—Era pasante cuando intenté denunciar. Fue la única que me creyó. Años después me dio su tarjeta y me dijo: “Si algún día encuentra una pieza más, llámeme”. Hoy la encontramos.
La cerradura se movió.
Marina tomó una sartén de hierro. Alejandro agarró una silla, torpe, desesperado. Pero antes de que la puerta cediera, sirenas sonaron en la calle.
Los golpes se detuvieron.
Pasos apresurados bajaron por la escalera.
Marina se asomó por la ventana. Dos patrullas se habían detenido frente al edificio. Una mujer de abrigo oscuro bajó del primer auto, hablando por teléfono.
—Es ella —dijo Marina—. La fiscal.
Alejandro cerró los ojos un instante. No estaba salvado todavía, pero por primera vez desde aquella tarde, no estaba solo.
Las siguientes horas fueron una tormenta. Declaraciones, documentos, llamadas urgentes, órdenes judiciales. La fiscal Romero actuó rápido. Con los papeles de Marina y los registros de Alejandro, lograron congelar las transferencias antes de que desaparecieran en cuentas imposibles de rastrear. También frenaron la venta fraudulenta de la división farmacéutica.
Al amanecer, Esteban y Horacio Beltrán fueron detenidos en el aeropuerto privado. Llevaban pasaportes falsos, relojes de lujo y una maleta con discos duros. Esteban gritó que todo era un malentendido. Horacio no dijo nada. Solo giraba nerviosamente un anillo en su dedo.
Marina lo vio desde lejos, escoltado por agentes.
El hombre estaba más viejo, más gordo, más canoso. Pero era él.
El mismo que había llegado a su imprenta con sonrisa amable y manos limpias para ensuciarles la vida.
Por un momento, Marina pensó que sentiría odio. Pero lo que sintió fue algo distinto: un cansancio profundo abandonándole el cuerpo, como si por fin pudiera soltar una piedra que había cargado durante años.
Alejandro se acercó a ella en el pasillo de la fiscalía. Ya no parecía el magnate de las revistas. Parecía un hombre que había perdido una venda de los ojos.
—Usted me salvó la vida —dijo.
Marina negó suavemente.
—No. Solo hice lo que alguien debió hacer por mí hace mucho tiempo.
Él bajó la mirada.
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