Historia: Nunca mendigues amor… Aprende del cuervo.

El encuentro inesperado

Un día, agotado y confundido, bajó al claro del bosque. Allí estaba la paloma, bebiendo agua del arroyo. El cuervo se acercó, tembloroso.

—¿Puedo hablar contigo? —preguntó con voz baja.
—Claro —respondió ella con ternura.
—He intentado ser como tú —dijo—. Volar como tú, cantar como tú… He puesto todo de mí, pero me sigo sintiendo vacío. Nadie me ve, nadie me valora. Tal vez no tengo valor.

La paloma lo miró sin juicio, con una calma profunda. Se acercó lentamente y le respondió:

—Cuervo, tú no naciste para imitar. Naciste para volar alto, para ver lo que nadie más ve desde las alturas. Tu canto no es suave, pero anuncia el cambio de estaciones. Tus plumas no son blancas, pero protegen. Tú eres necesario. El bosque necesita tu sombra tanto como necesita mi luz.

El cuervo bajó la mirada, conmovido.

—Pero nadie lo nota…
—Porque tú dejaste de notarlo primero —dijo la paloma—. Cuando te abandonaste para parecerte a mí, también abandonaste tu esencia. Y sin tu esencia no hay brillo. Sin tu verdad no hay vuelo.

El despertar

Esa noche, el cuervo volvió al roble. Pero ya no era el mismo.
Se miró en el reflejo del río y, por primera vez, no vio fealdad. Vio profundidad, historia, fuerza. Y cuando el primer rayo del amanecer tocó sus alas, las abrió y voló.

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