PARTE 1
—No cruces esa puerta, mijo… tu papá ya me mató una vez.
La voz salió de una mujer tirada junto a la entrada del hotel, envuelta en un rebozo sucio, con los pies descalzos y la mirada clavada en Emiliano Arriaga como si estuviera viendo a un muerto caminar.
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Él se quedó inmóvil.
A sus espaldas, el chofer mantenía abierta la puerta de la camioneta blindada. Frente a él, el Gran Hotel de la Reforma brillaba con cristales, flores blancas y reporteros esperando la firma más importante del año. Dentro estaban los socios, los abogados, los empresarios y su padre, Raúl Arriaga, listo para vender el consorcio familiar por una cantidad absurda de millones.
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Pero en la banqueta, una mujer temblaba.
—Otra limosnera queriendo llamar la atención —murmuró un señor de traje, pasando de largo.
—Ay, qué horror, que seguridad la quite —dijo una señora enjoyada, tapándose la nariz con su bolsa de diseñador.
Emiliano iba vestido con un traje azul oscuro, zapatos italianos y el rostro cansado de alguien que llevaba años fingiendo que todo estaba bajo control. A sus 38 años dirigía Arriaga Desarrollos, una empresa que construía torres de lujo en la Ciudad de México, Querétaro y Monterrey. Su padre decía que él era demasiado suave, demasiado sentimental, demasiado parecido a su madre.
Su madre.
La mujer que, según la versión oficial, había muerto cuando Emiliano tenía 13 años en un accidente en carretera rumbo a Puebla.
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—Señor Arriaga —susurró Arturo, su asistente—, la firma empieza en 8 minutos.
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Emiliano asintió, pero no avanzó.
La anciana levantó una mano huesuda. La manga del suéter se le deslizó hasta el codo, y entonces él vio la pulsera.
Era de oro viejo, opaca, con una pequeña virgen grabada en el centro.
Junto a la pulsera había una cicatriz torcida en forma de media luna.
El pecho de Emiliano se cerró.
Esa marca no podía existir en otra persona. La había visto de niño, una noche de gritos, vidrio roto y sangre en la cocina de la casa de Las Lomas. Su padre había dicho después que su madre se había cortado por accidente. Dos semanas más tarde, ella “murió”.
—No… —murmuró Emiliano.
La mujer alzó la cara.
Estaba demacrada, envejecida por la calle, con el cabello gris pegado al rostro. Pero sus ojos eran los mismos ojos que él recordaba cuando tenía fiebre, cuando tenía miedo, cuando todavía creía que su casa era un lugar seguro.
—Emiliano —dijo ella, llorando sin fuerza.
Arturo se llevó una mano a la boca.
La gente dejó de reír.
Emiliano se arrodilló en la banqueta sin importarle mancharse el pantalón.
—¿Mamá?
La mujer intentó tocarle la cara, pero se detuvo como si no se sintiera digna.
—No entres —repitió—. Raúl está ahí dentro.
—¿Dónde estuviste todos estos años?
Ella miró hacia las puertas doradas del hotel con un terror tan real que a Emiliano se le heló la sangre.
—Me escondió. Me borró. Me dijo que si algún día regresaba por ti, también te iba a desaparecer.
Emiliano sintió que el ruido de Paseo de la Reforma se volvía lejano. Los cláxones, los pasos, los murmullos, todo se apagó.
Su padre no había perdido a su esposa.
La había enterrado en vida.
Durante años, Raúl Arriaga le había repetido que el mundo era de los hombres capaces de tomar decisiones crueles. Lo humilló en juntas, lo llamó débil frente a consejeros, lo hizo firmar contratos que Emiliano después empezó a revisar en secreto. Porque había algo podrido en el negocio: terrenos comprados con amenazas, familias desalojadas con papeles falsos, dinero movido por empresas fantasma.
Y ahora la pieza que faltaba estaba sentada en la banqueta, temblando bajo la mirada de todos.
—Arturo —dijo Emiliano, poniéndose de pie con una calma que le dio miedo hasta a él—. Lleva a mi madre a una habitación privada. Que suba un médico. Nadie la toca.
—¿Y la firma?
Emiliano miró el hotel.
—Que empiece sin mí.
Su madre le apretó la muñeca.
—No, hijo. No sabes de lo que es capaz.
Él se quitó el saco y la cubrió con cuidado.
—Sí sé, mamá. Lo he estado investigando desde hace 2 años.
Los ojos de ella se llenaron de espanto.
—Te va a destruir.
Emiliano miró las cámaras, los guardias y las puertas del salón donde su padre sonreía, convencido de que ese día iba a ganar millones.
—No —dijo—. Hoy lo voy a dejar hablar.
Arturo tragó saliva.
—¿A quién llamo?
Emiliano observó la cicatriz de su madre, esa media luna que acababa de partir su vida en 2.
—A la notaria, a la fiscal, al periodista de Metrópoli que todavía me debe un favor… y a la única persona que puede reconocer al chofer de mi padre.
Su madre palideció.
—¿Tomás está aquí?
Emiliano entendió entonces que la historia era peor de lo que imaginaba.
Y cuando las puertas del hotel se abrieron para recibirlo, él supo que no iba a entrar a firmar un contrato.
Iba a entrar a una trampa donde su propio padre todavía creía que él era la presa.
PARTE 2 Continua en la siguiente pagina