Cuando mi esposo levantó su copa y dijo “eres la mujer más importante de mi vida”

PARTE 1

—Una empresa de 15,000 millones no puede depender del humor de una mujer agotada —dijo doña Carmen, levantando su copa frente a todos, como si acabara de anunciar una verdad sagrada.

Mariana Vázquez sintió que la frase le cayó en el pecho más fuerte que una bofetada. Estaban en el salón privado de un restaurante de lujo en Polanco, con vista a la avenida iluminada, una mesa llena de langosta, filete en salsa de chile pasilla, risotto con huitlacoche y copas brillantes que reflejaban sonrisas demasiado cuidadas.

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La cena era para celebrar que Grupo Vázquez Desarrollos había ganado el proyecto del nuevo malecón turístico de Veracruz, una obra de 15,000 millones de pesos. Era el sueño que su padre, Héctor Vázquez, había perseguido hasta su último día. Mariana, como única hija y presidenta del consejo, había firmado la propuesta final, negociado con bancos, revisado planos hasta la madrugada y defendido cada cifra ante el comité.

Pero esa noche nadie brindaba por ella.

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Todos miraban a Alejandro Ríos, su esposo, como si él hubiera construido la empresa con sus propias manos.

Alejandro se levantó con su traje gris perfectamente planchado. Sonrió con esa calma que a Mariana le había parecido protección durante años.

—Quiero brindar por mi esposa —dijo, tomando un vaso de jugo de zanahoria con naranja y poniéndolo frente a ella—. Sin Mariana, yo no estaría donde estoy. Ella es la mujer más importante de mi vida.

Los aplausos llenaron el salón.

Mariana tomó el vaso, pero no bebió. Algo en ese aplauso no sonaba a cariño. Sonaba a clavos entrando en una tabla.

Diego, el hermano menor de Alejandro, golpeó la espalda de su hermano.

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—Hay que reconocerlo. Mariana es muy inteligente, nadie lo niega, pero las obras, los proveedores, los sindicatos, los políticos… eso requiere mano dura. Desde que Alejandro tomó más control, Grupo Vázquez por fin parece una empresa de verdad.

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Mariana dejó el vaso sobre la mesa.

—¿Entonces mi papá levantó la empresa durante 30 años con pura suerte, Diego?

El silencio fue inmediato.

Paulina, la hermana de Alejandro, bajó apenas el celular con el que grababa. Desde que Mariana la había colocado en comunicación interna, los boletines de la empresa mostraban a Alejandro con casco, en obra, señalando planos, saludando inversionistas. Mariana aparecía firmando documentos, con ojeras, de perfil, como si fuera una sombra dentro de su propia compañía.

—Ay, Mariana —dijo Paulina con una sonrisa falsa—, no te pongas difícil. Solo estoy grabando para el grupo interno. La gente debe ver quién está llevando a la empresa a una nueva etapa.

Doña Carmen acomodó su collar de perlas.

—Una mujer puede heredar una silla, pero no siempre sabe cargarla. Tú deberías agradecer que mi hijo no te dejó sola.

Mariana sintió que la sangre le subía al rostro, pero no respondió. Miró hacia la puerta lateral. Ahí estaba Esteban, primo de Alejandro y nuevo jefe de seguridad, revisando su celular sin tocar la comida. Desde su llegada, las cámaras del piso ejecutivo “fallaban” justo cuando don Ernesto Molina, el viejo socio de su padre, pedía verla. También se habían cancelado misteriosamente varias citas con Teresa Núñez, la contadora que trabajó 25 años con Héctor Vázquez y que luego fue despedida por una supuesta filtración.

Alejandro le puso un trozo de langosta en el plato.

—Come, amor. Has trabajado demasiado. Hoy disfruta. Deja que yo me encargue de todo.

Mariana miró el vaso de jugo. Todos esperaban que brindara. Paulina levantó otra vez el celular. Diego sonreía con impaciencia. Doña Carmen la observaba como quien espera que una nuera obedezca. Esteban dejó de escribir en su teléfono y fijó los ojos en la copa naranja.

Mariana acercó el vaso a sus labios.

En ese instante, un mesero joven tropezó junto a ella y le vació encima una jarra completa de agua helada. El líquido empapó su vestido verde esmeralda y la hizo levantarse de golpe.

—¡Imbécil! —gritó doña Carmen—. ¿Esto es un restaurante de lujo o una fonda de carretera?

Diego se puso de pie.

—Llamen al gerente. Acaban de arruinar una cena importante.

Paulina bajó el celular. Esteban dio 2 pasos desde la puerta lateral.

Alejandro fue el primero en levantarse, pero Mariana notó algo que le congeló la espalda. Su esposo no miraba el vestido mojado. No miraba al mesero. Miraba el vaso de jugo que seguía intacto sobre la mesa.

El joven mesero inclinó la cabeza. Su gafete decía Mateo.

—Perdón, señora. Permítame acompañarla al baño para ayudarla con la mancha. El restaurante se hará responsable.

Alejandro intentó tomarle el brazo.

—Yo te llevo.

Mariana retiró la mano.

—No. Quédate con los invitados. Vuelvo enseguida.

Siguió a Mateo por el pasillo alfombrado. Cuando estuvieron lejos del salón, el muchacho dejó de parecer torpe. Su cara estaba pálida. Sus manos temblaban.

—Señora Mariana —susurró—, no regrese a esa mesa.

Ella se detuvo.

—¿Qué dijiste?

Mateo miró hacia atrás, aterrorizado.

—Si se toma ese jugo, no va a salir caminando de aquí.

El ruido de la música se apagó en la cabeza de Mariana. En ese segundo, entendió que la mancha en su vestido no era el accidente. El accidente habría sido beber.

Y todavía no podía creer lo que estaba a punto de descubrir…

PARTE 2                            Continua en la siguiente pagina

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