Mi mamá llegó desde Veracruz al día siguiente, con el cabello mal peinado, la blusa al revés y una bolsa llena de ropa limpia que empacó sin pensar. Cuando me vio en la cama, con la presión vigilada cada hora y la cara hinchada, se llevó la mano a la boca.
—Mi niña… ¿por qué no me avisaste?
—No quería preocuparte —mentí.
Ella me acarició la frente como cuando yo era chica.
—Una madre se preocupa aunque no le avisen.
También llegó Renata, mi cuñada. Entró sin hacer ruido y dejó una botella de agua junto a mi cama.
—Perdóname —dijo con los ojos llenos—. Yo debí haber llamado a la ambulancia desde la casa.
—Tú sí intentaste ayudarme.
Renata miró hacia la puerta, como si temiera que alguien la escuchara.
—Lucía, hay cosas que no sabes de Diego.
Antes de que pudiera preguntarle, entró la doctora Salgado. Fue directa: no podía volver a casa, no podía recibir comida de fuera, no podía alterarme. Los gemelos dependían de que yo resistiera varias semanas más.
—Su cuerpo ya dio una señal de alarma —dijo—. Ahora cualquier descuido puede ser peligroso.
Esa tarde apareció Diego. Llegó con un ramo de alcatraces y cara de perro regañado.
—Perdón, Lu. Me bloqueé. Mi mamá me dijo que no era grave.
—Me dejaste tirada.
—No sabía que era tan serio.
—Yo te dije que no podía respirar.
No tuvo respuesta.
Cuando le conté que eran gemelos, esperaba ver ternura, sorpresa, miedo de padre. Pero lo que vi fue otra cosa: enojo contenido, como si la noticia le hubiera complicado un plan.
—¿2? —repitió—. ¿Segura?
—La doctora está segura.
Apretó los labios.
—Es mucho, Lucía.
Esa frase me abrió una grieta por dentro.
Los días siguientes trató de mostrarse atento. Llegaba con jugos naturales, gelatinas, fruta picada. Pero la doctora Salgado prohibió todo lo que no saliera del hospital. Diego se molestó.
—Es comida sana, doctora.
—Para una paciente estable, quizá. Para Lucía, no.
Cuando él se fue, la doctora cerró la puerta.
—Necesito preguntarle algo. ¿Alguien le dio tés, gotas, pastillas o algo extraño antes de que se desmayara?
Mi piel se erizó.
—Mi suegra me preparó un té en la comida. Dijo que era para la presión y la hinchazón.
La doctora no cambió la cara, pero anotó algo.
—En sus estudios apareció una sustancia que no debería estar ahí. No voy a acusar sin pruebas, pero a partir de hoy no acepte nada de nadie.
Esa noche no pude dormir. Tomé mi laptop para revisar correos del trabajo y distraerme. Entonces vi la carpeta de eliminados. Había un correo enviado desde mi cuenta a una dirección desconocida, como si alguien hubiera usado mi sesión abierta y luego hubiera intentado borrarlo.
El asunto decía: “Ya casi”.
Lo abrí con las manos heladas.
“Paola, mi mamá dice que aguante hasta que nazca. Después pido el divorcio y me voy contigo. Pero si algo sale mal antes, tal vez todo se resuelva sin tanto pleito. Lucía se embarazó para amarrarme. No pienso perder mi vida por ella ni por ese niño.”
Ese niño.
Ni siquiera sabía que eran 2.
Leí el mensaje hasta que las letras se mezclaron. Paola no era una compañera cualquiera. Era su amante. Y doña Carmen no solo lo sabía: lo aconsejaba.
Llamé a Renata. Llegó en 20 minutos, llorando antes de entrar.
—Yo sabía de Paola —confesó—. Pero no sabía eso del correo. Mi mamá decía cosas horribles, pero jamás pensé que…
—¿Qué decía?
Renata tragó saliva.
—Que si tú perdías al bebé, Diego podría empezar de cero.
Sentí que el mundo se me caía encima.
Mi mamá quiso ir a buscarlo esa misma noche, pero la doctora la detuvo.
—No ahora. Lucía necesita vivir. Los bebés necesitan vivir. Primero pruebas, después confrontación.
Así que fingí.
Cuando Diego volvió, le sonreí débilmente. Cuando preguntó por los bebés, dije que seguían delicados. Cuando doña Carmen apareció con una cobija tejida “para su nieto”, corregí con calma:
—Para sus nietos.
La vi perder el color.
—Claro —dijo—. Qué bendición.
Pero sus dedos apretaron la bolsa con rabia.
Esa noche Renata me mandó un audio. Era doña Carmen hablando con Diego en la cocina de su casa.
“Ya no le lleves nada al hospital, tonto. Hay cámaras. Espera a que salga. En mi casa será más fácil manejarla.”
Reproduje el audio 3 veces. Mi mamá lloró de coraje. Yo no lloré. Ya no.
Porque al día siguiente Diego llegó con papeles para que yo firmara “por si pasaba una emergencia”.
Y entre esos papeles venía una autorización para que doña Carmen decidiera sobre mis hijos.
No firmé. Solo levanté la vista y le pregunté:
—¿Por qué tienes tanta prisa por quitarme todo antes de que nazcan?
Si fueras Lucía, ¿lo enfrentarías ahí mismo o esperarías para juntar más pruebas? La última parte revela quién terminó pagando todo.
PARTE 3 Para obtener más información,continúa en la página siguiente