—Te lo advertí, mi amor —murmuró Valeria, cruzándose de brazos con fingida lástima—. Esto ya no es dolor por la fractura. Es manipulación pura. Desde que nos casamos hace 6 meses, Diego ha hecho de todo para separarnos. No soporta que me prestes atención.
—¡Eres una bruja! ¡Tú sabes perfectamente lo que hiciste! —aulló Diego, señalándola con el dedo tembloroso.
Valeria suspiró y miró a su esposo con ojos de víctima.
—¿Te das cuenta, Alejandro? Ahora inventa delirios para acusarme. Es un cuadro de paranoia severa. Necesita medicación psiquiátrica urgente antes de que lastime a alguien o a sí mismo.
Alejandro se frotó el rostro, derrotado. Desde aquel incidente en el colegio donde Diego se fracturó, su hogar se había convertido en un infierno. El traumatólogo fue claro: el yeso solo causaría una incomodidad leve. Sin embargo, Diego había dejado de comer, temblaba sin control y juraba que cientos de “patitas” caminaban debajo de su piel.
Desde la oscuridad del pasillo, Doña Elvira, la nana oaxaqueña que había criado a Diego desde la muerte de su madre, observaba la escena con un nudo en la garganta. Ella sabía que algo oscuro pasaba. Al acercarse a la cama bajo la excusa de recoger una almohada caída, Elvira percibió un olor que le revolvió el estómago. No era el tufo normal de un yeso sudado. Era un aroma dulce, espeso y putrefacto.
Con disimulo, la nana bajó la mirada y vio 1 pequeña hormiga roja caminando por la sábana. El insecto no buscaba comida en el suelo; marchó directamente hacia la abertura del yeso de Diego y se escabulló en la oscuridad del vendaje.
—Patrón… —susurró Elvira, pálida como el papel—. Hay algo malo ahí adentro.
Alejandro soltó una risa seca, desquiciada.
—Seguro escondió dulces en la cama para llamar la atención. Limpia este desastre, Elvira, y no le fomentes sus locuras.
Esa misma madrugada, consumido por la desesperación y las palabras venenosas de su esposa, Alejandro tomó 1 cinturón de cuero grueso y amarró la muñeca sana de su propio hijo a la estructura de la cama para evitar que siguiera golpeándose. Valeria observaba desde la puerta, esbozando una sonrisa imperceptible. Todo parecía estar encajando en su macabro plan, y era imposible creer el nivel de horror que estaba a punto de desatarse bajo aquel yeso.
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