Abrí la libreta con las manos temblando.
La letra de Rosa estaba ahí, pequeña, ordenada, como siempre. Al principio había cosas normales: pagos de la escuela, lista del súper, citas médicas, recordatorios para comprar medicina. Pero después la letra cambiaba. Se volvía más apretada, más nerviosa, como si escribiera escondida.
“Arturo dice que las niñas arruinaron su vida.”
“Hoy me quitó las llaves del carro para que no fuera al doctor.”
“Me cambiaron el turno en la oficina otra vez. Recursos Humanos dice que fue orden interna.”
“Arturo trabaja en Recursos Humanos.”
Sentí un frío horrible.
Rosa trabajaba en la misma empresa que su esposo, en administración. Él, en Recursos Humanos, tenía acceso a permisos, horarios, incapacidades y evaluaciones. Yo siempre creí que él la cuidaba. Ella me decía que estaba cansada, que le dolía el pecho, que no dormía bien. Yo le decía que se viniera unos días conmigo, pero ella contestaba:
—No quiero que mis hijas pierdan a su papá.
Seguí leyendo.
“Me negaron la incapacidad.”
“Arturo dijo que si me muero, por fin va a respirar.”
“Mariela no quiere niñas. Él me dijo que ya arreglaría eso.”
Levanté la mirada.
—¿Quién es Mariela?
Renata habló con la voz quebrada.
—La mujer de la camioneta blanca.
Abril empezó a llorar.
—Papá le decía “mi vida” cuando mamá estaba en el cuarto.
Lucía conectó la memoria USB a mi computadora. Había capturas de conversaciones, audios, correos reenviados, fotografías de documentos. En un audio se escuchaba la voz de Arturo, clara como una puñalada.
—No exageres, Rosa. Si estás tan cansada de vivir, pues deja de estorbar.
En otro, una mujer decía riéndose:
—Pero sin las niñas, Arturo. Yo no nací para ser madrastra.
Y él respondía:
—Tranquila. Primero me libero de ella. Luego veo dónde dejo a las escuinclas.
Renata se tapó los oídos.
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