PARTE 1
—Me voy a vivir a Dubái con Renata. Tú puedes quedarte aquí, envejeciendo sola en esta casa que nunca supiste disfrutar.
Mauricio Salgado pronunció esas palabras en medio de la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, con una sonrisa tan satisfecha que por un instante pareció olvidar que habíamos compartido veinticinco años de matrimonio.
A su lado, Renata Cárdenas, una ejecutiva quince años menor que él, llevaba un vestido beige, lentes oscuros sobre la cabeza y una mano posesiva enlazada a su brazo. Era su subordinada en Grupo Alcázar y, según descubriría después, su amante desde hacía tres años.
Yo, Elena Ramírez, tenía cincuenta y dos años, las manos marcadas por años de trabajo doméstico y una tranquilidad que a Mauricio le resultó insoportable.
—Está bien —respondí—. Que tengan buen viaje.
Él frunció el ceño.
Esperaba lágrimas, gritos, quizá que me aferrara a su saco frente a los pasajeros. Durante años había disfrutado verme pedir permiso hasta para comprarme unos zapatos. Creía que mi silencio era debilidad.
—¿Eso es todo? —preguntó—. ¿No vas a suplicarme?
—No.
Renata soltó una risita.
—Mauricio necesita una mujer que lo impulse, Elena. No alguien que huela a medicamentos, veladoras y comida recalentada.
El golpe estaba calculado. Durante cinco años yo había cuidado sola a doña Mercedes, mi suegra, después de que la demencia la dejara dependiente. Mauricio siempre decía que él trabajaba demasiado para ayudar. Mientras yo dormía en intervalos de veinte minutos, cambiaba sábanas y soportaba crisis nocturnas, él cenaba con Renata en Polanco y cargaba hoteles a la tarjeta de la empresa.
Doña Mercedes murió seis meses antes. En el velorio, Mauricio lloró ante toda la familia y afirmó que había sostenido la mano de su madre hasta el último aliento. Nadie supo que, mientras yo la bañaba, alimentaba y acompañaba, él apenas entraba a su habitación.
Ese día murió lo último que yo sentía por él.
Mauricio acomodó el reloj suizo que yo le había regalado en nuestro décimo aniversario.
—Vendí la casa —dijo—. En unos días recibirás instrucciones para desocuparla. No te preocupes, seguramente algún hermano tuyo podrá recogerte.
Renata sonrió como si ya eligiera muebles para su nueva vida.
Lo que ambos ignoraban era que la casa no podía venderse, que sus cuentas estaban bajo vigilancia y que los treinta y seis millones de pesos que Mauricio creía haber desviado a una empresa fantasma jamás habían salido de México.
—Adiós, Mauricio —murmuré.
Los vi caminar hacia el filtro de seguridad con dos maletas enormes. Él avanzaba ligero, convencido de que llevaba en ellas su victoria: mis ahorros, la herencia de su madre y el dinero robado a Grupo Alcázar.
Cuando colocó su pasaporte en el lector, una alarma sonó. Dos elementos de la Guardia Nacional se acercaron. Detrás de ellos venían tres agentes vestidos de civil.
—Mauricio Salgado, queda detenido por orden de la Fiscalía General de la República.
La sonrisa desapareció de su rostro.
Renata soltó su brazo de inmediato.
Mauricio volteó hacia mí, pálido, buscando una explicación. Yo solo sostuve su mirada y levanté ligeramente la barbilla.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Tres días antes, yo todavía fingía ser la esposa obediente que preparaba café, planchaba camisas y preguntaba a qué hora servir la cena.
Todo comenzó cuando busqué la libreta del ahorro que había reunido durante veinte años. Eran un millón seiscientos mil pesos guardados peso por peso, renunciando a vacaciones, ropa nueva y hasta tratamientos para mi espalda. La cuenta aparecía en ceros.
Debajo encontré un comprobante: transferencia total a nombre de Renata Cárdenas.
Esa noche, el teléfono de Mauricio vibró dentro de su saco. En la pantalla apareció un mensaje: “Gracias por el capital, amor. Con lo de tu mamá y lo de Alcázar, Dubái será nuestro”.
Esperé a que se durmiera. Su contraseña seguía siendo su cumpleaños.
Los mensajes confirmaban la relación y algo peor. Durante el velorio de doña Mercedes, mientras yo recibía a los familiares, Mauricio y Renata se habían tomado una fotografía abrazados en la sala privada de la funeraria. Ella escribió: “Gran actuación, hijo ejemplar. Ahora sí, la herencia es nuestra”.
Sentí que me faltaba el aire.
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