El abogado Ernesto Robles llegó al día siguiente con un portafolio de piel y rostro serio.
La sala estaba llena de flores, veladoras y murmullos. Mónica se sentó aparte, con ojeras profundas. Javier y Diana apenas disimulaban la impaciencia.
—Procederé a leer la última voluntad de don Vicente Maldonado —anunció el abogado.
Diana se acomodó en el sillón.
—Adelante. No hagamos esto más largo.
Ernesto abrió el documento.
—Don Vicente dejó establecido que sus hijos Javier y Diana recibirán la totalidad de su herencia solo si durante tres meses viven sin tarjetas, sin choferes, sin lujos y trabajan en uno de sus negocios desde abajo: cocina, limpieza, reparto y atención a clientes.
Javier se levantó furioso.
—¿Qué estupidez es esta?
El abogado continuó:
—Si abandonan la prueba, todos los bienes pasarán a nombre de Mónica Maldonado, incluyendo esta casa, las acciones de la empresa y la hacienda familiar.
Diana señaló a Mónica.
—¡Ella lo manipuló!
—Yo no pedí nada —dijo Mónica, con la voz baja.
—La señorita Mónica —agregó Ernesto— queda como responsable temporal de la casa y supervisora del cumplimiento de la voluntad de su padre.
Javier pateó una silla.
—No pienso lavar platos como si fuera empleado.
—Entonces renuncia a la herencia —respondió el abogado.
El silencio cayó pesado.
Dos días después, Javier estaba repartiendo comida en una motocicleta vieja de la fonda “La Esperanza”, en Tlaquepaque. Diana servía mesas con un mandil manchado de salsa. Mónica cocinaba, limpiaba, cobraba y trataba de enseñarles sin humillarlos.
—La mesa cuatro quiere más tortillas —dijo Mónica.
—Que esperen —contestó Diana, sudando.
—En una fonda nadie espera si tiene hambre.
Diana quiso responder, pero una señora mayor le habló desde una mesa.
—Mijita, ¿me trae un caldito? No he comido desde la mañana.
Diana la miró. Por primera vez no vio a “una clienta”, sino a alguien cansado, con manos arrugadas y ojos tristes. Fue por el caldo sin decir nada.
Javier lo pasó peor. Se perdió en calles de Tonalá, entregó pedidos tarde, se quemó con una bolsa de birria, y un día cayó de la moto al evitar atropellar a un niño que salió corriendo detrás de una pelota.
Llegó a la fonda cojeando, con sangre en el brazo.
—¡Javier! —gritó Mónica.
Corrió por alcohol, gasas y una venda. Diana también se acercó, asustada.
—¿Te duele mucho?
Javier apretó los dientes.
—No más que el orgullo.
Mónica le limpió la herida con cuidado.
—Esto va a arder.
—Hazlo.
Mientras ella le vendaba el brazo, Javier la miró diferente.
—¿Por qué nos ayudas? Te tratamos horrible.
Mónica no levantó la mirada.
—Porque somos hermanos, aunque ustedes no quieran.
Diana se quedó callada. Algo se rompió en su pecho. Recordó a don Vicente sentado solo en la cabecera del comedor, esperando a que ellos llegaran a comer. Recordó sus mensajes sin contestar, sus cumpleaños olvidados, sus llamadas rechazadas con un “luego te marco, papá”.
Esa noche, al cerrar la fonda, contaron las ganancias. No era mucho. Apenas alcanzaba para pagar ingredientes, gasolina y una pequeña utilidad.
Javier dejó unos billetes frente a Mónica.
—Esto es tuyo.
—No, yo no…
—Sí —interrumpió Diana—. Tú trabajaste más que nosotros.
Mónica los miró sorprendida.
Javier bajó la voz.
—Hoy entendí algo. Papá hizo esto durante años. Se levantó temprano, aguantó clientes groseros, pagó nómina, perdió sueño… y nosotros solo sabíamos pedir.
Diana empezó a llorar.
—Yo daría todo por decirle perdón una vez más.
Desde el estudio secreto de la casa, don Vicente vio las cámaras que el abogado había instalado con su permiso. Se tapó la boca para no llorar.
Mónica entró minutos después.
—Papá, están cambiando.
—Tengo miedo, hija.
—¿De qué?
—De salir y que se enojen por la mentira.
Mónica tomó su mano.
—Tal vez se enojen. Pero si aprendieron algo, también lo van a abrazar.
Don Vicente miró la pantalla, donde Javier y Diana lavaban platos juntos sin pelear.
—Mañana —susurró—. Mañana sabrán la verdad.
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