PARTE 1
—Si no te callas en este instante, te juro que mañana a primera hora firmo los papeles para internarte en la clínica de salud mental.
Las palabras de Alejandro sonaron ásperas, cargadas del agotamiento extremo de un hombre que llevaba 4 noches sin dormir. Estaba parado en el umbral de la habitación de su hijo, viendo cómo el niño de 10 años golpeaba frenéticamente el yeso de su brazo derecho contra la cabecera de caoba. El sonido sordo del impacto resonaba por los inmensos pasillos de la residencia en San Pedro Garza García como un tambor de guerra. El rostro de Diego estaba empapado en un sudor frío, sus ojos oscuros parecían a punto de salirse de sus órbitas y tenía los labios agrietados de tanto suplicar.
—¡Quítamelo, papá! ¡Por lo que más quieras, córtalo! —gritaba el niño, retorciéndose en las sábanas—. ¡Se están metiendo! ¡Me están comiendo vivo, me muerden!
Alejandro avanzó con pasos pesados. No había compasión en su mirada, solo la desesperación furiosa de un padre al límite de su cordura. Tomó al niño por los hombros y lo inmovilizó contra el colchón.
—¡Ya basta, Diego! ¡Te vas a destrozar el hueso otra vez! —le gritó, respirando agitado.
El niño no lo escuchaba. Con su mano izquierda, intentaba desesperadamente introducir un lápiz por el borde superior del yeso, rascándose con una violencia que daba escalofríos. La piel visible alrededor del vendaje estaba enrojecida, con manchas oscuras y un aspecto enfermizo, pero Alejandro se negaba a mirar de cerca. Estaba cegado por la narrativa que le habían sembrado en la cabeza.
En ese momento, Valeria apareció en la puerta. Llevaba una bata de seda impecable, su cabello castaño caía perfecto sobre sus hombros y su rostro mantenía una frialdad calculadora, casi ensayada.
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