PARTE 1
—¡Si llaman a una ambulancia, los echo de esta casa! ¡Mi esposa está bajo mi responsabilidad y aquí se hace lo que yo digo! —gritó mi suegro mientras mi suegra, paralizada desde hacía cuatro años, apenas podía respirar.
Nunca imaginé que escucharía semejantes palabras de un hombre que llevaba casi cuarenta años casado con la mujer que tenía enfrente.
Me llamo Lucía, tengo treinta y cuatro años y vivo en Guadalajara con mi esposo, Daniel, y sus padres. Mi suegra, Elena, tenía sesenta y dos años cuando comenzó esta pesadilla.
Cuatro años antes había sufrido un derrame cerebral que la dejó sin poder caminar y con enormes dificultades para hablar. Desde entonces, yo me encargaba de bañarla, cambiarla, darle sus medicamentos y ayudarla a comer.
No voy a mentir: había días en que terminaba agotada. Pero Elena siempre encontraba la manera de agradecerme. A veces bastaba con apretarme suavemente la mano.
Aquella tarde regresé del mercado de Santa Tere con unas bolsas de verduras. Entré a su habitación para saludarla y me quedé helada.
Su vientre estaba tan hinchado que parecía el de una mujer con ocho meses de embarazo.
—¡Daniel, ven inmediatamente!
Mi esposo llegó corriendo. Cuando levantó la cobija, retrocedió horrorizado.
—¿Qué le pasó a mi mamá?
Le toqué suavemente el abdomen. Estaba tenso, demasiado grande. Elena respiraba con dificultad y tenía los ojos llenos de lágrimas.
Lo más extraño era que yo había notado cierta inflamación durante las últimas semanas, pero Arturo, mi suegro, insistía en que era algo normal de su edad.
—Necesitamos llevarla al hospital —dije.
Arturo apareció en la puerta.
—Es retención de líquidos. Ya le estoy dando un remedio natural. No gasten dinero en tonterías.
—¿Qué remedio? —pregunté.
—Uno que me recomendó una persona de confianza. Tú ocúpate de cocinar.
Miré el buró. Había un plato de avena y varios sobres blancos sin etiquetas.
Entonces recordé algo que me inquietaba desde hacía días: Arturo había comenzado a preparar personalmente la comida de Elena, algo que nunca hacía.
También había empezado a cerrar su habitación con llave y a salir por las noches para recibir llamadas misteriosas.
Una vez lo escuché decir por teléfono:
—Ten paciencia, Carolina. Ya casi termina todo y podremos estar tranquilos.
Cuando le pregunté quién era Carolina, golpeó la mesa y me ordenó que dejara de meterme en sus asuntos.
Esa tarde, mientras Daniel intentaba tranquilizar a su madre, Elena me agarró la muñeca con una fuerza inesperada.
Quiso decirme algo.
Sus labios temblaron.
—No… no…
Miró hacia la puerta, donde estaba Arturo.
Sentí un escalofrío.
Daniel también lo vio.
Cuando conseguimos quedarnos solos, le susurré:
—Tu mamá tiene miedo de tu papá.
Mi esposo negó con la cabeza.
—Es imposible, Lucía. Mi papá podrá ser difícil, pero jamás le haría daño.
—Entonces, ¿por qué no quiere que un médico la revise?
Daniel permaneció callado.
Le dije que llamaría al servicio de emergencias. Mientras buscaba mi teléfono, Arturo se encerró en su habitación. Daniel aprovechó para revisar una pequeña cámara que había instalado discretamente tres días antes, después de notar que su madre lloraba cada vez que su padre le llevaba comida.
Yo no sabía que la había colocado.
Daniel abrió las grabaciones en su celular.
En la pantalla apareció Arturo entrando de madrugada con un recipiente de avena. Sacó un sobre blanco, vació su contenido y comenzó a mezclarlo cuidadosamente.
Después se inclinó hacia Elena.
Ella intentó apartar la cabeza.
Entonces escuchamos la voz de Arturo, perfectamente clara:
—Cómetelo de una vez. Mientras sigas viva, nunca voy a poder empezar mi nueva vida.
Daniel dejó de respirar por un instante.
Pero lo que hizo su padre inmediatamente después fue todavía peor.
Y cuando vimos el resto de aquella grabación, comprendimos que mi suegra no estaba simplemente enferma: alguien llevaba tiempo intentando destruirla.
PARTE 2
En la grabación, Arturo sujetaba a Elena por la mandíbula y le metía cucharadas de avena en la boca mientras ella intentaba apartarse.
Mi suegra tosía, lloraba y trataba de escupir aquello, pero él no se detenía.
Cuando terminó, levantó la cobija, presionó suavemente su vientre inflamado y sonrió.
No era una sonrisa de preocupación.
Parecía satisfecho.
—Mi papá está matando a mi mamá —murmuró Daniel, con la voz destrozada.
No perdimos más tiempo. Llamé al 911 y expliqué que Elena tenía dificultades para respirar y que sospechábamos que alguien le administraba sustancias desconocidas.
Arturo apareció cuando escuchó la llamada.
—¡Están inventando enfermedades para quitarme el dinero!
Daniel se interpuso entre él y la cama.
—Papá, apártate. Mi mamá se va al hospital.
Fue la primera vez que lo vi enfrentarse a su padre.
La ambulancia llegó mientras Arturo seguía amenazándonos. Los paramédicos comprobaron que Elena necesitaba atención inmediata y se la llevaron.
En urgencias del hospital, los médicos le hicieron análisis de sangre y un ultrasonido abdominal.
Dos horas después, una doctora nos llamó.
—Su madre presenta una acumulación importante de líquido en el abdomen, además de alteraciones graves en el funcionamiento del hígado y los riñones.
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Puede recuperarse?
—Vamos a hacer todo lo posible. Pero necesito saber qué medicamentos ha recibido durante los últimos meses.
Le mostramos los sobres que habíamos fotografiado y el video de la cámara.
La doctora cambió de expresión.
—¿Ustedes saben si alguien le ha aplicado inyecciones en su domicilio?
—No —respondí.
Nos enseñó una pequeña marca reciente en el brazo de Elena.
Daniel empezó a llorar.
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