Santiago Herrera arrojó la pluma sobre la mesa.
El cuerpo de la pluma golpeó la superficie de madera rojiza en el despacho del abogado, en Ciudad de México, produciendo un sonido seco y claro.
En su muñeca, la carátula de su Patek Philippe reflejaba la luz blanca y fría del techo.
Miré de reojo el reloj.
Tres de la tarde.
A las cuatro tenía un vuelo a Guadalajara para encontrarse con Valeria Fuentes, el primer amor al que jamás había olvidado.
Mi mirada volvió al acuerdo de divorcio frente a mí.
División de bienes: el departamento en Santa Fe sería para mí, junto con un auto y 5 millones de pesos mexicanos en efectivo.
Leí cada palabra.
Muy despacio.
Los dedos de Santiago golpeaban la mesa con impaciencia.
Tac.
Tac.
Tac.
Como un tambor anunciando una sentencia.
—Mariana, ¿para qué sigues revisando todo eso? —su voz no tenía la menor calidez—. Mis abogados lo redactaron. No van a dejar que salgas perdiendo.
El teléfono que estaba junto a él vibró.
La pantalla se iluminó.
La llamada entrante decía: Valeria.
Él tomó el teléfono y caminó hacia la ventana para contestar.
Bajó la voz a propósito, pero la alegría en su tono era imposible de ocultar.
—Ya casi termino.
—Sí, en cuanto firme voy directo al aeropuerto.
—El boleto ya está comprado, no te preocupes.
—Sé buena. Espérame.
Colgó la llamada, se volvió hacia mí y frunció el ceño al ver que todavía no había firmado.
—¿Hasta cuándo piensas seguir alargando esto?
Pasé hasta la última página.
La sección de custodia.
Ahí estaba escrito claramente: durante el matrimonio no hubo hijos en común.
Mi mano se posó instintivamente sobre mi vientre bajo.
Aún estaba plano.
Nadie podía notar nada.
Pero el médico del Hospital Ángeles del Pedregal me había dicho que el bebé ya tenía tres meses.
Era una pequeña vida.
Una vida cuyo padre biológico no sabía absolutamente nada de su existencia.
Levanté la mirada hacia Santiago Herrera.
Su rostro seguía siendo tan atractivo como el primer día en que lo conocí.
Rasgos definidos, nariz alta, mirada fría.
Pero en ese momento, en aquella cara solo quedaban el fastidio y la impaciencia.
Como si yo fuera una mota de polvo pegada accidentalmente a su costoso traje.
—Santiago —dije con una voz muy tranquila—, estuvimos casados cinco años.
Él soltó una risa.
Como si acabara de escuchar una broma absurda.
—¿Y qué? ¿Quieres más dinero?
Sacó una tarjeta negra de su cartera y la arrojó sobre el acuerdo.
—La contraseña es tu fecha de nacimiento. Todo el dinero que hay ahí es para ti. ¿Ya es suficiente?
Aparté la mirada de la tarjeta y volví a mirar su rostro.
Le pregunté:
—¿Alguna vez me amaste?
La impaciencia en su rostro llegó de inmediato al límite.
Como si yo acabara de tocar un tema prohibido.
—Mariana, no hagas preguntas tan infantiles. Los dos somos adultos.
—Somos esposo y esposa —dije.
—Lo fuimos.
Él corrigió mis palabras con una voz helada.
—Pronto dejaremos de serlo.
Tomó el acuerdo y la pluma frente a mí, pasó directamente a la última página y señaló el espacio de la firma.
—Firma. Terminemos esto de una vez. Tú tomas el dinero, vives tu vida tranquila y dejas de aferrarte.
Aferrarme.
Él dijo que yo me estaba aferrando.
De pronto, solté una risa.
Después tomé la pluma.
La punta se deslizó sobre el papel.
Mariana Ríos.
Escribí esas dos palabras muy despacio.
Con mucha fuerza.
Tanta fuerza que casi rasgué la hoja.
Cuando terminé, empujé el acuerdo hacia él.
—Listo.
Santiago miró la firma.
Su expresión se relajó, como si acabara de quitarse un enorme peso de encima.
Tomó su copia del acuerdo, se dio la vuelta y se marchó sin mostrar ni un mínimo rastro de nostalgia.
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