PARTE 1
Eduardo Salazar regresó a su residencia de Lomas de Chapultepec 3 semanas antes de lo previsto. Tras cerrar un negocio en Singapur, pidió al chofer que no avisara a nadie. Quería sorprender a Mateo y Daniel, sus gemelos de 18 años, aunque no sabía si ellos se alegrarían de verlo.
Desde el accidente ocurrido 14 meses atrás, ambos usaban sillas de ruedas. Eduardo les había regalado el automóvil en el que se accidentaron y, consumido por la culpa, convirtió el trabajo en escondite. Pagó médicos, terapeutas y aparatos carísimos, pero dejó de sentarse a hablar con sus hijos.
Antes de abrir la puerta escuchó a su hermana Valeria discutiendo con Carmen, el ama de llaves.
—Despide hoy mismo a esa muchacha —ordenó Valeria—. Se está metiendo demasiado con los jóvenes y mi hermano ni cuenta se da.
Eduardo entró sin hacer ruido. En el salón encontró a una joven de uniforme azul arrodillada sobre la alfombra. Lucía Méndez, la nueva empleada de limpieza, fingía ser la meta de una carrera mientras Mateo y Daniel avanzaban riendo a carcajadas en sus sillas.
Eduardo se quedó helado. No escuchaba esas risas desde antes del accidente.
—¡Hiciste trampa, Daniel! —gritó Mateo.
—Las reglas son las reglas —respondió Lucía—. El ganador puede presumir, pero los 2 harán 10 minutos de ejercicios.
Los gemelos protestaron como niños, aunque terminaron obedeciendo. Lucía tomó con cuidado la pierna de Daniel y celebró un pequeño movimiento que cualquiera habría ignorado.
—Hoy llegaste más lejos que ayer.
—¿Neta crees que algún día caminaré? —preguntó él.
—Tu tarea no es caminar mañana. Tu tarea es no rendirte hoy.
Eduardo sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho. Había gastado una fortuna intentando devolverles la esperanza, y una trabajadora con guantes amarillos lo había conseguido tratándolos como personas, no como pacientes.
Valeria descubrió a su hermano en la entrada y se acercó de inmediato.
—Qué bueno que llegaste. Tenemos que hablar de esa mujer. No sabes quién es ni lo que busca.
Lucía se levantó nerviosa. Los muchachos, en cambio, miraron a su padre con una emoción tímida.
—Papá… volviste —dijo Mateo, sin el rencor de otros días.
Eduardo apartó la mano de Valeria y observó a sus hijos, a la empleada y la luz que había regresado a aquella casa.
—No despedirás a nadie —sentenció—. Primero voy a descubrir qué está pasando aquí.
Valeria sonrió con aparente calma, pero apretó el bolso contra su cuerpo. Dentro llevaba una copia de la llave del estudio y una decisión que podía destruirlos a todos.
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