre a los pies. Ahí estaba el escote. Ahí estaba la cintura. Ahí estaban las flores azules, mal copiadas, torcidas, pero colocadas en el mismo lugar. Incluso habían intentado copiar los 3 colibríes.
La llamé desde el estacionamiento del museo donde trabajo.
—Renata, dime que eso no es lo que creo.
—No empieces con tus dramas. Tú ya te casaste.
—Ese vestido lo hice por mi abuela.
—Son flores, Lucía. No patentaste a la abuela.
—Si lo usas, voy a decirle a Ximena.
Renata soltó una risa baja, de esas que no buscan gracia, sino herir.
—Dile. A ver si por fin todos ven lo celosa que eres.
Le mandé todo a Ximena: capturas, fotos de mi boda, bocetos y un video donde doña Eulalia explicaba el bordado original. Ximena tardó 9 minutos en responder.
—No voy a permitir que use una copia de tu vestido en mi boda.
Al día siguiente, Ximena sacó a Renata de la cena de ensayo y de la callejoneada. No todavía de la boda, porque quería evitar un incendio familiar. Mi mamá me llamó hecha furia.
—¿Estás orgullosa? Humillaste a tu hermana.
—Ella se humilló sola.
—Siempre haces que todos la vean como menos.
Colgué, temblando. Esa noche Mateo me abrazó y me dijo que una línea no era violencia, que violencia era obligarme a vivir sin líneas.
Yo quise creer que Renata se detendría.
Pero cuando llegué a la hacienda, los murmullos se apagaron de golpe. Ximena palideció junto a su prometido. Mi mamá bajó la vista y apretó su bolsa contra el pecho.
Renata acababa de entrar con el vestido copiado.
Y traía en la mano una caja de madera con el listón azul de mi abuela.
Parte 2 Continua en la siguiente pagina