Su madre llevaba cuatro años sin poder levantarse ni defenderse. ¿Cuántas veces habían aprovechado su inmovilidad para hacerle daño?
Mientras el personal médico la estabilizaba, recibimos un mensaje de un número desconocido.
«Si quieren que Elena salga viva del hospital, dejen de investigar a Arturo y no busquen a Carolina».
Daniel me miró horrorizado.
—¿Quién es Carolina?
Le conté todo lo que había escuchado durante aquellas llamadas nocturnas.
También recordé unos documentos que Arturo había escondido semanas atrás. Uno mencionaba la escritura de la casa, que pertenecía a Elena porque la había heredado de sus padres.
Otro tenía el nombre de una aseguradora.
—Tu papá está intentando quedarse con algo —le dije—. Y esa mujer podría estar ayudándolo.
En ese momento apareció Arturo en el pasillo.
No preguntó por la salud de su esposa.
Traía una carpeta y exigió que Daniel firmara una autorización que le permitiría tomar todas las decisiones médicas en nombre de Elena.
—Soy su esposo. Nadie tiene derecho a desobedecerme.
Daniel leyó el documento y lo dejó sobre una silla.
—No voy a firmar nada sin hablar con los médicos.
Arturo se acercó amenazadoramente.
—Esa mujer te está poniendo en mi contra. Cuando tu madre muera, no vengas a reclamarme nada.
El silencio fue terrible.
Acababa de hablar de la muerte de su esposa como si fuera un trámite inevitable.
Entonces mi celular vibró.
Era una llamada de nuestra vecina, doña Ofelia.
—Lucía, tienes que saber algo. Acabo de ver a Arturo hablando con una mujer afuera del hospital. Le entregó una bolsa pequeña y ella se puso una bata blanca antes de entrar.
Sentí que la sangre se me congelaba.
Corrí al módulo de enfermería y expliqué lo sucedido.
La encargada revisó los registros de visitas. Su expresión cambió inmediatamente.
—Hace unos minutos una mujer llamada Carolina solicitó entrar a ver a Elena. Dijo que venía a administrarle un tratamiento autorizado por la familia.
—¡No permitan que se acerque! —grité.
La enfermera levantó el teléfono para avisar a seguridad.
Pero antes de que terminara de hablar, otra empleada apareció corriendo por el pasillo.
—¡Doctora, hay una mujer dentro del área restringida! ¡Dice que debe aplicar una inyección antes de que sea demasiado tarde!
Daniel salió disparado hacia la habitación de su madre.
Y yo corrí detrás de él, aterrorizada por lo que estábamos a punto de descubrir.
PARTE 3
Cuando llegamos al área de cuidados intensivos, encontramos a dos enfermeras intentando impedir que una mujer entrara en la habitación de Elena.
Tenía unos cuarenta años, el cabello teñido de rubio y una bata blanca sobre su ropa. En una mano sostenía una bolsa de plástico; con la otra intentaba apartar a una de las enfermeras.
—¡Me están haciendo perder el tiempo! —gritaba—. ¡El esposo de la paciente me autorizó a traerle su medicamento!
—Aquí nadie puede administrar sustancias sin una orden médica —respondió la enfermera.
Daniel se quedó paralizado.
Yo miré a aquella desconocida y pregunté:
—¿Usted es Carolina?
La mujer giró la cabeza inmediatamente.
Su expresión cambió.
—¿Y tú quién eres?
—La nuera de la mujer a la que quiere acercarse con esa bolsa.
Carolina retrocedió un paso.
En ese instante apareció Arturo detrás de nosotros.
—¡Déjenla pasar! ¡Yo le pedí que viniera!
Daniel se volvió hacia su padre.
—¿Tú la mandaste?
Arturo abrió la boca, pero no respondió.
La encargada de enfermería ya había llamado a seguridad. Dos guardias llegaron y pidieron a Carolina que permaneciera allí mientras aclaraban su identidad.
Ella intentó guardar rápidamente algo dentro de su bolsa.
Yo alcancé a distinguir una jeringa.
—¡No dejen que se lleve eso! —exclamé.
Carolina me lanzó una mirada llena de odio.
—¡Maldita metiche! ¡Por tu culpa se está arruinando todo!
Aquellas palabras fueron suficientes para que Daniel comprendiera que no estábamos ante una simple confusión.
Su padre no había traído a una enfermera para ayudar a Elena.
Había llevado a una mujer que ni siquiera tenía autorización para atenderla.
Y ambos parecían desesperados por acercarse a ella.
Los guardias mantuvieron a Carolina lejos de la habitación y avisaron a la policía. Cuando llegaron los agentes, explicamos lo que habíamos visto y entregamos la grabación de la cámara.
Uno de ellos solicitó que se conservaran las imágenes de seguridad del hospital.
También pidió que nadie manipulara los objetos que Carolina había llevado hasta que pudieran revisarlos conforme al procedimiento correspondiente.
Arturo comenzó a gritar.
—¡Soy el esposo! ¡Esa mujer es mi esposa! ¡Ustedes no pueden tratarme como un criminal!
Daniel lo miró con los ojos enrojecidos.
—Entonces explícame por qué le echabas un polvo desconocido a su comida mientras le decías que necesitabas que muriera.
Mi suegro se quedó inmóvil.
No sabía que habíamos escuchado sus palabras.
—¿De qué estás hablando?
Daniel levantó el celular.
Reprodujo unos segundos del video.
La voz de Arturo resonó en el pasillo:
—Mientras sigas viva, nunca voy a poder empezar mi nueva vida.
Carolina bajó la mirada.
Arturo intentó arrebatarle el teléfono a su hijo, pero uno de los guardias se interpuso.
Por primera vez desde que lo conocía, aquel hombre autoritario parecía no saber qué decir.
—Es una grabación sacada de contexto —murmuró.
—¿También está sacado de contexto que mamá llore mientras tú la obligas a comer? —preguntó Daniel.
Arturo no contestó.
Los agentes nos separaron para tomar nuestras declaraciones. Mientras tanto, los médicos continuaron tratando de estabilizar a Elena y prohibieron que recibiera alimentos o medicamentos traídos por visitantes.
Esa misma noche presentamos formalmente una denuncia ante el Ministerio Público.
Entregamos el video original, las fotografías de los sobres y los mensajes amenazantes. También explicamos nuestras sospechas sobre las inyecciones y los documentos que Arturo había intentado hacernos firmar.
La doctora proporcionó la información clínica que podía compartir con las autoridades. Los análisis confirmaban un daño importante en varios órganos, aunque todavía se necesitaban estudios toxicológicos para determinar qué sustancias habían contribuido a provocarlo.
Uno de los investigadores me hizo una pregunta inesperada.
—Señora Lucía, ¿sabe si su suegro tiene problemas económicos?
Recordé sus llamadas secretas, los papeles escondidos y su insistencia en no gastar dinero en médicos.
—No estoy segura, pero creo que está intentando disponer de la casa de mi suegra.
El investigador anotó algo.
—Entonces necesitamos revisar también esa parte.
Durante los días siguientes comenzaron a aparecer las primeras piezas del rompecabezas.
La casa donde vivíamos había pertenecido a los padres de Elena. Ella la recibió como herencia muchos años antes de enfermarse.
Arturo jamás había sido su propietario.
Sin embargo, necesitaba dinero urgentemente.
Había acumulado deudas por apuestas clandestinas y préstamos con intereses abusivos. Algunos acreedores llevaban meses presionándolo.
La investigación bancaria reveló transferencias frecuentes a una cuenta relacionada con Carolina.
Ella no era una antigua amiga de la familia.
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