La mañana siguiente, Santiago pidió una auditoría de las cuentas médicas. Jimena respondió con explicaciones para cada anomalía: cambios de proveedor, entregas acumuladas, errores de inventario. Admitió que su hermano Rodrigo manejaba las compras, pero negó haber perjudicado a Aurelia.
Santiago quería creerle. Jimena había estado a su lado durante una sequía y había organizado médicos y enfermeras mientras él pasaba 12 horas diarias levantando la nueva tostadora. Pero la auditoría encontró transferencias de la cuenta familiar hacia una empresa de Rodrigo y después hacia una consultora creada 3 meses antes a nombre de Jimena.
Cuando Santiago puso los comprobantes sobre la mesa, ella estalló.
—Tú me entregaste a tu madre como si fuera otra factura vencida. Yo resolvía médicos, proveedores y deudas mientras tú preguntabas si todo estaba bien y aceptabas cualquier respuesta que te permitiera volver al trabajo.
Santiago calló porque una parte era cierta.
—¿Y el sedante?
Jimena aseguró que Rodrigo le había dicho que era el mismo medicamento, solo más barato. Reconoció que quería que Aurelia durmiera mejor durante las reuniones sobre el poder notarial.
—No quisiste saber —dijo Aurelia desde la puerta—. Y eso también es una decisión.
2 días después, Rodrigo apareció por la entrada de servicio y encontró a Marta sola. Puso un maletín sobre la mesa. Sabía de sus deudas con la farmacia y con un vecino.
—Puedo pagarte todo hoy. Solo di que contaste mal las cajas.
Marta cerró el maletín.
—Salga de mi cocina.
Rodrigo sonrió.
—La anciana se iba a apagar de todos modos.
Marta llevaba el celular grabando dentro del mandil. Cuando él intentó quitárselo, Eulalia y 2 trabajadores entraron atraídos por el ruido. Rodrigo huyó, pero dejó grabada su propia voz.
La investigación hizo tambalear a Los Encinos. El banco congeló el último desembolso para la tostadora y 40 empleos prometidos quedaron en riesgo. Jimena ofreció devolver el dinero si Santiago evitaba denunciar a Rodrigo y aceptaba hipotecar la casa antigua.
Aurelia pidió escuchar la propuesta durante la comida.
Al día siguiente se puso un vestido café que ahora le quedaba demasiado grande. Marta sirvió arroz rojo, pollo guisado, nopales y caldo en el plato azul.
Aurelia miró a Jimena.
—Yo fui injusta contigo cuando llegaste. Te hice demostrar cada día que merecías estar aquí. Pero mi injusticia no vuelve correcta la tuya. Usaste mi debilidad para pasar por encima de mi voluntad. Dijiste que yo comía cuando no comía y querías mi firma mientras apenas podía mantenerme despierta.
Jimena admitió haber presionado a la enfermera para alterar reportes y haber apartado dinero porque pensaba divorciarse. También reconoció que sabía que el sedante haría dormir más a Aurelia, aunque insistió en que nunca quiso dañarla.
No hubo reconciliación.
Aurelia anunció que no hipotecaría la casa.
Santiago palideció. Sin esa garantía, la tostadora podía morir.
Entonces Aurelia recordó un terreno junto al antiguo beneficio de café que su esposo había comprado décadas atrás. La escritura estaba dentro de una caja de recetas en la despensa. También existía una franja de acceso que nadie había incluido en la valuación. Con esos documentos, el terreno alcanzaba casi el valor exigido por el banco.
Faltaba demostrar que la futura planta tendría compradores.
Marta propuso invitar a productores, cafeterías, distribuidores y representantes del banco a una comida, enseñar las cuentas corregidas y recorrer la planta.
—La comida no los convencerá —dijo el gerente financiero.
—No —respondió Aurelia—. Pero hará que se sienten el tiempo suficiente para escuchar la verdad.
Durante 10 días, la cocina volvió a oler a café tostado, tortillas y guisos. Marta contrató cocineras del pueblo y exigió recibos claros para cada compra. Todo debía poder comprobarse.
En medio de los preparativos, alguien robó el plato azul y varias copias de documentos. Después Santiago recibió una fotografía del plato con un mensaje: “Firma la garantía y esto termina”.
Aurelia pidió una cazuela de barro.
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