PARTE 1
—Si nadie se hace cargo de esas niñas, el lunes las llevo al DIF. Yo ya no voy a sacrificar mi vida por una muerta.
Eso dijo mi yerno frente al ataúd de mi hija.
No lo dijo en privado, ni con vergüenza, ni con la voz rota por el duelo. Lo soltó en medio del panteón de Puebla, mientras todavía había tierra fresca sobre la tumba y las coronas de flores seguían oliendo a lirio barato. Mi hija Rosa acababa de ser enterrada a los 35 años, y Arturo, su esposo, ya hablaba de deshacerse de sus hijas como si fueran muebles viejos.
Yo sentí que el pecho se me partía.
A mi lado estaban mis 3 nietas. Lucía, de 12 años, sostenía la foto de su mamá con las dos manos. Renata, de 9, tenía la mirada perdida. Abril, de 6, se escondía detrás de mi saco negro, con los labios temblando.
Arturo estaba impecable. Traje gris, zapatos brillantes, reloj caro. Ni una arruga, ni una lágrima. Sacó su celular, leyó un mensaje y sonrió apenas, como si alguien del otro lado lo estuviera esperando con champaña.
—¿Qué acabas de decir? —le pregunté.
Él me miró con cansancio, como si yo fuera el problema.
—Don Julián, no haga esto más difícil. Rosa se fue. Yo tengo derecho a empezar de nuevo.
—¿Y tus hijas?
Arturo señaló a las niñas con desprecio.
—Mi nueva pareja no tiene por qué cargar con 3 niñas que ni siquiera me obedecen. Usted es su abuelo. Si tanto las quiere, lléveselas.
Varias personas bajaron la cabeza. Mi comadre se llevó la mano a la boca. El sacerdote fingió acomodarse la estola para no mirarnos.
Yo quise partirle la cara ahí mismo. Pero Abril me apretó la mano, y eso me detuvo.
Lucía no lloró. Eso fue lo que más me asustó. Miró a su papá con una calma demasiado adulta. Luego miró a Renata. Después a Abril. Las 3 se entendieron sin decir nada.
Entonces comprendí que ellas ya sabían algo.
Algo que yo no.
—Desde hoy se vienen conmigo —dije.
Arturo soltó una risa seca.
—Perfecto. Me quita un peso de encima.
No abrazó a sus hijas. No les besó la frente. Ni siquiera preguntó si necesitaban ropa. Se dio media vuelta y se fue hacia una camioneta blanca estacionada afuera del panteón. Dentro, una mujer joven con lentes oscuros lo esperaba.
Esa noche llevé a mis nietas a mi casa. Les hice caldo, les calenté tortillas y les preparé la recámara donde antes dormía Rosa cuando era niña. Renata se quedó dormida con una blusa de su mamá. Abril no soltó mi mano. Lucía se quedó sentada junto a la ventana, sin parpadear.
A las 3 de la mañana entró a la cocina.
—Abuelito —dijo—, mi mamá no murió solo porque estaba enferma.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Qué dices, hija?
Lucía puso sobre la mesa una bolsita de tela morada.
Adentro había un celular viejo, una libreta y una memoria USB.
—Mi mamá nos dijo que si algo le pasaba, se lo diéramos a alguien que todavía la quisiera.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
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