Un niño fue expulsado del funeral de su abuelo, hasta que una mujer poderosa vio el reloj en su muñeca.
—La ceremonia es privada. No puedes entrar.
Mateo Herrera apretó con más fuerza el pequeño ramo de claveles blancos que llevaba entre las manos.
Tenía trece años.
Había gastado casi todo el dinero que le quedaba en esas flores y había cruzado media Ciudad de México en transporte público para llegar a tiempo al funeral de su abuelo.
—Pero soy su nieto —respondió—. Tomás Herrera era mi abuelo.
El guardia miró sus zapatos gastados, el pantalón ligeramente corto y la vieja chaqueta verde que le quedaba demasiado grande.
Mateo conocía aquella mirada.
Era la mirada de alguien que ya había decidido no creerle.
—Necesito que te apartes de la entrada.
Mateo no se movió.
La chaqueta había pertenecido a su abuelo.
Las mangas le cubrían parte de las manos, aunque él las había doblado dos veces. Estaba descolorida en los codos y tenía pequeñas manchas de grasa que jamás habían salido completamente.
Mateo había dormido con ella la noche anterior.
Todavía conservaba ese olor a aceite, jabón y madera vieja que siempre acompañaba a Tomás cuando regresaba de arreglar una bicicleta o reparar alguna cosa en casa.
Pero había algo más importante que la chaqueta.
En su muñeca izquierda llevaba un reloj mecánico antiguo.
Era pesado, plateado y estaba lleno de pequeñas rayas.
Tomás Herrera lo había usado todos los días durante décadas.
La noche antes de morir se lo había puesto a Mateo en la muñeca.
—Abuelo, me queda enorme.
Tomás había sonreído débilmente desde la cama.
—Ya crecerás.
Después sostuvo la mano de su nieto.
—Escúchame bien, Mateo. Si algún día alguien reconoce este reloj, escucha a esa persona.
Mateo había pensado que su abuelo estaba confundido por el cansancio.
Ahora, parado frente a aquella iglesia llena de desconocidos, esas palabras regresaron a su cabeza.
Dentro había decenas de personas vestidas de negro.
Algunos habían trabajado con Tomás años atrás. Otros pertenecían a asociaciones privadas de antiguos servidores públicos, grupos de ayuda y proyectos comunitarios.
Mateo no conocía a casi ninguno.
Tomás nunca hablaba demasiado sobre su pasado.
Para Mateo simplemente era el hombre que preparaba huevos los domingos, reparaba ventiladores de los vecinos y lo esperaba despierto cuando regresaba tarde de la escuela.
El segundo guardia apareció junto al primero.
—¿Dices que eres nieto del señor Herrera?
—Sí.
—La familia ya está dentro.
Mateo tragó saliva.
—Yo soy su familia.
Los dos hombres intercambiaron una mirada.
—¿Tus padres?
Mateo tardó unos segundos en responder.
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