Part 1
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—Papá… papá, no te tocaba irte así…
Mónica Maldonado se desplomó junto al ataúd blanco, con las manos temblando sobre la madera fría. Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales de la casa familiar en la colonia Providencia, en Guadalajara, y el olor a flores de cempasúchil mezclado con café recién hecho hacía que todo pareciera más triste, más real, más insoportable.
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Don Vicente Maldonado, empresario restaurantero, dueño de fondas, camiones de reparto y una pequeña hacienda en Tequila, supuestamente había muerto de un infarto fulminante la madrugada anterior.
Sus dos hijos de sangre, Javier y Diana, estaban vestidos de negro, impecables, con los ojos secos.
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—Ya, Mónica, no exageres —murmuró Diana, acomodándose el collar de perlas—. No hagas show.
Mónica levantó la mirada, herida.
—Era mi papá.
Javier soltó una risa baja.
—Tu papá adoptivo. No confundas las cosas.
A Mónica se le quebró la voz. Don Vicente la había adoptado cuando tenía ocho años, después de encontrarla vendiendo flores afuera del Mercado de San Juan de Dios, huérfana, descalza y con hambre. Él la llevó a su casa, le dio escuela, apellido y un lugar en la mesa. Pero para Javier y Diana, ella siempre fue “la recogida”.
Mientras los empleados rezaban un rosario en la sala, los hermanos se apartaron hacia el comedor.
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—¿Cuándo crees que lean el testamento? —preguntó Diana.
—Ojalá hoy mismo —respondió Javier—. Tengo deudas y un proyecto atorado en Zapopan. Con lo que me toque, me levanto.
—Con lo que nos toque —corrigió ella—. Y espero que el viejo no haya cometido la tontería de dejarle algo a Mónica.
Mónica escuchó desde el pasillo. Sintió una vergüenza ajena tan profunda que casi no pudo respirar. Su padre acababa de morir, y ellos ya repartían dinero.
Entró al cuarto de estudio para llorar en silencio. Cerró la puerta y se cubrió la boca con ambas manos.
Entonces escuchó una voz.
—Hija…
Mónica se congeló.
La lámpara del escritorio se encendió. Detrás de la biblioteca, una puerta secreta se abrió lentamente y don Vicente apareció, pálido, con bata gris y los ojos llenos de lágrimas.
—Papá…
Mónica dio un grito ahogado y corrió a abrazarlo.
—Tranquila, mi niña. Estoy vivo.
Ella lloraba y reía al mismo tiempo, golpeándole suavemente el pecho.
—¿Cómo pudo hacerme esto? ¡Yo sentí que me moría!
Don Vicente bajó la cabeza.
—Perdóname. Fue una locura. Pero necesitaba saber la verdad.
Le explicó que fingió su muerte con ayuda de su médico y del abogado de la familia. Llevaba años sintiéndose solo. Javier y Diana solo lo buscaban para pedir dinero, autos, favores. Nunca iban a comer con él, nunca respondían sus llamadas, nunca preguntaban si estaba bien.
—Pensé que al creerme muerto iban a llorar de verdad —susurró—. Que recordarían que soy su padre, no un cajero.
Mónica apretó sus manos.
—Ellos hablaron de la herencia, papá. Querían ver cómo quitarme cualquier cosa que usted me hubiera dejado.
Don Vicente cerró los ojos. Las palabras le dolieron más que una enfermedad.
—Entonces llegó la hora de que aprendan lo que nunca les enseñé bien.
—¿Qué va a hacer?
Él respiró hondo.
—Voy a dejar que crean que sigo muerto. Mañana leerán mi testamento. Y ahí empezará la verdadera prueba.
Part 2 Vea el resto en la página siguiente.