Los Encinos parecía un reino levantado entre cerros secos y mezquites, pero la bienvenida fue más fría que una noche en la sierra. Don Severiano Ibarra, padre de Mateo, la miró de arriba abajo y soltó una risa amarga. —¿Esta es la mujer por la que rechazaste una alianza con los Mendoza? —dijo—. Parece peona, no esposa. Mateo no bajó la cabeza. —Es mi esposa. —Dormirá en los cuartos de los trabajadores hasta que recuperes el juicio. Soledad no lloró. Al día siguiente se casó con Mateo ante el cura del pueblo, con Doña Meche, la cocinera, y Julián, el hermano menor de Mateo, como testigos. No hubo flores ni música; solo un anillo sencillo y un beso en la frente. Después vino el trabajo. Hilario, el capataz, le enseñó corrales, bebederos, partos, toros bravos y cercas que podían romperse con un mal golpe. Los peones la observaban esperando que renunciara. Don Severiano la llamaba “la muchacha” aunque ya llevara el apellido Ibarra. Una mañana, una vaca primeriza tuvo un parto atravesado. Mateo pidió ayuda, y Soledad, con los brazos hundidos hasta los codos, logró acomodar al becerro mientras la madre mugía de dolor. Cuando el animal respiró, hasta Hilario murmuró: —La patrona tiene más temple del que parece. Esa misma tarde llegaron Don Ernesto y Renata, fingiendo preocupación. —Vuelve a casa —pidió su padre—. Tu madre está enferma y el rancho se cae sin ti. Soledad, todavía con olor a establo, entendió la verdad. —No me extrañan. Extrañan lo que hacía gratis. Don Ernesto levantó la mano, pero Mateo se interpuso. —En mi casa no se golpea a mi esposa. Renata lloró, pero no supo decir una sola cosa de Soledad que no fuera útil para alguien. Se marcharon derrotados. Don Severiano vio todo desde la escalera, calculando otra forma de humillarla. Organizó una cena con inversionistas de Monterrey para la expansión del rancho, convencido de que Soledad haría el ridículo. Pero ella escuchó los números, habló de rotación de trabajadores, pago justo, participación en ganancias y cuidado del agua. Los inversionistas quedaron impresionados. Uno de ellos, Don Julián Limón, dijo que pondría dinero solo si Mateo tomaba más control y Soledad participaba en los planes. Don Severiano explotó. —¡Te invité para que fallaras! —rugió en su oficina—. ¡No para que me quitaras autoridad! Antes de que Mateo respondiera, unos disparos retumbaron al amanecer siguiente. Robaban 40 reses del potrero norte. Todos corrieron a ensillar. Mateo ordenó perseguirlos, pero Soledad vio la trampa. —Quieren que todos salgan —advirtió—. El verdadero golpe será al hato principal. Hilario la respaldó. Don Severiano sonrió con veneno. —Déjenla ir. Que demuestre de qué está hecha. Soledad montó a Canela y salió con 3 hombres hacia la cañada, sin saber que los ladrones no eran lo peor que aguardaba entre las piedras.
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