A LOS SEIS AÑOS LE PROMETÍ A MI MEJOR AMIGO QUE IRÍAMOS JUNTOS AL BAILE DE GRADUACIÓN. DOCE AÑOS DESPUÉS, MI MADRE ME ENCERRÓ EN MI HABITACIÓN Y REVELÓ UNA PROMESA SECRETA QUE ÉL HABÍA CUMPLIDO DURANTE SEIS AÑOS

—Por todo.

Se quedó pensando.

—¿Todo qué?

Le mostré la libreta azul.

Su expresión cambió.

—Ah.

—Mi mamá me contó lo que hiciste cuando teníamos doce años.

Ethan bajó la mirada.

—Dije que no te contara hasta hoy.

—Lo sé.

—¿Estás enojada?

Negué.

PARTE4
—No contigo.

Ethan respiró aliviado.

Después me miró seriamente.

—Maddie, tengo que decirte algo.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—¿Qué cosa?

—No hice todo eso porque me debieras algo.

Lo observé.

—Lo sé.

—Ni porque quisiera que te casaras conmigo.

Me quedé inmóvil.

Ethan sonrió.

—Tenía seis años cuando dije eso. Me gustaba mucho el pastel de bodas.

Solté una carcajada.

—¡Lo recuerdo!

Su expresión se volvió seria.

—Pero sí quería ir al baile contigo.

—¿Por qué?

Me miró directamente a los ojos.

—Porque eres mi mejor amiga. Y porque cuando los demás se reían de mí, tú te quedabas conmigo.

Sentí que las lágrimas regresaban.

—Ethan…

—Cuando tu papá se fue, pensé que tú también necesitabas que alguien se quedara.

Lo abracé nuevamente.

Durante varios segundos permanecimos en silencio.

Después Ethan se apartó y me mostró su reloj.

—Maddie, tenemos un problema.

Me limpié las lágrimas.

—¿Qué pasó?

—Vamos a llegar tarde.

Me eché a reír.

—¡Tienes razón!

Ethan me ofreció el brazo.

—¿Lista?

Lo miré.

Habían pasado doce años desde aquella promesa infantil.

Doce años de amistad.

De risas.

De lágrimas.

De momentos que ninguno de los dos olvidaría.

Tomé su brazo.

—Lista.

Bajamos las escaleras.

Mi madre estaba esperando junto a la puerta.

Tenía los ojos rojos.

Cuando me vio, comenzó a llorar nuevamente.

—Maddie, te ves preciosa.

La abracé.

—Te quiero, mamá.

—Yo también te quiero, cariño.

Después miré a Ethan.

—¿Nos tomas una fotografía?

Mi madre sonrió.

—Por supuesto.

Nos colocamos frente a la puerta.

Ethan me rodeó suavemente con un brazo.

Yo sostuve las flores.

Y cuando mi madre levantó el teléfono, Ethan dijo:

—¡Pudín de chocolate!

Solté una carcajada justo cuando tomó la fotografía.

Aquella terminó siendo mi imagen favorita de toda la graduación.

Pero la noche todavía nos tenía preparada una sorpresa.

Cuando llegamos al salón de baile, Ethan se quedó inmóvil.

Había luces doradas, mesas decoradas y música.

Observó todo con una sonrisa enorme.

—Maddie…

—¿Sí?

—Lo logramos.

Sentí que el corazón se me llenaba de alegría.

—Sí, Ethan. Lo logramos.

Bailamos durante horas.

No éramos los mejores bailarines.

De hecho, Ethan pisó mi vestido dos veces y yo casi perdí un zapato.

Pero nos reímos tanto que terminé con dolor de estómago.

Cuando comenzó una canción lenta, Ethan me ofreció la mano.

—¿Quieres bailar?

Asentí.

Nos movimos lentamente entre las demás parejas.

Entonces me preguntó:

—¿Ya no estás triste?

Pensé durante unos segundos.

—Todavía un poco.

Ethan asintió.

—Está bien.

Lo miré.

—¿No vas a decirme que deje de estarlo?

Negó.

—No funciona así.

Sonreí.

—Tienes razón.

Continuamos bailando.

Después de un momento, Ethan dijo:

—Maddie, tu papá se fue. Pero eso no significa que tú hicieras algo malo.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—Lo sé.

—Y tu mamá te quiere.

—También lo sé.

Ethan sonrió.

—Bien. Entonces podemos seguir bailando.

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