Parte 2 : “Efraín. Soy Yaretzi.” Eso decía el primer mensaje. De hacía un año. Del día que él volvió blanco de aquella….

Parte 2 :

“Efraín. Soy Yaretzi.”
Eso decía el primer mensaje. De hacía un año. Del día que él volvió blanco de aquella entrega.
“No le digas nada a mi hermana. A ella no. Te lo pido a ti porque a ella no puedo.”
Leí esas líneas de pie en la cocina, con la puerta todavía temblando de los golpes que él había dado media hora antes. Los vecinos ya se habían metido. Sus tres maletas seguían en la banqueta.
No entendí nada.
Mi hermana. La que llevaba cuatro años sin verme. La de Guadalajara. La que “le iba bien”.
Subí un poquito en el chat, con el dedo torpe. Una foto.
Yaretzi en una cama que no era la suya, con una manguerita en el brazo.
Sin pelo.
Ya no me tembló la mano por el coraje. El coraje se me había ido de golpe, como cuando te bajan el switch. Y todavía no llegaba yo a lo que él le llevaba a esa torre. Ni a lo que ella le pedía. A eso llego, aguánteme.
Me senté en el piso de la cocina con el teléfono en las dos manos, como se agarra uno de algo para no caerse.
Empecé a leer todo. Un año entero. De arriba para abajo.
Las fotos de “restaurantes” que yo había visto en mi rabia el viernes —los cortes de carne, los postres, las copas— eran tres. Las conté. Tres, en un año.
Lo demás eran hospitales.
Salas de espera con sillas anaranjadas. Recetas fotografiadas. “Ya salió de la quimio, va estable.” “Hoy no aguantó, la tuvieron que subir.” “Vomitó otra vez, no retiene nada.”
La muchacha flaca y ojerosa de la torre “con alberca” no era ninguna amante.
Era mi hermana. Muriéndose.
Y él lo sabía desde hacía un año.
Yo lo llamé mentiroso en mi cabeza cada noche durante meses. Yo le conté a mi comadre, bajito, que a mi marido lo traía loco “una jovencita que no trabaja”. Qué barbaridad, la jovencita que no trabajaba estaba en cama con suero.
“Cortes de carne finos”, pensé yo, muerta de rabia, cenando sopa aguada.
Volví a las fotos de la comida. En todas, el plato de ella estaba entero. Ni tocado. Él le compraba lo que fuera con tal de que se le antojara algo, lo que sea, y ella no podía pasar bocado.
“Mi reina, tú tranquila, que aquí no te va a faltar nada.”
Eso no se lo escribe un hombre a su amante.
Eso se lo escribe a una mujer que se está muriendo, para que no se muera con miedo.
Y todavía faltaba lo peor. No lo que ella tenía. Lo que él se había echado a la espalda por callármelo.
Me quedé mucho rato ahí sentada en el piso. No sé cuánto. Cuando reaccioné, se me habían dormido las dos piernas y afuera ya estaba oscuro.
Me acordé de aquella noche. Hacía un año. Efraín entró blanco como la cal de una “entrega larga”, se metió al baño, y yo lo oí jurar por nuestros hijos que no iba a decir nada.
Yo creí que era un problema de la camioneta.
Era ella. Era la noche en que Yaretzi lo buscó a él —a él, que la topó de casualidad saliendo del Seguro en una entrega— para decirle que le quedaba poco. Y para hacerle jurar.
A mí no me buscó.
Y yo sé por qué no me buscó.
Hace cuatro años enterramos a mi mamá. Y en el reparto de las cosas de una muerta, que nunca es de cosas, nos dijimos lo que no se dice.
Yo le grité que ella nunca estuvo. Que se largó a Guadalajara a hacer su vida mientras yo le limpiaba a mi mamá y le medía el azúcar y le aguantaba los corajes de la enfermedad.
Ella me gritó lo suyo, que también dolía, pero yo ya no oía.
Y cerré con lo último. Le dije, mirándola a los ojos: “No quiero volver a verte en mi vida.”
Se fue. Y cumplí. Cuatro años cumplí.
Y le voy a ser honesta, porque para qué le miento a estas alturas de la noche.
Hubo domingos en que sentí alivio de no tener que hablarle. Una hermana menos que cargar, pensé. Y me odié por pensarlo, pero lo pensé, y seguí con mi vida.
Nunca me pregunté si estaba bien. “Le va bien en Guadalajara”, decía la gente. Y a mí me acomodaba creerlo.
Le iba bien.
Le iba a una torre prestada del centro, sola, con una manguera en el brazo, gastándose las fuerzas que le quedaban en una sola cosa: en pedirle a mi marido, con juramento, que yo nunca me enterara.
Yo me quité la carne de mi propio plato un año entero para que a él no le faltara la lonchera. Me sentí mártir. Me sentí la mujer más sacrificada del norte.
Y ella, a diez minutos de mi casa, se quitaba las ganas de verme para que a mí no me tocara verla morir.
Cuatro años me guardé un “no quiero volver a verte”. Ella se guardó un cáncer entero para que a mí no me pesara.
Agarré las llaves de la casa. La dirección estaba en el contrato de la torre, el mismo papel que yo había roto esa tarde de rabia, tirado en el bote de la basura de la cocina. Lo saqué. Lo alisé con la mano sobre la barra.
Todavía no sabía lo que Efraín me iba a decir en esa puerta. Ni lo que mi hermana me iba a pedir con lo último de su voz.
Llegué a la Torre Altavista a las nueve y media de la noche.
No hay alberca. No hay lujo. Es un edificio normalito, viejo, a dos cuadras del hospital, con un elevador que huele a cloro. Toda mi rabia se la había inventado yo sola, imaginándomela a ella tomando el sol arriba mientras yo tallaba pisos.
Toqué. Abrió Efraín.
Traía la misma ropa de hacía dos días. Los ojos hinchados de no dormir. Olía a hospital, a ese olor que se le pega a uno en la ropa.
Nos quedamos viéndonos en el pasillo.
—Ya sé —le dije.
No pudo ni contestar. Se agarró del marco de la puerta con las dos manos, como me había agarrado yo del teléfono.
—¿Por qué no me dijiste? —le pregunté, y me salió temblando—. ¿Por qué me dejaste odiarte todo un año, Efraín?
—Ella me lo hizo jurar.
—Se estaba muriendo. Yo tenía derecho a saber.
—Me dijo que si te enterabas ibas a dejar de comer para pagarle el cuarto —dijo—. Que ibas a vender hasta las cositas de los niños. Que ibas a quitarte tú para dárselo a ella. —Tragó saliva—. Y que te ibas a morir de la culpa por lo que le dijiste aquella vez. Todos los días. Sin descanso.
Me quedé sin aire ahí parada.
—Preferí que me odiaras a mí —dijo, y por fin lo vi llorar como no lo había visto en ocho años de casados—. Cargué que tú me odiaras, para que tú no te odiaras toda la vida.

 

Parte 3 :     Continua en la siguiente pagina

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