Mi suegra desarmó el cuarto de mi hija muerta. Regina tenía tres años. Volví del panteón con las margaritas todavía en la mano y la puerta del cuarto de mi Regi estaba abierta de par en par.

Mi suegra desarmó el cuarto de mi hija muerta. Regina tenía tres años. Volví del panteón con las margaritas todavía en la mano y la puerta del cuarto de mi Regi estaba abierta de par en par, las paredes rosas tapadas con plástico, y en medio, a medio armar, una cuna que yo no compré. Para un bebé que no puede existir. Porque Rodrigo, mi esposo, no puede tener hijos. Me lo juró. Fuimos juntos a la clínica.

😢💔⚠️

Yo iba al panteón cada miércoles. Le llevaba margaritas blancas porque eran las que ella arrancaba del jardín de la vecina, orgullosa, con el puñito cerrado.

Un año durmiendo con su peluche pegado al pecho nada más para oler algo de ella. Un año.

Rodrigo decía que yo no avanzaba. “Tenemos que ver para adelante, Diana.” Y yo pensaba que “para adelante” era aprender a respirar sin ella. Nada más eso.

Regina nos costó. Años, doctores, una clínica carísima allá por el centro. Fue nuestro milagro. Cuando se enfermó y se nos fue, algo en mí se apagó y ya no lo volví a prender.

Dejé de abrir el correo. Se me juntaban los sobres en el cajón de la entrada, sin abrir, meses de sobres. Facturas, propaganda, cartas de esa misma clínica que ni volteaba a ver. ¿Para qué. Si ya no había nada que planear.

Doña Amparo, mi suegra, en cambio, andaba rara. Ocupada. Sonriente. Yo lo achaqué a que por fin me había perdonado por no darle más nietos.

Qué tonta.

Me paré en la puerta y le pregunté qué hacía.

Ni se inmutó. Me dijo que la casa necesitaba una alegría, que no podíamos tener un mausoleo para siempre.

Mausoleo. Así le dijo al cuarto de mi hija.

Le recordé, muy tranquila, que la casa está a mi nombre. La compré yo, antes de casarme. Ella lo sabe. Por primera vez la vi dudar. Pero no se fue.

—¿Desde cuándo sabes de esto? —le pregunté.

Bajó la voz. Me dijo que Mayra había ido a verla. Que estaba asustada.

Mayra. La compañera nueva de Rodrigo, la de la prepa, la que se reía fuerte en las posadas.

—¿Asustada de qué?

—De que tú te enteraras mal —contestó—. Ella nada más está ayudando.

Ayudando. Se me quedó esa palabra atorada. No dijo “embarazada de él”. Dijo “ayudando”.

Saqué el celular. Le marqué a Rodrigo con el altavoz puesto, mirándola a los ojos.

Sonó una, dos, tres veces.

—¿Bueno? —la voz de Rodrigo, agitada.

No le di tiempo.

—Estoy en la casa. Con tu mamá. Con la cuna que mandaste armar en el cuarto de Regina.

Silencio.

—Diana, esto no es para el teléfono.

—Es exactamente para el teléfono. Una pregunta. ¿Tú puedes tener hijos, sí o no?

Un respiro largo.

—No es tan fácil…

—Sí o no, Rodrigo.

—No así. No como tú crees.

“No como tú crees.” Sentí que el piso se movía. Doña Amparo se llevó la mano a la boca. Vieja, tú lo sabías todo.

—Entonces de quién es el bebé que viene a esta casa —dije.

Y él, en vez de contestar, dijo mi nombre bajito, como se le dice a alguien antes de darle una noticia que la va a partir.

—Diana… teníamos que decidir algo. Y tú no estabas. Llevabas un año sin estar.

Colgué. No pude más.

Caminé al cajón de la entrada. El de los sobres. Las manos me temblaban tanto que tiré la mitad al piso.

Todos de la clínica. Uno, dos, cinco, ocho. Todos con la palabra URGENTE.

Rompí el más viejo. De hace once meses. Justo después de que enterramos a Regina.

Y ahí, entre renglones de doctor que no entendía, había dos palabras que sí:

“Último embrión.”

Doña Amparo, atrás de mí, muy quedito, me soltó lo que llevaba un año callándose.

—Ese bebé es lo único de Regina que queda. Y tú lo ibas a dejar tirar.

Bajé la vista a la carta. Ya no traía flores en la mano. Ahora traía esto.

Ese bebé que viene al cuarto de mi Regi no es de otra mujer. Es de mi Regina. Es su hermano. El último pedacito de nosotros, congelado, a punto de que lo desecharan, mientras yo dormía abrazada a un peluche.

Ellos lo salvaron. A mis espaldas.

Pero para traer a ese niño, la clínica necesitaba una sola firma. La de la madre. La mía. Y yo nunca, jamás, firmé ese papel.

Así que bajé hasta la última línea, a ver de quién era la letra que se había hecho pasar por la mía:

La letra era la mía. Mi nombre completo, Diana Robles, clavado al pie de un permiso que yo jamás firmé.

Pero yo no hago la “D” así. Yo no le pongo ese rulo al final.

Esa “D” la conozco de toda la vida. De las tarjetas de cumpleaños. De las listas del mandado pegadas en el refri con un imán.

Era la letra de Doña Amparo.

Me di la vuelta despacio. Ella seguía ahí, en la puerta del cuarto de mi Regi, con las manos cruzadas sobre el delantal.

—Firmaste por mí —le dije. No era pregunta.

No lo negó. Ni un segundo lo negó.

—¿Con qué derecho? —Y me temblaba tanto la voz que ni yo me reconocí.

—Diana. —Dio un paso—. No hay ninguna otra mujer.

Me quedé con la carta en la mano, a media frase.

—¿Qué?

Continua en la siguiente pagina

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