Hay verdades que nos acompañan en silencio, aunque tardemos en aceptarlas. Una de ellas es que solo empezamos a vivir plenamente cuando dejamos de desear ser como otros y nos atrevemos a ser nosotros mismos. A veces, lo que creemos que nos falta está ya dentro de nosotros, pero lo hemos olvidado o dejado de ver.
El cuervo del bosque
En lo más alto de un antiguo bosque, donde los árboles se alzaban como gigantes milenarios y la luz del sol se filtraba entre las hojas como hilos dorados, vivía un cuervo. Era una ave imponente, de alas anchas, plumaje negro como la noche y una voz grave que resonaba como un eco antiguo. Nadie lo temía, pero tampoco se le acercaban. Lo observaban desde lejos, como si su presencia recordara algo triste, algo incomprendido. Y él lo sentía.
Cada mañana, el cuervo despertaba con los primeros rayos del sol. Se sacudía las gotas de rocío de sus alas y se posaba en la rama más alta del viejo roble. Desde allí observaba el mundo. Siempre fijaba su mirada en ella: la paloma blanca, delicada, con un canto suave que parecía sanar el aire. Volaba cerca del suelo, rodeada de los animales del bosque que la admiraban y celebraban. “Qué hermosa es”, decían. “Qué paz transmite”.
Desde su altura, el cuervo se encogía, no por envidia, sino por una sensación profunda de no pertenecer. Nadie lo llamaba hermoso, nadie lo esperaba, nadie lo escuchaba. Sus pensamientos se volvieron cada vez más pesados.
El deseo de ser otro
Con el tiempo, el cuervo comenzó a dudar de sí mismo. Empezó a ver su sombra no como parte natural de su ser, sino como una carga. Soñaba con tener las alas suaves de la paloma, su luz, su canto. Y entonces, tomó una decisión que marcaría su vida: intentaría parecerse a ella.
Desde ese día, dejó de lanzarse al viento con fuerza. Volaba bajo, lento, imitando los movimientos suaves de la paloma. Limpiaba sus plumas una y otra vez, buscando un brillo que su negro plumaje no podía reflejar. Intentaba cantar como ella, pero su voz grave se quebraba. Se esforzaba por sonreír con los ojos, pero dentro de sí se sentía vacío.
Y lo más doloroso fue darse cuenta de que, a pesar de todos esos esfuerzos, nadie lo notó. Nadie lo celebró. Nadie lo vio.
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