Mi suegra desarmó el cuarto de mi hija muerta. Regina tenía tres años. Volví del panteón con las margaritas todavía en la mano y la puerta del cuarto de mi Regi estaba abierta de par en par.

—Que no hay amante. Que Mayra no es lo que tú crees. Nunca lo fue.

Y por cómo lo dijo —tan cansada, tan sin ganas de pelear— se me apagó el coraje de golpe. Porque hasta ese segundo yo tenía a quién odiar. Y esa vieja estaba a punto de quitármelo.

Me senté en el piso, en la alfombra nueva que todavía estaba enrollada. Ella se sentó enfrente, con trabajos, agarrándose de la cómoda de las nubes.

—Mayra no está embarazada de Rodrigo —dijo—. Mayra está prestando su cuerpo. Nada más eso. Es lo que se llama… una madre que renta la panza. Subrogada, le dicen.

—¿Rentar la panza para qué? —Ya casi no me salía la voz.

—Para el último.

—¿El último qué, Amparo?

Y ahí lo entendí antes de que lo dijera. Se me fue el aire como si me hubieran pisado el pecho.

—El último embrión —susurró—. El que quedó de cuando hicieron a Regina.

Me quedé sin palabras. Ustedes no saben lo que es eso.

Cuando yo no podía embarazarme, nos metimos a la clínica. Años. Doctores, hormonas, madrugadas. De todo eso salieron dos. Dos posibilidades congeladas en un tanque. Con una hicimos a mi Regina. La otra se quedó ahí, esperando, “para el hermanito”, decíamos, medio en broma.

Y luego mi niña se enfermó, y se me murió, y yo dejé de abrir el correo. Meses de sobres en el cajón de la entrada. URGENTE, decían todos. Yo ni los volteaba a ver. ¿Para qué. Si ya no había nada que planear.

—Esos sobres —dijo Amparo, y le tembló la barbilla— eran la clínica avisando. Que se acababa el tiempo. Que si nadie firmaba antes del 30 de marzo, lo desechaban.

Lo desechaban.

El último pedacito de Regina. El hermanito que le prometí. A punto de acabar en la basura de un laboratorio. Porque su mamá dejó de abrir las cartas.

—Yo no sabía… —Nada más eso me salió—. Yo no sabía…

—Ya sé que no sabías, hija.

Y todavía faltaba lo peor. Y lo peor ya no era de Regina.

Me levanté. Me metí al cuarto de mi niña, al de verdad, al que estaba tapado con plástico. Corrí una esquina del plástico y ahí seguía la marca en la pared. La rayita a lápiz donde le medíamos la estatura. “Regi, 2 años. Regi, 3 años.” Ya no hubo más rayitas.

Me quedé un rato nomás con la mano en esa pared.

Me acordé de una cosa que tenía años sin recordar. De cuando Regina, con su cachetota, me agarraba la panza y decía “aquí va mi hermanito, ¿verdad, mami?”. Yo le decía que sí, que algún día. Se me había borrado. La vida me lo había borrado.

Y ahora resulta que ese hermanito existía. Estaba congelado en un tanque a veinte minutos de mi casa. Y yo, encerrada en mi dolor, casi dejo que lo tiraran.

Me senté en el suelo del cuarto de mi hija y les voy a confesar algo que no le he dicho a nadie.

Yo no lloré por el embrión. Todavía no.

Lloré de vergüenza. Porque en ese año, en el fondo, yo había empezado a odiar a Rodrigo. Por seguir vivo. Por decir “hay que ver para adelante”. Por dormir mientras yo velaba un peluche. Lo odié en silencio, cada noche. Y ese odio me había tapado los ojos para todo lo demás.

Faltaba entender por qué él lo había hecho a mis espaldas. Y esa respuesta me la dio la cara de mi suegra cuando por fin me atreví a preguntar.

—¿Por qué no me lo dijo él, Amparo? ¿Por qué tú? ¿Por qué a escondidas, como criminales?

Fue cuando escuché la puerta de la calle. Los pasos en la escalera. Rodrigo.

Llegó al cuarto y se quedó parado en el marco. Flaco. No me había fijado en lo flaco que estaba. Cuando dejas de mirar a alguien porque lo odias, dejas de verlo de verdad.

—Diana —dijo—. Déjame explicarte.

—Explícame por qué no puedes tener hijos “no como yo creo” —le solté—. Explícame eso primero.

Se agarró del marco de la puerta. Y su mamá, atrás de mí, contestó por él, muy quedito, con una voz que ya no era de villana:

—Porque mi hijo se está muriendo, Diana. No quería que enterraras a dos.

El cuarto se quedó sin aire.

Rodrigo bajó la cabeza. Y ahí, de a poquito, con frases cortas, salió todo.

—Es un tumor —dijo—. En la cabeza. Me lo encontraron a los dos meses de que se nos fue Regina.

—Cállate —le dije—. Cállate, cállate.

—Las “juntas del departamento” eran el hospital, Diana. Las quimios. Por eso llegaba tarde. Por eso traía el teléfono boca abajo.

Yo que pensaba que era Mayra. Yo que pensaba que era otra.

—El tratamiento me dejó… ya no puedo tener hijos. Por eso te dije que no. No era que no quisiera. Es que ya no podía.

Me tapé la boca con la mano. No me salía nada.

—Y un día, ordenando, encontré la carta de la clínica —siguió—. La del 30 de marzo. La de que se acababa el tiempo del último.

Se le quebró la voz por primera vez.

—Diana, yo me voy a morir. Este año, el que entra, no sé. Pero me voy. Y no soportaba la idea de dejarte sola en esta casa con un peluche y dos tumbas. No lo soportaba.

—Rodrigo…

Continua en la siguiente pagina

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