PARTE 1
—En esta casa hay una regla: el pasillo del fondo no se abre, aunque escuches ruidos.
Eso fue lo primero que Teresa López le dijo a Mariana Salgado la tarde en que llegó con dos maletas para empezar su vida de recién casada en Tonalá, Jalisco.
Mariana tenía veintisiete años, trabajaba como auxiliar contable y llevaba apenas tres días casada con Daniel, un chofer de tráiler que pasaba media vida entre carreteras. Había imaginado aquel cambio de casa como el inicio de algo sencillo: desayunos juntos, plantas en el patio, domingos con café de olla. Pero desde que cruzó el portón de la vieja vivienda de su suegra sintió que había entrado a un lugar donde todos conocían una historia menos ella.
La casa era grande, de una sola planta, con azulejos antiguos, un patio lleno de macetas y un corredor oscuro que terminaba en una puerta blanca asegurada con candado.
—Ahí guardo cosas de la familia —añadió Teresa—. No tienes ninguna razón para meterte.
Daniel apenas levantó la vista.
—Mi mamá siempre ha sido muy cuidadosa con sus cosas.
Mariana sonrió, aunque la explicación no le gustó.
Mientras Daniel metía las cajas, una anciana del predio vecino la llamó desde la reja.
—Muchacha… ¿tú eres la esposa de Daniel?
—Sí.
La mujer, que se presentó como Guadalupe, miró hacia la ventana de Teresa antes de acercarse.
—Esta noche, cuando todos estén dormidos, prende y apaga la luz de tu cuarto tres veces. Luego espera.
—¿Para qué?
Doña Lupita no respondió. Solo repitió:
—Tres veces. Si alguien contesta, no te asustes.
Mariana pensó que era una broma de vecina. Sin embargo, cerca de la medianoche, con Daniel profundamente dormido, recordó aquellas palabras.
Encendió y apagó la lámpara tres veces.
Nada.
Cinco segundos.
Diez.
Entonces llegaron tres golpes secos desde la pared que separaba su habitación del ala cerrada.
Uno.
Pausa.
Dos.
Pausa.
Tres.
Mariana se incorporó de golpe.
Daniel ni siquiera se movió.
Ella acercó el oído a la pared. Del otro lado se oyó un roce débil, después un sonido parecido a una respiración. Finalmente, desde la rejilla de ventilación, surgió una voz femenina, ronca y apenas audible.
—¿Tú eres la nueva?
Mariana sintió que se le helaban las manos.
—¿Quién está ahí? —susurró.
No hubo respuesta.
A la mañana siguiente preguntó por el corredor.
Teresa dejó su taza sobre la mesa con demasiada calma.
—Tuberías viejas. Esta casa hace ruidos.
—Pero escuché una voz.
Por primera vez, su suegra la miró directamente.
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